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Versículos 8 al 12 y 16 al 25:

"Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas. Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos. Cuando vio la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días".


"Aconteció que mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. Esta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación. Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora.


Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades; y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos. Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. 
Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían".

Solamente Dios sabe cuándo una persona está preparada para recibir el Evangelio, porque sólo Él puede preparar el corazón para que escuche la Palabra; "porque Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón". Una visión es dada a Pablo, de una tierra preparada dispuesta a recibir la semilla de la Palabra de Dios, un varón macedonio es utilizado para guiar los destinos de estos hombres que están dispuestos a hacer la voluntad de Dios. ¿Quién era este hombre? ¿Cómo lo encontrarían? ¿Cuáles serían sus circunstancias? No lo sabían, pero sin duda todo está en las manos de Dios, y cuando un alma se decide a confiar en Él, puede estar segura de que todo será para bien. 


Seguimos a Pablo y Silas en Filipos, saliendo para ir a la orilla del río al lugar donde se acostumbraba hacer la oración. 
        "Sucedió que cuando íbamos a la oración, una sierva que tenía un espíritu de adivinación... andando cerca de Pablo y de nosotros, clamaba, diciendo. Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian el camino de salvación" .


         Otros, aparte de Pablo habrían recibido estas palabras, que salían de la boca de esta joven mujer, como un testimonio estimulante en su trabajo. ¿No decía ésta la verdad? ¿No eran ellos los siervos del Dios Altísimo? Y ¿No mostraban el camino de salvación? ¿Por qué afligirse, y por qué acallar un semejante testimonio? Por el hecho evidente, de que este provenía de Satanás. El apóstol estaba consciente que aceptando esto, habría atraído la ruina total de su misión en Macedonia, "para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones" (2 Cor.2:11). En nuestros días, este enemigo se ha unido a la predicación del Evangelio, esto lo prueba toda la gran confusión que existe en torno a lo que en esta tierra lleva el nombre de Iglesia, tantas diferencias en la diversidad de doctrina, tantas diferencias en la forma de adorar, tantas diferencias en las costumbres para reunirse, ya sea en cuanto a la música, vestimenta, organización etc. Pero ahora ¡Ay! no hay creyentes tan fieles como Pablo para discernir lo que está haciendo Satanás, cómo a través de todo esto, desvía a las almas para que no crean a la verdad.


        Así también, podemos destacar que esta joven mujer no dice una sola palabra de Cristo; ella no pronuncia el precioso nombre del Señor Jesús, esto no fue porque no lo conociera, los demonios hablando en otras porciones de la Palabra habían exclamado: "A Jesús conozco" y "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes". (Hechos 19:15 y Marcos 5:7). Entonces, aquí estaba el peligro, porque la Escritura señala tajantemente: "y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos". Uno puede hablar de Dios y la religión sin que haya lugar para Cristo en el corazón, como está escrito: "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió" (Juan 5:23). Los fariseos, en Juan 9:24, podían decir al ciego sanado: "Da gloria a Dios"; pero hablando de Jesús, decían: "Este hombre es un pecador". Muchos dicen "yo creo en Dios" y piensan que con esto es suficiente, pero la misma Palabra de Dios los desnuda: "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan" (Santiago 2:19). Esta creencia no es suficiente para ser salvos de la ira de Dios, sólo el Señor Jesucristo ha podido decir: "El que crea en mí, aunque esté muerto vivirá" (Juan 11:25).


        Un obrero menos espiritual que Pablo podía dejar pasar esto, pensando que podía favorecer y ayudar al progreso de la obra. Pablo pensaba de forma diferente, y él tenía razón. Entonces, en el nombre de Jesucristo, este "nombre" que el enemigo había excluido de sus discursos con mucho cuidado, pone a Satanás en huida.


         Habiendo fracasado en sus intentos por medio de la astucia, prueba ahora lograr sus designios por la violencia. "Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas... Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo".


         De este modo el enemigo parece triunfar; pero recordemos que los soldados de Cristo ganan sus más brillantes victorias por medio de derrotas aparentes. Satanás cometió un gran error al arrojar al apóstol en prisión. Es consolador pensar que él no ha hecho otra cosa que cometer errores desde su caída hasta ahora. Toda su historia, de comienzo a fin, está teñida de errores.


        Según el juicio de la fe, el siervo de Cristo estaba mejor en su lugar en la prisión a causa de la verdad, más bien que fuera, para el deshonor de su maestro. En verdad, Pablo habría podido evitarse esto.  Él podría haber sido un hombre reconocido como "un siervo del Dios Altísimo", si solamente hubiese aceptado el testimonio de esa sierva, y aceptado la ayuda de Satanás en su trabajo. Pero él no podía hacer esto, y debía sufrir por ello. 
        Uno habría podido creer que había llegado el final del trabajo del evangelista en la ciudad de Filipos, una verdadera detención de la predicación. ¡Pero no! La prisión era el lugar preciso donde debía encontrarse el evangelista en aquel momento. Su trabajo estaba allí. Él debía encontrar, en el interior de los muros de la prisión, un auditorio que no habría podido encontrar fuera.

