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EL MISTERIO DE DIOS CONSUMADO

 

El último libro de la Biblia es el Apocalipsis. Éste no es un libro apócrifo -es decir, algo oculto- sino, y realmente, una revelación. Éste da el epílogo y final de todos los tratos de Dios con el hombre sobre la tierra, y vindica Su justicia en gracia y en juicio; pero el Apocalipsis es principalmente un libro de juicio, y esto en una forma triple. Éste detalla los juicios que deben caer sobre la Cristiandad apóstata, sobre el desobediente Israel, y sobre las naciones rebeldes.

 

El corazón del libro es el cap.10, y la médula de esa porción es la declaración del ángel, v.7, "sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas". Éste es el tema del libro con siete sellos; la vindicación de la santidad de Dios en haber tolerado por tan largo tiempo el mal en el universo. ¿Qué mayor misterio confronta y confunde al pensamiento humano que la pregunta, por qué Dios permite que la injusticia a menudo triunfe? Esto es lo que los hombres llaman el misterio de la Providencia; pero Providencia es otro nombre para Dios. Éste es Su secreto. Y Él lo manifestará en debido tiempo. Hasta entonces la fe descansa sobre la palabra de Dios, y confía en Su amor, aunque verdaderamente pueda parecer que la bondad y la justicia parecen en desventaja en la edad actual, y esto ha sido así desde que Caín se levantó para matar a su hermano Abel.

 

Su triunfo final sobre todo el mal es lo que es vívidamente presentado en el Apocalipsis, la Revelación (no de Juan) sino de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a Sus siervos las cosas que deben suceder pronto.

 

El libro de ninguna forma es de difícil comprensión espiritual como algunos lo han pensado. Éste se divide naturalmente en tres partes, una indicada en el v.19 del primer capítulo. "Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas". La primera división es, por supuesto, el primer capítulo, con su relato de lo que Juan ha visto: Al Señor juzgando en medio de las asambleas de Su pueblo. "Las cosas que son", es decir, las que son ahora presentes, o se están cumpliendo, las cartas a las siete iglesias en los cap.2 y 3. La mayor parte del libro está dedicado a la tercera división; -las cosas que seguirán y sucederán después que la historia de la Iglesia en la tierra hayan terminado. Éste es el tiempo del fin, el breve período de juicio, cuando todos los que han rechazado la gracia de Dios tendrán que conocer Su venganza. Esto está en pleno acuerdo con lo que se enseña en otra parte muy claramente en las Escrituras.

 

Al fin de la edad la cizaña será recogida y atada en manojos para ser quemada (Mt.13:30 y 40-42). El hombre sin el vestido de bodas es arrojado a las tinieblas de afuera (Mt.22:13). El siervo infiel tiene su porción señalada con los hipócritas  (Mt.24: 48-51). Las vírgenes insensatas, aunque fueron posteriormente por aceite, son dejadas fuera (Mt.25:11). El siervo inútil es juzgado (v.28-30). Quienes descuidan entrar por la puerta estrecha trataran en vano de entrar (Lc.13: 24), como aquellos que rehusaron ser advertidos por Enoc y Noé perecieron en el diluvio, y quienes no escucharon a Lot fueron destruidos en Sodoma (Lc.17:26-30).

 

Estos, entonces, son aquellos que vendrán a ser los seguidores del Anticristo, y que serán destruidos por la ira del Cordero. Pero es igualmente claro que el período de Apoc.4 al 19 no será de juicio puro. Habrá allí algunos que vendrán a ser los objetos de la gracia soberana, y que, aunque pasen a través de ese tiempo de terrible tribulación, serán salvados de él. Pero estas personas no serán rechazadores de Cristo del día actual, cuyos corazones se habrán ablandado, y que entonces reconocerán al Salvador que hoy rechazan.

 

En resumen, en vano sondeamos las Escrituras por un indicio de que algunos que rechazan el evangelio hoy, serán salvados en aquel día. Tampoco la expresión en Apoc.7:9 atenta contra esto: "Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos" porque ciertamente ninguno estará entre ellos, ya que vemos a 144.000 de las doce tribus completamente distintos de la gran multitud. La expresión realmente declara la universalidad de la respuesta al evangelio eterno entre las naciones paganas, pero la Cristiandad, como Israel, no es contada, excepto, realmente, que allí sólo hay personas que nunca habían antes escuchado el evangelio. Este evangelio eterno no es el evangelio de la gracia de Dios proclamado ahora, sino las buenas nuevas de que ese largo reino de iniquidad estará a punto de pasar, y el Señor Dios Omnipotente estará a punto también de hacer valer Su poder, y de esta forma el misterio de Su tolerancia del mal será al fin resuelto. En ese día se encontraran personas que recibirán este mensaje con contrición de corazón, y que se volverán a Él en arrepentimiento, confesando sus pecados.

 

Ante todo, se nos recuerda que éste será el período en el cual Israel despertara, como ya lo hemos indicado en varios pasajes. En Dn.12:2-3 leemos: "Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad".

