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EL MISTERIO DEL RAPTO DE LOS SANTOS

 

"He aquí os digo un misterio; no todos dormiremos" ¡Qué asombrosa declaración, a la luz de las palabras dichas una y otra vez por ministros y laicos que nos dicen que todos debemos morir!

 

"Todos debemos" dicen ellos. "No todos", dice el apóstol por la dirección del Espíritu Santo. Aquí, entonces hay un misterio que merece nuestra cuidadosa consideración, en vista a la grave discrepancia entre la enseñanza de la Biblia y la creencia de la Cristiandad.

 

A las epístolas de Pablo nos volvemos en busca de la revelación de este misterio; él fue el vaso especialmente escogido para hacer conocido el llamamiento celestial. Los doce estuvieron, como hemos visto, conectados principalmente con el testimonio a Israel. Pablo, como uno nacido fuera de tiempo, fue escogido para ser el mensajero a las naciones, anunciando las verdades distintivas de la dispensación actual.

 

El Señor instruyó claramente a Sus discípulos en cuanto a Su segunda venida en gloria para destruir a Sus enemigos y establecer Su reino en el mundo. Después de Su ascensión, esto es proclamado en todo lugar, como Sus heraldos van haciendo conocer Su evangelio. Se comprendió que antes de que ese día llegara habría para Israel un período de tribulación sin precedentes, el "tiempo de angustia para Jacob". Al final de este período, el Señor aparecería, y establecería el reino largamente esperado. Todo esto está en pleno acuerdo con la enseñanza del Antiguo Testamento en cuanto a "los sufrimientos de Cristo, y las glorias que le seguirían".

 

En vista a hacer esto claro para el lector que puede haber dado poca atención a estos importantes sujetos, puede ser bueno revisar brevemente lo que aquí es presentado, pero en una forma más plena que en nuestro primer capítulo. Al hacer esto será necesario más que referirnos a algunos pasajes de las Escrituras, muchos que por falta de espacio no podemos citar plenamente, pero esperamos que el lector lea cuidadosamente cualquier pasaje que no le sea familiar.

 

Primero, entonces, nótese que la profecía del Antiguo Testamento nunca se refiere a la dispensación en la cual vivimos (que se extiende desde Pentecostés hasta el retorno del Señor por los Suyos, es decir, el arrebatamiento) salvo en una forma muy  indefinida, como, por ejemplo, en Dn.9:26, un pasaje que vendrá ante nosotros más adelante. Desde Moisés a Malaquías, la Escritura está especialmente ocupada con una nación: Israel, (Amós 3:2; Dt.7:6 y Sal.147:19-20), y la esperanza de esa nación, es decir, el levantamiento del Profeta (Dt.18:15), Sacerdote (Sal.110:4; Zac.6:13), y Rey (Isa.32:1; Sal.2:6), quien debe introducirlos como pueblo en la bendición eterna (Sal 132:11-18; Isa. 35:10; 51:11 y 61:7), aunque no hasta su regeneración (Ezeq.36:24-30).

 

Los Gentiles tendrán parte en esa bendición (Isa.56:6 y 65:1), pero no sobre el mismo fundamento que Israel; sino más bien en sujeción a ellos (Isa.14:1-3; 60:3-5 y 62:1-2).

 

Los profetas predijeron, sin embargo, que antes del día del poder de Jehová y gloria del Mesías, habría un rechazo de ambos del esperado Redentor (Isa.53) y de la nación (Isa.50); lo primero por parte de Israel con relación a Aquel que vino; lo último, ellos mismos puestos a un lado por Dios a causa del rechazo de Su Hijo cuando Él vino en gracia para ofrecerse como Señor y Salvador (Zac.7:13-14); mientras el Mesías rechazado toma Su lugar en los cielos sobre el trono de Jehová (Sal.110:1), que Él ocupará hasta el arrepentimiento futuro del pueblo (Oseas 5:15).

 

La puesta a un lado de Israel no es, sin embargo, final, como lo hemos considerado cuando hemos visto el misterio del olivo; y los capítulos 30 y 31 de Jeremías, juntos con muchas otras porciones de la Palabra, lo declaran. Pero es antes de su restauración al favor divino que ellos deben pasar a través del tiempo de tribulación referido arriba. Ver Jer.30:7.

 

Cuando este período de castigo termine un remanente estará preparado para reconocer al Crucificado como su Mesías, "Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito. 11En aquel día habrá gran llanto en Jerusalén, como el llanto de Hadadrimón en el valle de Meguido. 12Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; 13 los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; 14todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí" (Zac.12:10-14; 13:6, 9). En la hora más oscura de su aflicción, cuando Jerusalén esté rodeada con ejércitos, y ellos se encuentren en horrenda calamidad, Él aparecerá como su Libertador, y como el destructor de sus enemigos. Entonces el tabernáculo de David será restaurado, y el reino de justicia será establecido (Zac.14 y Amós 9:8-15). Y en Su venida Él aparecerá "con todos Sus santos". Quienes son estos santos, ángeles u hombres, no se nos revela aquí. Pero el tiempo señalado para esto aún no ha llegado.

