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EL MISTERIO DE LA PIEDAD

 

Debe ser causa  de sincera gratitud de que haya un misterio que ha sido valorado y defendido por los devotos de todas las comuniones de la Cristiandad.

 

"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria."

 

Editores y traductores difieren considerablemente en cuanto a la exacta  traducción; pero la doctrina permanece intocable en cualquier versión de reputación. La excelente traducción de J.N. Darby lee: "Y sin controversia el misterio de la piedad es grande. Dios ha sido manifestado en carne" etc., usando el pasado perfecto a través del balance del verso. Algunos cuestionan la justicia de la palabra "Dios"; pero en ese caso debiésemos comprender, "y sin controversia grande es el misterio de la piedad (que) ha sido manifestado en carne"; y sólo en Emmanuel, "Dios con nosotros", esto es cumplido.

 

Éste es el grito de batalla de los soldados de la nueva dispensación. "El secreto de la piedad ha sido manifestado en carne", Dios ha aparecido sobre la tierra, tomando humanidad dentro de Su indisoluble unidad con la Deidad; y "Vemos Su gloria (como la gloria del Unigénito Hijo de Dios) lleno de gracia y verdad". Negar esto es apostatar de la fe, y renunciar a todo derecho a una justa demanda al nombre de cristiano.

 

Por esta confesión son probados los espíritus y pesadas las demandas de los maestros. "En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (Jn.4: 2-3).

 

Ninguna verdad ha sido más amargamente negada que ésta; ninguna enseñanza más incansablemente atacada por los ministros de Satanás, a veces disfrazados como ángeles de luz. No sólo Judíos, sino también heréticos de todas las edades desde la cruz, han lanzado sus dardos contra el muy precioso misterio de la piedad; pero éste permanece hoy como el arca apreciada y llevada por el pueblo de Dios a través del desierto de este mundo, en su edad de peregrinaje desde la cruz hasta la gloria.

 

Y, realmente, es esta misma verdad la que ha representado el arca. Allí el oro nos habla de la naturaleza divina; y la madera de acacia -la madera incorruptible del desierto- representa la naturaleza humana de nuestro Señor Jesucristo. Aquí estaba el trono de Dios. Aquí Él podía descansar: en ninguna criatura podía hacerlo, ciertamente,  sino sólo en Su Hijo eterno habiendo venido a tomar carne, para cumplir Su voluntad perfectamente en la escena donde Él ha sido terriblemente deshonrado.

 

No es sobre declaraciones equivocas de la Escritura que el creyente hace descansar su fe acerca de que Jesús es Dios y Hombre, dos naturalezas en una Persona, inseparable e indisoluble.

 

De este misterio la revelación anterior habla, aunque de tal forma que sólo cuando Cristo vino podían sus declaraciones y predicciones ser claramente comprendidas. El Salmo 2 detalladamente y de antemano nos muestra Su rechazo por las naciones y el pueblo de Israel, y después añade,

 

"Yo publicaré el decreto;

Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;

Yo te engendré hoy".

 

Jehová no podía dirigirse así a la criatura. Entre el Creador y la más grande de Su criaturas hay un inmenso abismo. Es la Deidad del Hijo la que nos da a conocer el Salmo. Del mismo modo Zacarías declara la realidad de Su humanidad, mientras afirma  Su igualdad con Jehová, cuando escribe, "Levántate, Oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas; y haré volver mi mano sobre los pequeñitos" (Zac.13: 7). Miqueas de igual manera testifica que Él era el golpeado Juez de Israel, que debía nacer en Belén, y "cuyas salidas son desde la eternidad" (Miq.5:1-2), el santo bebé de Belén y el Hijo eterno que era antes de todas las cosas son la misma Persona.

 

Tampoco pueden las palabras de Isaías en el cap.50 tener otro significado. Aquel que vino a redimir a Israel podía decir, "He aquí, a Mi reprensión seco el mar, y hago de los ríos un desierto... visto los cielos con oscuridad". No es una Persona distinta, sino la misma, quien declara: "El Señor me ha dado lengua de sabios, para que sepa cómo hablar palabras al cansado"; y que añade. "Di mis espaldas a mis angustiadores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba. No escondí mi rostro de estupos". En este solemne capítulo, Aquel que antiguamente secó el mar Rojo e hizo retroceder el Jordán se nos muestra como siendo idéntico con Aquel que sobre la tierra  tuvo los oídos abiertos, la espalda herida. ¡Todo, todo esto fue cumplido en Jesús de Nazaret, quien es la Raíz y el linaje de David!