 

La hora de su más oscura tribulación y profunda aflicción tendrá como resultado un remanente elegido entre ellos que se volverá al Señor. Los 144.000 de Apoc.7 nos presentan a aquellos que dirán, "Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará" (Oseas 6:1). Los dolores de parto de Sión tendrán como resultado el dar a luz hijos, como se predice en Miq.5:3 e Isa.66:8. Citamos el último pasaje, "¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sión estuvo de parto, dio a luz sus hijos". Los versículos siguientes merecen también una consideración especial en esta conexión. Vea también Zac.12 y 13

 

Y así la "ceguedad en parte" debe terminar; la "plenitud de los Gentiles" habiendo entrado, como se nos muestra en Oseas 3:4-5. "Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines. Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días". Esto es verdadero, no de la nación como un todo (ver Zac.13:8-9; Isa.24:13; también Ezeq.20:31-44), sino sólo de un remanente. La gran mayoría del pueblo de Israel será destruido debido a su apostasía. El remanente será reconocido como la nación, "y entonces todo Israel será salvo" (Rom.11:26). Ser hijos naturales de Jacob no asegura los beneficios de la gracia. Ninguno que rechace la verdad ahora, sea judío o gentil, podrá ser salvo entonces.

 

A través del judío, el evangelio del reino durante aquel tiempo será predicado en toda la tierra como testimonio, entonces vendrá el fin. Enviados por el Espíritu de lo alto. Ellos proclamaran lejos y ampliamente la cercanía del reino, y llamaran a los hombres a arrepentirse como lo hizo antiguamente Juan el Bautista. Ver Mt.24:14. De esta forma vemos la gracia saliendo hacia los Gentiles que no habrán escuchado hasta entonces la verdad. El gran resultado de esto se nos muestra también en Zac.8:20-23.

 

Con esto concuerda la enseñanza de nuestro Señor en cuanto al juicio en Mt.25. Esto toma lugar a Su venida a la tierra. Las naciones existentes entonces serán reunidas ante Él. La separación es hecha de acuerdo al tratamiento concedido a los misioneros Judíos mencionados arriba, a quienes Él reconoce como Sus hermanos. La inteligencia en las cosas divinas no los caracteriza, pero al menos ellos no rechazan o descuidan a los mensajeros. Ellos son salvados, y entran en el reino preparado para ellos desde la fundación del mundo. Estos son los "benditos de Mi Padre".

 

Y así, aunque la espada de juicio está desenvainada, la gracia todavía se ejerce conforme a la palabra, "tendré misericordia del que Yo tenga misericordia" (Rom.9: 15). De los Judíos y Gentiles un número incontable entra en el reino milenial, y reconocen el dominio del Señor, una vez hecho maldición por ellos, y por nosotros. Pero nadie que haya despreciado al Cordero de Dios en el período actual estará entre ellos.

 

Habrá algunos que serán contados con los santos celestiales después que la Iglesia se haya ido. Estos serán exclusivamente Judíos, como se evidencia por el hecho de que ellos cantan "el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero" (Apoc.15:3) Por haber sido martirizados bajo el dominio de la Bestia y del Anticristo ellos perderán una herencia terrenal, pero obtendrán una celestial. Su parte será, no con la Iglesia, el cuerpo de Cristo y como la Eva del Segundo Adán, pero sin duda con aquellos que antiguamente "...anhelaban una patria mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad" (Heb.11:16). En Apoc.20 los vemos a ellos entronizados con el resto de aquellos que viven y reinan con Cristo por mil años. Ellos estarán para siempre con el Cordero, pero no será suya la parte especial gozada por aquellos que ahora creen y que están identificados con Él en la hora actual de Su rechazo.

 

Habiendo de este modo rápidamente bosquejado los actos de Dios en juicio y en gracia, como estos se muestran en la tercera gran división del Apocalipsis, ahora me vuelvo a considerar más particularmente su orden. Éste parece dividirse en dos partes casi iguales, cada una cubre el mismo tiempo, sólo que la última tiene más particularmente a Israel en vista, y la anterior a los Gentiles. Se añade un apéndice, que trata con la Iglesia en la gloria de Dios.

 

La primera de estas dos secciones comienza con una puerta abierta en el cielo, en el cap.4, y que va hasta el juicio de los muertos malos, y termina en el cap.11:18. La segunda porción, o la recapitulación, que da detalles omitidos en la parte anterior, comienza con el templo de Dios abierto en los cielos (y el arca de Su pacto, que nos habla de Su relación con Israel, se nos presenta), en el v.19, y esta porción va hasta el juicio final en el cap.20. El resto del libro es una forma de apéndice, mostrando las glorias de la esposa del Cordero, la Jerusalén celestial.