 

Esto en lo que concierne al Antiguo Testamento. Volviéndonos ahora a la nueva revelación, es decir, al Nuevo Testamento, encontramos nuevas fechas introducidas, sin que la obra actual del Espíritu de Dios en el mundo sea inexplicable. Teniendo en mente lo que hemos visto en cuanto al misterio de Rom.11, vemos como el rechazo de Israel ha dado lugar para la inexpresable gracia de Dios mostrada a las naciones, aunque el apóstol cita las promesas del Antiguo Testamento para los paganos como prueba de que esto es compatible con aquello, y no contrario a eso. Esta obra especial entre los Gentiles, sin embargo, no debe durar para siempre; ya que si ellos no continúan en la bondad divina que se les ha mostrado, también serán cortados, y las ramas naturales nuevamente serán injertadas en su propio olivo, porque "Dios es poderoso".

 

Él está haciendo ahora, durante el tiempo que Su pueblo terrenal es "Lo-ammi" (No Mi pueblo, Oseas 1:9); una obra no mencionada en los oráculos Judíos: de este modo: "Ceguedad en parte ha acontecido a Israel hasta que entre la plenitud de los Gentiles". El Señor Jesús confirma esto (pero más bien del lado político) en Su profecía de la destrucción de  Jerusalén y el largo período de la supremacía que seguiría a este evento, y que terminaría con Su aparición personal (Lc.21. En el v.24 leemos, "Jerusalén será hollada por los Gentiles hasta que los tiempos de los Gentiles se cumplan".

 

A primera vista podría suponerse que "la plenitud de los Gentiles", sincroniza con el final del "tiempo de los Gentiles". Pero es justamente aquí que se hace una distinción por medio de la revelación del misterio del arrebatamiento o rapto, que vendrá ante nosotros más adelante. En vista a preparar plenamente el camino para esto, pido al lector que se dirija a Dn.9, y note cuidadosamente lo que está escrito concerniente a la profecía de "Las Setenta Semanas". Una extensa exposición de este pasaje no podemos dar aquí, pero consideraremos brevemente los principales puntos.  Desde el ciclo de tiempo, setenta semanas (o sietes) de años (note los períodos ante el pensamiento del profeta en el v.2), haciendo en todo 490 años, que están "determinados" o "contados" y dados al pueblo de Daniel -por supuesto, ésta es la nación Judía.

 

Antes de que este extenso período expire, seis importantes eventos tendrán lugar: (1) Terminar la prevaricación; (2) Poner fin al pecado; (3) Expiar la iniquidad; (4) Traer la justicia perdurable; (5) Sellar la profecía, que toda ella se cumpla; (6) Ungir el Santo de los santos, ungir el templo Milenial en Jerusalén (Ver Ezeq.40-48 para una descripción del templo que ha de reedificarse, y su gloria milenial).

 

Las setenta semanas se dividen en tres períodos desiguales: (1) siete semanas, o 49 años; (2) Sesenta y dos semanas, o 434 años, (3) una semana, o siete años. Durante las primeras siete semanas, "tiempos difíciles", la ciudad y el muro de Jerusalén sería reedificado. La fecha de la cual comenzar a contar se encuentra en Neh.2, cuando se dictó un "mandato para restaurar y edificar Jerusalén". Las sesenta y dos semanas parecen haber seguido inmediatamente, y terminado a la venida (o más bien la presentación) del Señor como Rey-Mesías entrando en Jerusalén montado en un asno conforme a la profecía de Zacarías. Después del término de este período, Él sería cortado y no tendría nada; pero por esto la expiación fue hecha. Entonces viene el actual largo intervalo en el cual Jerusalén es hollada por los Gentiles. La ciudad está destruida, como nuestro Señor lo predijo, y "hasta el fin duraran las guerras", hasta el tiempo que se levantará uno que confirmará un pacto con la gran mayoría de los Judíos, un pacto por una semana, la última de las setenta. Claramente, entonces, esta semana es todavía futura. El reloj profético, como se ha notado antes, se detuvo en el Calvario. Y éste no partirá nuevamente hasta que "haya entrado la plenitud de los Gentiles". El tiempo presente es una época no definida, un paréntesis introducido entre la semana sesenta y nueve y la setenta, en el cual Dios está tomando de entre los Gentiles un pueblo para Su nombre (Hech.15:14). Esto no quiere decir que Él ha abandonado definitivamente y para siempre al Judío, sino que el Judío y el Gentil permanecen ahora sobre el mismo fundamento ante Dios: "No hay diferencia, porque todos han pecado" (Rom.3). Ambos son salvados de la misma forma a través de la fe en Cristo, y todos son hechos  miembros de un solo cuerpo, que es la Iglesia, que por el Espíritu Santo está unida al Señor Jesucristo que es la Cabeza en el cielo, conforme a la revelación del misterio que ya hemos considerado. La Iglesia comenzó con el bautismo del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. ¿Cuánto tiempo ella estará en la tierra? ¿Estará ella aquí abajo durante el "tiempo de angustia para Jacob" y hasta que el tiempo de los Gentiles se haya cumplido?

