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Rudolf Brockhaus

(1856 - 1932)

Rudolf Brockhaus fue el quinto hijo un total de trece de sus padres Carl Brockhaus y Emilie (nombre de soltera: Lowen) nació el 13 de febrero de 1856 en Elberfeld. Allí asistió al colegio secundario y entró en el área de la construcción. Él comenzó a aprender ese oficio en la compañía Gottlieb en Mulheim, pero tuvo que completar sus estudios en la empresa Seeger & Frese, porque la primera empresa carecía de servicio. Es muy probable que en esa empresa haya conocido a su futura esposa, Therese Scheidt, hija única de su jefe. Ambos se casaron en el año 1881. Ella, que vivió muchos años más que él, fue una compañera fiel y temerosa de Dios, que ha soportado las diversas pruebas y dificultades en su camino común. De este matrimonio nacieron 12 hijos.

Aunque que Rudolf Brockhaus había conocido el mensaje de la cruz a través de su padre, por mucho tiempo no podía alegrarse en la plena certeza de la salvación. Sabía de su estado de perdición, del poder del pecado en su vida, de su propia impotencia e incapacidad para escapar del pecado y también conocía la obra del Señor Jesús cumplida en la cruz. Él conocía estas cosas desde niño, y las creía, y sin embargo su conciencia no encontraba descanso y tampoco su corazón tenía paz para con Dios. Cuando, durante ese tiempo,  a la edad de 15 años,  cierta noche llegó tarde a su casa y tuvo que esperar mucho para que le abrieran la puerta, le sobrevino el terrible miedo de que el Señor hubiese venido a buscar a sus amados y que él había sido dejado atrás. Más tarde con respecto a estos tiempos de luchas internas: “no creo que me hubiese perdido, el Señor me había llamado, pero no tenía paz.”

Pero como Dios responde a cualquier alma sincera que busca, también Rudolf Brockhaus pronto recibió la respuesta a sus preguntas. Cierto domingo, al partir el pan, un hermano dio gracias de una forma especialmente fervorosa por el hecho que el Señor Jesús había hecho posible todo derecho para nosotros por medio de la cruz. Resonaba en el corazón de Rudolf: “¿todo el bien hecho no es suficiente?”,  “Si” se decía a sí mismo,  “¡basta!” Satanás no lo dejaba llegar al descanso. Entonces, en esa misma reunión, se pidió un himno que él,  como pensaba, no podía cantar, porque en éste se  expresaba una alegría especial en cuanto a la obra de la redención consumada. Nuevamente escuchó a su corazón decir: “¿no es suficiente para ti lo que el Señor hizo en la cruz?” Entonces se respondía a sí mismo: “si, basta,  ¡quiero mantener esto!”  En su conciencia había llegado a tener descanso, pero le faltaba una profunda alegría de corazón. Después de la reunión, Rudolf fue a su madre y le dijo: Mamá ¡ahora también puedo creer!” Mientras su madre lo escuchaba conmovida y lágrimas comenzaron a correr de sus ojos. Desde su confesión, también su corazón se llenó de alegría. Como él mismo después declaró muchas veces más tarde en su vida. Que en ese  día experimentó la verdad de la palabra: “con el corazón se cree  para justicia, y con la boca se confiesa para salvación” (Rom. 10:10)

Aunque Rudolf, después de haber terminado su servicio militar en el regimiento de Stuttgart, deseaba entrar en la escuela de arquitectura debido a sus inclinaciones naturales, el Señor lo condujo de otra forma. Él lo condujo a dedicar completamente sus fuerzas para Él. En su casa paterna pronto se manifestaron muchas tareas que debían realizarse en la publicación de su padre en su actividad evangélica entre los creyentes. De este modo comenzó a familiarizarse con el servicio de la editora de su padre.  Cuando su padre estaba de viaje, para asistir a conferencias, visitando muchas congregaciones y también hermanos individuales, Rudolf se dedicó, primeramente, a las tareas relacionadas con la publicación  de revistas mensuales. Comenzó como editor responsable de la revista “Samenkorner” (“Semillas), una revista de contenido principalmente evangélico. Más tarde se añadió el trabajo en la revista “Botschafer des Heils in Christo” (“Mensajero de Salvación en Cristo”).

Juntamente con el filólogo Alfred Rochat de Stuttgart, comenzó a ayudar en la traducción del Antiguo Testamento llamada “Biblia Elberlfeld”. Del mismo modo más tarde, su especial interés siempre estuvo dirigido a esa tarea. En cuanto al Nuevo Testamento, Emil Donges, que trabajaba en la editora de Elberfeld en los años 1884-1886 antes de mudarse a vivir a Frankfurt, ayudó a mejorar el texto. En el año 1894, Carl Brockhaus transfirió la editora completamente a su hijo Rudolf. Ahora también tenía lugar el registro oficial de la editora que era llamada “R. Brockhaus Verlag” en Elberfeld.