 

Muchos otros pasajes hay que a primera vista parecen no referirse al Hijo, pero que el Espíritu en el Nuevo Testamento hace claros, declarando Su eterno poder y Deidad. Un número de ellos son citados y aplicados al Señor Jesús en el primer capítulo de Hebreos. Pasando por alto los primeros versículos, que no tendrían significado si no fuesen comprendidos como manteniendo la plena igualdad del Hijo con el Padre, encontramos en el v.6 lo que el Sal.97:7 dice, "cuando introduce nuevamente al primogénito en el mundo"; es decir, cuando Dios envíe una segunda vez al Señor Jesús; "y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo" (Hech.3:20-21). Esto arroja un diluvio de luz sobre el Salmo en cuestión. Enseguida viene a ser evidente que este es una apología de alabanza sobre el retorno del una vez rechazado Jesús para tomar Su gran poder y reinar. El v.7, en Hebreo es, "adoradle todos vosotros los dioses", que en la versión de los setenta, como ésta es citada por Pablo, traduce, "todos vosotros sus ángeles". Ahora, sabemos cómo está escrito en la ley, "Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás". Claramente entonces, cuando el Padre llama a las inteligencias angélicas, buenas y malas, a inclinarse en adoración a los pies del Señor Jesús, Él está afirmando en la forma más clara posible Su verdadera Deidad. Si todas las otras pruebas estuviesen faltando, aquí tenemos una prueba irrefutable de que en el Señor Jesús vemos a "Dios manifestado en carne".

 

Pero los otros pasajes citados son igualmente sorprendentes. Los v.8 y 9 nos muestran que fue al "Hijo" a quien el Padre estaba hablando en el Sal.45, que está consagrado a "las cosas referentes al Rey". Los v.8 y 9 son dirigidos al Señor Jesús.

 

"Más del Hijo dice:

Tu trono, Oh Dios, por el siglo del siglo;

Cetro de equidad es el cetro de tu reino.

Has amado la justicia, y aborrecido la maldad,

Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo,

Con óleo de alegría más que a tus compañeros".

 

El primer versículo confirma Su verdadera Deidad; el próximo, la realidad de Su humanidad. Éste es el "misterio de la piedad" en todo su inapreciable valor.

 

La próxima citación quizás nunca ha sido considerada en su verdadero alcance, si no fuese por el uso que el Espíritu Santo hace de ésta aquí. En el Sal.102 tenemos al sufriente Salvador, soportando la agonía de la cruz. Éste es el grito "del afligido cuando es abrumado, y que derrama su alma ante el Señor". De forma tocante Él retrata Su condición de desolación cuando Él era como "un gorrión sobre el tejado". En el v.23 Él dice, "Él acorta mis días". Y en la primera cláusula del v.24 añade: "Yo dije, Oh Dios mío, no me cortes a mitad de mis días". Ahora en nuestras Biblias siguen dos puntos, y las próximas palabras aparentemente terminan la sentencia. De acuerdo al uso inspirado del pasaje en Hebreos, sin embargo, un período debiese seguir a lo que justo se ha citado, porque las próximas palabras parecen ser la respuesta de Dios al clamor del santo sufriente.

 

"Tú, Oh Señor, en el principio fundaste la tierra,

Y los cielos son obra de tus manos.

Ellos perecerán, mas tú permaneces;

Y todos ellos se envejecerán como una vestidura,

Y como un vestido los envolverás, y serán mudados;

Pero tú eres el mismo,

Y tus años no acabarán"

(Heb.1:10).

 

¡Qué maravilloso es el reconocimiento del misterio de la piedad aquí! El angustiado sufriente sobre la cruz es Aquel que puso los fundamentos de la tierra, y cuyos años no acabarán. Y éste es el uniforme testimonio de las Escrituras.

 

Si nos volvemos a Mateo, Jesús es Emmanuel, el hijo de la virgen, "que interpretado es, Dios con nosotros" (1:23). Marcos tiene cuidado de decirnos que Juan el Bautista fue enviado a preparar el camino de Jehová, porque ésta es la palabra original para "Señor" en Isa. 40:3, que él cita en el cap.1:3. ¿Quién otro podría bautizar con el Espíritu Santo? ¡Piense en una criatura, aun la más elevada de ellas, intentando hacer esto! Esto sería hacer que la Deidad estuviese sometida a la criatura.

 

El mensaje de Gabriel a Zacarías, como es registrado por Lucas, coincide con esto. De Juan se declara que "Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos (otras traducciones dicen "al Señor su Dios"). 17E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc.1:16-17). ¡Qué maravillosamente ángeles, profetas, y apóstoles, con hombres y mujeres santas de todas las edades, se unen para atribuirle el más alto honor al Crucificado, y reconocen que en Él se revela este maravilloso secreto de la piedad!

 

Todo el evangelio de Juan brilla con esta verdad de todas las verdades. Cada capítulo da testimonio a ello. El primero comienza con la declaración a menudo citada, "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios". Aquí, la eternidad de Su Ser, una Persona distinta, unidad de naturaleza, y filiación eterna, son todas de igual forma mantenidas. Y fue el mismo Verbo no creado, el Creador, que "se hizo carne y habitó entre nosotros". Él fue verdaderamente Dios y hombre. Y como tal lo reconoce Natanael, antes del final del capítulo, cuando clama en adoración, "Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel" (v.49).