 

La Escritura responde, ¡No! Otro misterio fue dado a conocer al apóstol Pablo, que declara que el final de la historia de la Iglesia será por un poderoso milagro que puede realizarse en cualquier momento.

 

Él escribe, "He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (1ª Cor.15:51-52). Ésta es la propia esperanza del cristiano, y es este maravilloso evento el que marca y pone fin a la "plenitud de los Gentiles". Los "tiempos de los Gentiles" no terminarán hasta que el período de tribulación haya terminado, y este período comienza después del arrebatamiento de la Iglesia. La Iglesia no tiene parte en ese tiempo de tribulación. Ella pertenece al cielo, y será tomada al hogar de gloria antes de que ese período comience. En vista a hacer esto claro al lector menos instruido, deseo notar brevemente las características de ese período de juicio. Esa será una breve dispensación, en la cual la ira divina será derramada sobre Israel, la Cristiandad apóstata, y las naciones. Éste será el terrible resultado del rechazo del Príncipe de Paz.

 

El libro de Apocalipsis, desde el cap.4 al 19 está ocupado completamente con estos solemnes eventos. A la Iglesia se ha dado la promesa en el cap.3:10, "Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra". En pleno acuerdo con esto, los santos celestiales son vistos entronizados en el cielo en el símbolo de los 24 ancianos, que han sido redimidos por la sangre del Cordero, antes de que la tormenta de juicio comience. Cuando todo haya pasado, ellos saldrán cabalgando sobre caballos blancos como los "ejércitos del cielo" con el "Verbo de Dios", a Su gloriosa aparición, ellos no son vistos más como sacerdotes coronados adorando, sino ahora como santos guerreros. Esto concuerda con la declaración de Zacarías, "Y huiréis al valle de los montes, porque el valle de los montes llegará hasta Azal; huiréis de la manera que huisteis por causa del terremoto en los días de Uzías rey de Judá; Y vendrá Jehová mi Dios, y con él todos los santos" (Zac.14:5).

 

En el tiempo de los ayes, el Anticristo vendrá "en su propio nombre", y será reconocido por los apostatas de Judá y de la Cristiandad como siendo el Mesías; y el imperio Romano habiendo sido reavivado en una nueva y terrible forma por la directa energía satánica, Babilonia la grande al principio lo controlará, hasta que ella sea juzgada por Dios a causa de sus blasfemias y de su abominable maldad. Entonces serán abiertos los sellos, y las trompetas de juicio sonaran, y las copas de ira serán derramadas, y los hombres no se arrepentirán de sus hechos, sino que blasfemaran al Dios el cielo. Ésta es la gran tribulación; pero en vano buscamos por una mención de la Iglesia o de los santos celestiales estando durante la tierra en aquel terrible tiempo. ¡No! Ellos estarán arriba -con el Cordero que los ha redimido, y que los habrá ya tomado para estar con Él.

 

La forma del arrebatamiento es descrita en 1ª Tes.4:13-18. Algunos en Tesalónica habían dormido en el Señor Jesús. Sus hermanos que vivían temían que ellos se perderían por ello la gloria del reino. Escribiendo para confortar sus corazones, el apóstol dice: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. 14Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (1ª Tes.4:13-14). ¿Pero cómo pueden ser estos aquellos que ya han pasado por la muerte? El "misterio" explica esto. Dios los traerá a ellos con el Señor Jesús a Su gloriosa aparición, porque Él los resucitará a ellos primero, y después transformará a los santos que estén viviendo en aquel momento, y que es un período anterior a la aparición del esplendor para establecer el reino. "Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras" (1ª Tes.5: 15-18).

 

Éste es el misterio del arrebatamiento o rapto. La voz de mando del Señor despertará y llamará a la Iglesia; la voz de Arcángel (Miguel, que es el príncipe de Israel) llamará a los santos de dispensaciones pasadas desde sus tumbas; la trompeta de Dios sonará (la última trompeta de 1ª Cor.15:52), es lo que pondrá fin a esta dispensación; y en un momento todos los redimidos, sea resucitados o transformados, serán cogidos para ir al encuentro del Señor en los aires. Éste es el testimonio uniforme de las epístolas de Pablo, y la propia esperanza de la Iglesia de Dios.

 

¡Qué chocante es la temeridad, y cuán grande es la ignorancia de los hombres que declaran que todos debemos morir, en vista de tal declaración, como la que hemos estado considerando!

 

Los Tesalonicenses no estaban esperando la muerte, sino que "porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, 10 y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera" (1ª  Tes.1: 9-10). ¡Pueda el lector y el escritor servir de este modo y esperar hasta que la voz de mando, y la trompeta, nos llamen a la presencia de nuestro Amado!

 

 

H. A. IRONSIDE