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LOS MISTERIOS DE DIOS

 

PREFACIO

 

No conociendo nada que desee presentar en un volumen, -los variados misterios del Nuevo Testamento ha sido un feliz servicio escribir estos artículos, esperando por medio de ellos ministrar provecho a algunos que, mientras siendo de la casa de la fe, pueden haber dado poco o ninguna atención a verdades de tan grande importancia.

 

 

La enseñanza aquí mostrada no es original del escritor; él está en deuda a muchos, a través del ministerio oral y escrito, de mucha de la instrucción que él ahora trata de impartir a otros. Pueda ser su parte, lector, probar todo por la viviente Palabra de Dios, y de esta forma encontrar verdadero beneficio.

H.A. IRONSIDE

 

LAS COSAS SECRETAS

 

Terminando su encargo a los hijos de Israel, en las planicies de Moab, Moisés  dijo, "Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; Mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley" (Dt.29: 29).

 

Este pasaje a menudo es mal aplicado, y usado por almas demasiado cautelosas  para alejar a aquellos que desean saber más de las profundas cosas de Dios. Este versículo jamás fue expresado con este propósito. Cuando el gran legislador habló, las cosas reveladas consistían de lo que él justo había oído, junto con los registros que él ya  había hecho por inspiración de Dios en los primeros cuatro libros de nuestras Biblias. "Las cosas secretas" eran los propósitos de gracia de Dios, que Él debía desplegar posterior a la manifestación del completo fracaso, e incapacidad para demandar algo  sobre el fundamento de la ley, que ellos habían quebrantado desde el principio. Todos los derechos los habían perdido. Pero Dios tenía provisiones de gracia aún que manifestar. Él tenía infinitos recursos en Sí mismo que declarar cuando ellos fuesen forzados a reconocer que los suyos habían terminado.

 

La revelación de Dios de Su propósito ha sido gradual. En el Antiguo Testamento dos objetos son manifestados -la Simiente de la mujer, y la simiente de Abraham. A través del anterior el último debía ser bendecido, y sería una bendición a todas las naciones de la tierra. Más allá de esto, el testimonio de los profetas del Antiguo Testamento no van.

 

Como en el día de Moisés, así fue en días de Malaquías, el último de la línea profética (antes de la venida del precursor del Mesías), había allí "cosas secretas" y no había entonces llegado el tiempo para manifestarlas.

 

La palabra traducida en Dt.29: 29 es "sathar" en hebreo, que los estudiosos definen como "ausentes"o "cosas ocultas". Esto no se refiere a cosas demasiado elevadas para la comprensión humana, como se supone generalmente que significa,  sino a cosas ocultas, que no pueden ser conocidas si no son reveladas divinamente.

 

En la versión de los Setenta, los traductores escogieron la palabra "krupta", las formas plurales de "kruptus", una palabra frecuentemente usada por nuestro Señor en los Evangelios, y dos veces usada por el apóstol Pablo. Ésta se usa en Lucas  8:17, donde el Señor Jesús dijo, "nada es secreto que no haya de ser manifestado". Pablo la usa en el mismo sentido cuando está escribiendo del "día cuando Dios juzgará los secretos de los hombres por Jesucristo" (Rom.2: 16). Y también en 1ª Cor.14:25, cuando escribe de un incrédulo entrando a la asamblea de Dios, siendo convencido y juzgado por todos; de manera que él puede añadir, "de esta forma los secretos de su corazón son manifestados; y cayendo sobre su rostro, adorarán a Dios, y dirán que en verdad Dios está en medio de vosotros".

 

El hombre tiene sus cosas secretas -todo a su tiempo será manifestado. Dios también tiene Sus cosas secretas, que no pueden ser conocidas hasta que Él desee revelarlas.

 

El Nuevo Testamento no es sólo la respuesta al Antiguo Testamento, y aunque es eso, es también mucho más: éste es el despliegue de las cosas secretas que Dios se ha propuesto realizar en Su propio corazón antes que los mundos fuesen hechos o las edades comenzasen a seguir su curso.