El padre, que  reconocía las capacidades espirituales de su hijo, y ocupado cada vez más en sus viajes. A comienzos de la tercera década de su vida, Rudolf Brockhaus podía hacer viajes en la obra del Señor juntamente con hermanos mayores. Visitaba juntamente con ellos a salvos en las casas, y servía aquí y allá en las asambleas, y podía  usar los dones  que Dios le había para el servicio entre los hermanos. A principios de su actividad en la obra del Señor, Rudolf Brockhaus una vez visitó  algunas congregaciones  en el estado de Hesse en compañía de personas mayores, como Philipp Richter. Cierta noche, Phillip Richter leyó en una reunión un capitulo bastantemente  difícil de las Santas  Escrituras, y expresó algunas palabras sobre ellas y a continuación leyó, y se sentó. Rudolf se asustó y preocupó. Entonces él miró al Señor y recibió de Él gracia y fuerza para servir a los hermanos  reunidos de una manera correcta. Repetidas veces, durante su larga vida, él hizo la experiencia  de que el Señor vino en su ayuda al esperar dirección en el Espíritu Santo.

Durante otro viaje, acompañado del ya anciano John Nelson Darby a Suiza, recibió de éste último una instrucción detallada sobre la persona descrita en Rom.7. Cuando Darby le hubo expuesto sus pensamientos repetidas veces con bastante paciencia, Rudolf finalmente preguntó: “¿no parece que el hermano en Rom.7 no tenía el Espíritu Santo?” La respuesta de Darby fue: “Pensé que esa era su dificultad, pero quería que usted mismo la notase”. Cuando Rudolf debía volver de Zurich a Elberfeld, Darby lamentó el no poder  volver a ver el hermoso lago de Ginebra. “Pero hermano, usted mismo me ha dicho que desde los años de su juventud no ha hecho un viaje de ocio”,  respondió Rudolf Brockhaus. “si, mi querido Rudolf, ese  es otro asunto. El Señor me ha mostrado muchas cosas lindas en esta tierra. En los Estados Unidos una vez un hermano me preguntó si había visto las cataratas de Niágara. Respondí que no, él respondió que de todas maneras debería verlas. ¿Y qué sucedió? En una oportunidad mi camino pasaba al lado de las cataratas. Y cuando estábamos en el lugar más bonito, el tren se detuvo. La locomotora  estaba con algunos problemas, y los pasajeros  tuvieron libertad para salir del tren. Rudolf, fue allí que el Señor  me mostró las cataratas del Niágara de una forma tan bonita que difícilmente  habría tenido en otra ocasión.”

El Señor Jesús dotó a Rudolf Brockhaus de una manera especial con el don de maestro. Cada vez se mostró más claramente que era un guía en la palabra de Dios (compare Heb.13:7). Especialmente en las conferencias anuales en las cuales él dejó un humilde testimonio y bendición de Dios. Sus exposiciones siempre estaban fundamentadas, y eran  minuciosas y breves, pesando cada palabra en la balanza. Sus palabras expresaban amor para su Señor y un cuidado incansable por los Suyos. Incluso explicaba las cosas más elevadas con palabras simples y sencillas. En una conferencia en Mulheim, un hermano menor de treinta años de edad hacía algunas exposiciones más prolongadas de lo debido. Rudolf Brockhaus escuchaba en silencio, pero atentamente. Cuando el hermano terminó, se dice que Rudolf dijo: “por favor, querido hermano, ¿podría repetir una vez más? Sus explicaciones han sido muy preciosas para mí; me gustaría tomar notas.”

Después de haber tomado toda la responsabilidad de la editora, aparecieron más y más  artículos de la autoría de Rudolf.  Él mostró ser un autor que tenía un gran entendimiento de la verdad ligada a una capacidad de una clara exposición y de este modo se destacó como un gran maestro. Él siempre seguía el principio de que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular y explicaba la palabra de Dios como la palabra de Dios (2 Ped. 1:20).

Sus “Pensamientos sobre la Epístola a los Romanos” aparecieron primeramente en el “Mensajero” (“Botschafer) en los años 1929-1931 como también sus estudios “Estudios sobre la Epístola a los Gálatas” (años 1931-1932).