 

Debe tenerse en cuenta que al comienzo de la primera sección, 24 sacerdotes coronados fueron vistos en el cielo, vestidos con ropas blancas y sentados sobre tronos, rodeando el trono de Dios y del Cordero. Indudablemente estos son los santos celestiales que han sido trasladados a la gloria, a la venida del Señor por los Suyos en los aires, conforme a 1ª Tes.4, como lo hemos considerado en el capítulo del misterio del arrebatamiento o rapto. Dios está ahora sacando Su espada para el conflicto final, pero Él tiene cuidado de reunir a los Suyos a Él mismo antes de que estos juicios caigan.

 

En el cap.5, el Cordero sólo es encontrado digno de tomar el libro sellado con siete sellos -el título de derecho a la tierra que una vez lo rechazó. A medida que Él comienza a desatar los sellos, juicios contra los hombres que se endurecen comienzan a caer sobre la tierra que lo rechazó, como se nos muestra en los capítulos 6, 8 y 9.

 

El cap.7 es un paréntesis, que nos permite saber que, aún en esa terrible hora de Su ira, un remanente de Israel, y una gran multitud de las naciones, (como ya, confío, lo hemos visto claramente), será salvada para la tierra, y para el aspecto terrenal del reino milenial.

 

Al desatarse el séptimo sello se abre el rollo completamente, y siete ángeles son vistos de pie ante Dios reciben siete trompetas. Como Israel, antiguamente hizo sonar las trompetas de juicio de Jehová alrededor de Jericó antes de su terrible caída, del mismo modo al sonido de ellas caerá todo lo que Satanás y el hombre han edificado a través de las edades.

 

Seis de estas trompetas suenan en los capítulos 8 y 9. Y, como un paréntesis tuvo lugar entre los sellos sexto y séptimo, del mismo modo aquí tenemos otro entre las dos últimas trompetas.

 

El poderoso ángel del cap.10, que desciende del cielo, no puede ser otro que el mismo Señor Jesucristo. ¿Qué "ser creado" podría ser descrito de esa forma? Él está "vestido con una nube (la nube de la gloria divina); y con un arco iris sobre su cabeza y su rostro resplandecía como el sol (majestad suprema), y sus pies eran como columnas de fuego". Además Él tiene ahora el libro abierto en Su mano, y, como Poseedor de todas las cosas creadas, puso Su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra. Y levantando Su mano al cielo, "juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más, 7sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas" (Apoc.10:6-7).

 

Se mandó entonces a Juan que comiese el libro; porque la profecía consiste no de palabras ociosas, o mera instrucción intelectual, sino que ésta debe ser recibida en el corazón, para que pueda capacitar al hombre de Dios para vivir ahora a la luz de lo que sucederá entonces.

 

Los primeros 14 versículos del cap.11 continúan el paréntesis, mostrando el cuidado que el Señor tiene por Jerusalén y Su juicio sobre la porción apóstata de la nación. El clímax es alcanzado en el v.15, cuando el séptimo ángel toca la trompeta, "El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos". Esto envuelve la completa destrucción del poder de Satanás, y de todo mal, y la introducción de la justicia eterna. De este modo el Milenio y el día de juicio y su final son anticipados. Por tanto "Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra" (v.16-18).

 

De este modo el secreto de Dios será consumado, y el mal será visto como el segundo plano en el cual Su gracia y santidad se destacará, como si jamás se hubiese permitido al pecado levantar su cabeza en el universo.

 

Como se ha declarado arriba, la segunda parte de la profecía trata del mismo terreno, alcanzando su clímax ante el gran trono blanco. El reino milenial de Cristo será un tiempo de recompensar a Sus santos, y terminará con el juicio de sus adversarios.

 

Este mundo, si, todo el universo, puede ser asemejado a un negocio que ha ido de mal en peor bajo manos incapaces, y que por tanto es puesto en manos de un receptor, para que pueda ser ordenado y salvado. Cuando todo es puesto en orden, el receptor termina su obra.

 

Tal Receptor es nuestro Señor Jesucristo. El hombre, gobernado por Satanás, se ha desesperanzadoramente arruinado a sí mismo y todo lo que se ha puesto bajo su responsabilidad por Dios. El Señor Jesús es dado como el receptor. Él introducirá el orden en el actual caos, y ordenará todo, "Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos" (1ª Cor.15:24-28).

 

 

De este modo Su tarea como Interventor habrá terminado -el mal habiendo sido desterrado, la justicia triunfa, el misterio es consumado, y Dios -Padre, Hijo, y Espíritu Santo- serán todo en todo a través de toda la eternidad de bendición, en la cual la iniquidad nunca más levantará su cabeza. Pero nadie en ese interminable día de Dios cantará tan dulce cántico como aquellos que una vez fueron pecadores perdidos y culpables, si, viles y abominables también, pero que han sido salvados por gracia divina, y que para siempre alabaran al Cordero que murió, y derramó la preciosa sangre que limpia el pecado. Si no hubiese habido pecado, no habría habido tampoco Salvador; y cuán grande habría sido la pérdida, de haber conocido a nuestro Señor como Soberano y Creador, pero no como Aquel que murió para redimirnos para Dios con Su propia sangre, y de este modo unir nuestros corazones con Él mismo por todas las edades sin fin.

 

H. IRONSIDE