 

Antes de entrar en una investigación en cuanto a las cosas secretas de este modo dadas a conocer en el Nuevo Testamento, será bueno considerar brevemente las cosas reveladas de la revelación anterior.

 

Al hombre caído, vino la revelación. La primera gran promesa fue hecha, y aceptada así por Adán, en la maldición pronunciada sobre la serpiente: "la simiente de la mujer te herirá en la cabeza". Ésta es evidentemente "la promesa de vida en Cristo Jesús" hecha "antes que las edades comenzasen" (Tit.1:2 y 2ª Tim.1:1, 9).

 

A Abraham se dijo que como el polvo de la tierra, la arena del mar, y las estrellas del cielo, sería su simiente; él fue separado de entre las naciones para ser el depositario de la promesa. "En tu Simiente serán benditas todas las familias de la tierra".

 

Nuevas revelaciones fueron hechas por medio de Moisés acerca del Profeta que sería levantado, a quien todos debían dar atención o perecer; él también bosquejó la historia de la nación. Establecida en Palestina por el poder divino, ellos a pesar de esto fueron expulsados de la tierra debido a su desobediencia, y dispersados entre los Gentiles, para ser un reproche donde quiera que ellos anduviesen. A su arrepentimiento ellos serían restaurados a su tierra, y hechos cabeza de las naciones, y no cola.

 

Otros profetas elaboraron esto, conectando la restauración con el Mesías, ahora  revelado como el Hijo de la virgen, Aquel  "cuyas salidas eran desde la eternidad" aun así Él debía sufrir y morir en manos de los hombres, soportar el abandono de Dios, para hacer la reconciliación por la iniquidad, pero también debía prolongar Sus días en resurrección y ser hecho el Rey de Israel, sentándose en el trono de David.

 

A través de Él la parte creyente de la nación sería establecida en la tierra, y la parte apostata destruida. Él juzgaría entre las naciones, arrancando al malo de la tierra e introduciendo todo en justa sujeción a Israel.

 

Éstas eran las cosas reveladas. Su esfera de acción es la tierra. Éstas tienen que ver con un pueblo terrenal, no con uno celestial. "Los cielos son los cielos de Jehová; Y ha dado la tierra a los hijos de los hombres" (Sal.115: 16). Éste es el invariable testimonio de las escrituras de los profetas.

 

De la Iglesia, el cuerpo de Cristo, no hay indicio: la larga historia de la Cristiandad es pasada en silencio. De estas cosas el Antiguo Testamento no trata. Tampoco se dio a conocer que el hombre (una parte de ellos) estaría en el cielo. Las traslaciones de Enoc y Elías han sido extraños portentos para los judíos, de los cuales  aquellas Escrituras no ofrecían ninguna explicación. Todas éstas estaban en "las cosas secretas" que no serían reveladas hasta la venida del Justo, seguida por Su rechazo y ascensión como Hombre al cielo.

 

De esta forma uno mira en vano por las verdades distintivas de la dispensación cristiana en el Antiguo Testamento. Las cosas allí reveladas se refieren a Israel y las naciones como tal; no a la Iglesia de la cual Cristo glorificado es la Cabeza en el cielo.

 

La cosa asombrosa es que la cristiandad generalmente, a pesar que la revelación de los misterios de Dios es dada en la última porción de nuestras Biblias, la vasta mayoría ignoran las cosas una vez secretas como si nunca hubiesen sido dadas a conocer. Tome el credo así llamado apostólico por un conclusivo ejemplo. Se encontrará que para casi cada una de sus declaraciones los textos de prueba se encuentran en la Ley, los Profetas y los Salmos. "Él ascendió al cielo" es quizás la única cláusula en éste que no fue dada a conocer en el Antiguo Testamento; y aun eso es más que indicado en el Sal.110, y en el último versículo de Oseas 5. Es verdad,  como hemos tenido en cuenta arriba, que no es en estas escrituras hecho claro que Él estaría allí como Hombre, sino, conectando con otros pasajes en los escritos de los profetas, habría fundamento para la inferencia que así debía ser.