Numerosos escritos, generalmente publicados en el “Mensajero”, mencionamos apenas algunos disponibles en la actualidad: “Algunas palabras sobre el Bautismo en Cristo”, “”Getsemaní”, “El don del Espíritu Santo”, “El Reino de Dios” etc. También Rudolf se destacó como poeta. Hay varios poemas suyos, los himnos números 131, 135, 136, 139, 141,144 y 147 del himnario alemán “Pequeña Colección de Himnos Espirituales” (hoy, “Canticos Espirituales”). Pocos días antes de su fallecimiento, escribió la siguiente oración:

 “¡Alma mía, espera solo en Dios!” Sal.62:5

“¡Señor hazme estar quieto!

Andar solo en Tus caminos

Y Tú buen, santo y fiel cuidado

Me conduzcan diferente a lo que quiero y deseo

¡Señor hazme estar quieto!

¡Señor enséñame a estar firme en Tu amor!

¡Y confiar sin restricciones en Tu sabiduría!

Aunque lo que Tú hagas me parezca extraño

¡Oh Señor, enséñame Tú eres fiel!

Desde los días de mi niñez

Tu bondad cuidadosamente me ha sustentado;

A mi edad avanzada ésta se renueva diariamente, a cada hora.

El día 19 de Septiembre de 1932, Rudolf Brockhaus falleció en paz, para ir a estar con el Señor. Alrededor de 1.000 hermanos y hermanas aparecieron en sus funerales. Entonces, su amigo J.N. Voorhoeve de los países bajos hizo el siguiente discurso:

“¿Por qué todos amábamos a Rudolf Brockhaus? ¿Era porque era gentil, simpático que aun los niños se alegraban cuando venía de visita? Cierto, nuestro hermano era gentil, atento y tenía un corazón para las necesidades. Él preguntaba por el bienestar de otros y por eso lo amábamos. ¿Es esa  la principal razón de nuestra afección? ¿Era porque este joven se puso al servicio del Señor y se apegó con tanta fidelidad durante toda su vida a la Biblia? Ciertamente, eso también es válido,  ¿ha sido porque a la mitad o final de su vida la puso a disposición del Señor? No,  toda su vida fue dedicada al Señor. El hermano Rudolf Brockhaus pudo por la gracia de Dios hacer esto con perseverancia. Y también lo amábamos a causa de eso. ¿Pero era esa la causa de nuestra especial afección? ¿Ha sido porque él, cada vez que estuvo errado,  y esto aconteció raras veces,  confesó esto  públicamente  a la primera oportunidad que tuvo? También a causa de esto lo amábamos, porque manifestaba verdadera  humildad, la que debe adornar a un siervo del Señor. Pero la verdadera causa  de nuestro amor por él no han sido estas. ¿Ha sido debido a sus maravillosos dones? Cierto, él era un orador perfecto. Escribió varios himnos que resuenan en nuestros corazones. ¿Pero es esta la razón de nuestro amor por él?

Finalmente, ¿es debido a su participación en gran grado en la nueva traducción de la Biblia y su proliferación y porque ha editado muchos libros?  Sin duda que también estas son razones de por qué lo amábamos. Sin embargo,  la respuesta a nuestra pregunta no se ha presentado.

La verdadera razón es otra. Y quiero mencionarla con las palabras de las Escrituras. Lo amábamos tanto porque él usaba “bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). Esto es por lo que sobre todo, ha sido caracterizado su ministerio, principalmente en las numerosas  conferencias a las cuales asistía y dirigía. Pero tal vez no fue tan agradable abrir su boca cuando el punto de vista  expuesto no estaba correcto.  Pero, sabiendo que era su gran amor por la palabra de Dios lo que lo hacía hablar de tal forma, hemos aprendido a valorarla así.  De este modo fue colocado el fundamento para una verdadera y permanente estima y valor.

Grande ahora es nuestra tristeza al sentir la falta de un tal amado partir de esta tierra. Y recordamos Hech.20:38 donde leemos acerca de la tristeza de los ancianos en Mileto, cuando Pablo estaba a punto de dejar a los hermanos,   porque veían su rostro por última vez,   y se despedían de él llorando.

Por otra parte, nuestro hermano sería el primero sacar nuestra atención de él para dirigirla al Señor. Él nos ha dejado,  pero el Señor permanece. Por eso seguimos adelante, alentados, aprendiendo a usar bien la palabra de verdad, a defender la verdad, a no venderla a ningún precio. ¡Entonces Dios nos bendecirá! Cuando hermanos fieles parten, nos preguntamos ¿qué sucederá ahora?  Debemos volvernos al Señor ante el temor de avergonzar nuestra fe. Por eso debemos levantar nuestros ojos al Dios de Elías, al Dios de nuestro hermano Rudolf Brockhaus, que también es nuestro Dios.