 

En el cap.2, Él afirma Su Deidad cuando dice a los Judíos, "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (v.19). "Él hablaba del templo de Su cuerpo", la Deidad fue allí guardada, y cuando ese templo fuese destruido, con Su propio poder Él lo levantaría. ¿Qué criatura podría hablar de este modo sin blasfemar? Jn.3:16 -según Lutero la Biblia en miniatura- hace conocido a Nicodemo que Aquel que se suponía que era, a lo más un "maestro de Dios" era realmente el Unigénito Hijo del Padre; por tanto  uno con Él en vida y naturaleza.

 

Pero el espacio nos impide seguir capítulo tras capítulo. Sólo me detengo para notar que Aquel que podía decir, "Antes de que Abraham fue, Yo Soy", no podía ser otro que ese Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos cuya gloria vio Isaías, como lo declara Jn.12: 41: "Estas cosas dijo Isaías, cuando vio Su gloria y habló de Él". ¿Debemos sorprendernos de que cuando Tomás, convencido de la verdad de la cual dudaba, clama en santo éxtasis, "mi Señor y mi Dios" (cap.20:28)? Él no fue reprendido por el Señor Jesús, como debiese haberlo sido si él hubiese estado aplicando a una criatura los títulos de la Deidad. Los ángeles rechazan la adoración que quiera dárseles (Apoc.22:8-9); el Señor Jesús la aceptó, porque Él es "Dios sobre todo, bendito para siempre".

 

Del Nuevo Testamento, del cual verdaderamente puede decirse, como del templo de antiguo, "cada parte de él expresa Su gloria", seleccionó sólo tres escrituras, antes de pasar a considerar el próximo gran misterio que demanda nuestra atención. Las primeras tocantes palabras las encontramos en 2ª Cor.8:9 "Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos".

 

Que aquellos que niegan que Cristo sea el Hijo eterno de Dios, y blasfemamente afirman que Él es sólo una criatura, cuyo curso comenzó cuando nació en Belén, nos digan ¡Cuando Él fue rico aquí en la tierra! "Él fue rico" ¿Pero cuándo? La pobreza  rodeó su nacimiento, su niñez y edad adulta no la pasó en riquezas; y cuando salió en Su misión de amor, Él fue más pobre que las bestias del campo y las aves de los cielos, porque no tuvo donde recostar Su cabeza. Al final Él murió en vergüenza como malhechor sobre la cruz, y fue puesto en una tumba prestada. Dígannos Oh incrédulos, que niegan Su preexistencia en gloria, dígannos, ¿Cuándo Él fue rico? Esperamos en vano una respuesta si la verdad no fuese reconocida y se diga que Él fue rico en la gloria que Él tuvo con el Padre en la eternidad pasada, cuando, "subsistía en la forma de Dios, Él no estimó ser igual a Dios como cosa a la cual aferrarse". ¡Entonces Él fue rico! El próximo versículo nos muestra la pobreza a la cual Él quiso descender: Él "el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz"  (Fil 2:6-8)

 

En Col.1 hay un pasaje cuya fuerza es oscurecida en nuestra traducción Inglesa. Allí leemos que "Agradó al Padre que en Él morase toda la plenitud" (v.19). Éste es realmente, "En Él agradó morar toda la plenitud de la Deidad". Toda la plenitud de la deidad moró en el Señor Jesús. ¿De qué criatura podría decirse esto, aunque santa y exaltada? Ésta es la gloria especial de Aquel que "es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda creación; porque en Él todas las cosas fueron creadas, las que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, dominios, principados, o autoridades: todas las cosas fueron creadas por Él, y para Él: y Él es ante todas las cosas, y en Él todas las cosas consisten" (Col.1:15-17, Bible Newberry).

 

La última escritura que ahora consideraré está en la escena de Apoc.5. El Cordero que una vez estuvo muerto es allí visto en medio del trono de Dios: un lugar que ninguna criatura puede ocupar. Desde el momento que Él toma en Sus manos el libro de juicios, todos los redimidos, junto con los ángeles y todas las demás  inteligencias creadas "se postran ante el Cordero" y lo adoran como Salvador y Cabeza.  Ésta es la introducción de la gloria, y éste es un maravilloso y glorioso cuadro. ¿Podría  ser algo más necesario para mostrar que en Él todos reconocen al supremo objeto de adoración? Si Él no es Dios, ¡El cielo entonces está lleno de idólatras! Pero con corazones ganados por Su amor, y sus mentes iluminadas por la Palabra de Dios, todos los santos se unen en dar adoración al Cordero y esto por la eternidad.

 

El "misterio de la piedad" es sin controversia grande. Dios ha sido manifestado en carne, y lo divino y humano jamás se separarán.

 

Si alguno niega esto, él debe ser rechazado como un anticristo, y no debe ser recibido en la casa ni tampoco saludado, "Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! 11Porque el que le dice: ¡Bienvenido! Participa en sus malas obras" (2ª Jn.10-11). Dios no puede tolerar la neutralidad cuando la doctrina y la gloria de Cristo están en cuestión. ¡Que Su amado pueblo en todo lugar sea levantado para ver la importancia de esta verdad fundamental, ahora frecuentemente negada aun entre cristianos profesantes!

 

 

 

 

H.A. IRONSIDE