 

MAYORDOMOS DE LOS MISTERIOS DE DIOS

 

Que la ignorancia referida en los párrafos finales del capítulo anterior es muy lamentable, cada cristiano inteligente lo debe admitir. Si Dios en nuestros días ha dado a conocer cosas mantenidas en secreto desde antes de la fundación del mundo, debe ser ciertamente para nuestro interés y la gloria de Dios el que deseemos comprenderlos y valorarlos. Isaías podía escribir las palabras que el apóstol Pablo cita en 1ª Cor.2:9: "Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él esperan" (Isa.64: 4). Pero el apóstol no se detiene allí, como lo hacen muchos cristianos; él inmediatamente añade: "Son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios".

 

Claramente, entonces, hay preciosas verdades que ya en tiempos de Isaías estaban entre estas cosas secretas, pero que ahora han sido añadidas a las cosas que son reveladas, y que son para nosotros y para nuestros hijos. Es a estas cosas que él se refiere cuando escribe, "Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios" (1ª Cor.4: 1).

 

La palabra Griega (musterion), aquí usada, que ha sido traducida "misterios", se refiere a cosas secretas sólo conocidas a los iniciados: No es que las cosas en sí mismas sean misterios y que se encuentren más allá de la comprensión finita, o sobre el rango de mentes ordinarias; sino que estos no pueden ser conocidos excepto sean revelados por otro. De esta forma hablamos de los misterios Eleusinianos: Éstas no son enseñanzas dadas a la multitud, sino solamente impartidas a una selecta compañía de  iniciados. Como se usa en el Nuevo Testamento, los misterios son estas verdades que en días del Antiguo Testamento estuvieron mantenidas bajo silencio, pero que ahora son la propiedad común de todos los creyentes. Éstas no son verdades especiales sólo para una clase, sino que cada cristiano tiene el privilegio de entrar en el conocimiento de estos misterios. Más que eso, ningún cristiano puede propiamente entrar en sus responsabilidades que fluyen de las relaciones en las que él se encuentra con Dios si permanece en ignorancia de estos mismos misterios.

 

Los ministros de Cristo deben ser mayordomos de los misterios de Dios, no solamente predicadores de lo que las personas a menudo llaman un "evangelio simple". De su tesoro ellos deben sacar cosas viejas y nuevas, si está instruido en los misterios del reino de los cielos. Tampoco estas cosas son abstrusas, de naturaleza no práctica,  sino contrario a esto; éstas son las mismas líneas de verdad que sobre todas las otras tienden a formar el carácter y guiar los caminos y el andar de los cristianos. Entonces,  si aceptamos la lectura preferida de 1ª Cor. 2:1, es de estas mismas cosas a las cuales se refería el apóstol cuando escribió: "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría". Y aun así él añade inmediatamente, "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado". Pero "Jesucristo, y a éste crucificado"   nunca será verdaderamente conocido, en el sentido del apóstol, si el alma se contenta con estar en ignorancia de los misterios.

 

Roma, sabemos, ha intentado cargar sobre la Iglesia una suerte de tradiciones legendarias y observancias sacramentales como misterios, emulando de este modo a los cultos paganos que tenían y tienen sus secretos sólo para unos pocos escogidos. Pero los misterios cristianos son para cada hijo de Dios en este período de gracia. Tampoco estos son de una naturaleza metafísica, apelando sólo a los eruditos y místicos: éstas son verdades simples de tremenda importancia, algunas de las cuales, al menos, han sido  completamente ignoradas por la gran mayoría de los teólogos antiguos y modernos, y esto para su vergüenza y pérdida.

 

A menudo se ha destacado que cada enseñanza que los apóstoles prefacearon con una expresión como, "no quisiera que ignoraseis, hermanos" se encontrará que es una línea de verdad que, la gran mayoría de los cristianos profesantes conoce poco o nada. Sólo será necesario referirse a los pasajes para ver cuán verdadera es esta declaración.

 

En Rom. 11:25-26 Pablo escribe, "Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; 26 y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sión el Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad".

 

Ahora, ¿Cuántas veces escucha alguna referencia a la plenitud de los Gentiles o de la salvación de Israel como nación, en la enseñanza de los púlpitos hoy? Como resultado, los Gentiles son sabios en su propia opinión, y se jactan de casi la conversión de todo el mundo, y de la transferencia de las promesas Judías a la Iglesia de Dios.

 

Nuevamente, escribiendo del rapto o arrebatamiento de los santos a la segunda venida de nuestro Señor, el mismo apóstol dice: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza" (1ª Tes.4: 13); y después procede a confortarlos con la enseñanza en cuanto a la resurrección de los muertos, y del simultáneo arrebatamiento y transformación de los vivos al retorno del Señor, que, no es demasiado decirlo, ni uno entre diez cristianos conocen algo de ello.

 

Pedro escribe de la manifestación del Señor Jesús, y dice: "Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día" (2ª Ped. 3:8); y con esto él une la solemne e importante verdad en cuanto al día del Señor y el día de Dios; y probablemente ni un santo entre cien conoce la diferencia entre estos dos términos.

 

¿Qué tienen los cristianos que decir de esto? ¿Qué pueden decir miles de este fracaso en valorar y apropiarse de los misterios de tan grande importancia? Al fallar en entrar en estas cosas, la Iglesia ha perdido el sentido del carácter de su peregrinaje; confundiendo la enseñanza en cuanto a Israel y las naciones con la instrucción divina con relación al cuerpo de Cristo. El llamamiento celestial ha sido perdido de vista, y prácticamente abandonado por uno terrenal.

 

Indudablemente la mayor parte de la censura descansa sobre los guías que,  profesando ser ministros de Cristo, son cualquier cosa salvo mayordomos de los misterios de Dios. Mayordomos de la ciencia, la filosofía, economía política, literatura, historia, y de nociones religiosas, muchos de ellos indudablemente son; pero es una cosa completamente distinta ser dispensadores de los secretos ahora revelados que por edades estuvieron ocultos en Dios.

 

Pero toda la censura no descansa sobre los líderes del pensamiento religioso, como ellos son llamados. En días de Jeremías él podía declarar, "los profetas profetizaron mentira, y los sacerdotes dirigían por manos de ellos; y mi pueblo así lo quiso. ¿Qué, pues, haréis cuando llegue el fin?" (Jer.5: 31). ¡El pueblo amó que así fuese! Esto es muy significativo. Maestros heréticos no podrían florecer por un solo momento si las personas no desearan su ministerio. Y predicadores de las verdades del Antiguo Testamento, que ellos ofrecen en lugar de los misterios del Nuevo Testamento, no encontrarían cosa fácil confundir al pueblo de Dios si hubiese un verdadero ejercicio de conciencia entre los así llamados "laicos", si éstos últimos leyesen sus Biblias por sí mismos, y se esforzaran en dividir justamente la Palabra de verdad.

 

No me mal entienda. Ni por un solo instante desprecio la exposición del Antiguo Testamento. ¡Lejos sea de mí tal pensamiento! Creo que es de absoluta importancia  que el alma sea establecida en todo lo que es allí revelado, en vista a seguir a la perfección la plena revelación cristiana. Creo en la importancia del kindergarten y en la escuela primaria, pero no creo que sea un principio sano mantener a las personas sólo con el alfabeto cuando la edad y la inteligencia las adecuan para la universidad.

 

El Antiguo Testamento es "la palabra de los rudimentos de Cristo" (Heb.6: 1), que el apóstol nos exhorta a dejar, para que podamos ir adelante a la perfección -es decir, al cristianismo. No es que tengamos que olvidar el comienzo, como tampoco los estudiantes de la universidad olvidan la instrucción de la escuela primaria; él deja esto, pero lleva consigo el conocimiento recibido.

 

En el capítulo siguiente nos proponemos dejar las cosas reveladas de la dispensación pasada, e ir adelante para contemplar los misterios de Dios que Él ahora nos ha dado a conocer para nuestra edificación y bendición.

 

 

 

 

H. Ironside