Versículos 26 al 35:

"Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo. No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. 
Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios.

Cuando fue de día, los magistrados enviaron alguaciles a decir: Suelta a aquellos hombres".

        Es poco probable que el guardia de la prisión hubiera podido encontrar el camino a la orilla del río de la reunión de oración. A él le interesaban poco tales cosas. Este no era un buscador sincero sino un pecador endurecido que tenía una actividad endurecedora. Él no parece haber mostrado mucha dulzura hacia Pablo y Silas, sino más bien rigor, porque leemos: "los arrojó en el calabozo de más adentro, y puso sus pies en el cepo".


        Pero Dios tenía reservadas las riquezas de Su gracia para este pobre carcelero. Y como él estaba poco preparado o interesado para ir a escuchar el evangelio, el Señor le envió el evangelio; lo que es más, se valió del diablo mismo para enviárselo. El carcelero casi no sabía quiénes eran aquellos a quienes arrojaba en la celda interior, y no imaginaba lo que iba a pasar antes que un nuevo día se levantase. Y podemos agregar que Satanás tampoco se lo imaginaba, no sabía lo que estaba haciendo al enviar a los predicadores a prisión, para ser el medio de la conversión de este carcelero. Pero el Señor Jesucristo sabía lo que iba a hacer, recordemos la visión de Pablo: "un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos". Sin duda este carcelero era un pecador endurecido, pero al mismo tiempo era un alma ejercitada, un alma que estaba despertando de las tinieblas para Dios. 
        Dios dijo: "Mi consejo se cumplirá, y haré todo mi buen placer" (Isaías 46:10). Y cuando Él despliega Su amor hacia un pecador perdido y miserable, Él lo trae al cielo, a pesar de toda la maldad y furor del enemigo.


        En lo que concierne a Pablo y Silas, es evidente que ellos estaban en el lugar que debían estar. Ellos estaban allí por amor a la verdad, es por lo que el Señor estaba con ellos. De esta forma ellos eran perfectamente dichosos. Aunque bien encerrados en el interior de las sombrías murallas de la prisión, con sus pies fijos en el cepo, pero estos muros no podían aprisionar sus espíritus (Ecles. 8:8). Nada puede quitar el gozo de aquel que tiene al Señor con él: "A medianoche, Pablo y Silas, oraban, y cantaban alabanzas a Dios, y los prisioneros los escuchaban".


        ¡Qué sonidos extraños salían de esta prisión interior! Es cierto que esto nunca antes se había escuchado. Lo que allí se escuchaban habitualmente eran maldiciones, palabras blasfemas, violentas, gemidos dolorosos y lágrimas es lo que salía de estos muros. Pero escuchar, a medianoche, palabras de oración y alabanza debía ser verdaderamente sorprendente. Poco importa el lugar donde nos encontremos si tenemos a Dios con nosotros. Su presencia ilumina la celda más oscura y transforma una prisión en la misma puerta del cielo. Él puede hacer dichosos a Sus siervos donde sea que ellos estén y puede darles la victoria, aún en las circunstancias más contrarias.


         "Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron" (v.26).


        Si Pablo no hubiese estado en plena comunión con el pensamiento de Cristo, se habría vuelto seguramente hacia Silas y dicho: "Este es el momento para escapar; Dios claramente ha intervenido en nuestro favor y ha puesto ante nosotros una puerta abierta; la providencia ha ciertamente puesto esta oportunidad ante nosotros". Pero no, Pablo mejor instruido no hizo ningún intento para huir. Las exigencias de la verdad lo habían conducido a prisión, la actividad de la gracia, lo hizo quedar allí. La providencia abre la puerta, pero la fe rehúsa traspasarla. Se habla de ser guiado por la providencia, pero si Pablo se hubiese dejado guiar de esta forma, el carcelero nunca habría venido a ser una joya de su corona.


        "Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido" (v.27). Esto prueba muy claramente que el terremoto, con todas las circunstancias que lo acompañaban, no había tocado el corazón del carcelero. Él supuso naturalmente que los prisioneros habían huido. Él no podía imaginarlos tranquilamente sentados en prisión, cuando las puertas estaban abiertas y libertados de sus cadenas. ¿Qué vendría a ser de él si los prisioneros habían huido? ¿Cómo podría él afrontar a las autoridades? ¡Imposible!. ¡Cualquier cosa, menos ésta! La muerte, aún en su propia mano, era preferible.


        De este modo, el diablo había conducido a este pecador endurecido hasta el límite del precipicio. Él iba a dar el golpe final y fatal para precipitarlo en la eternidad de desgracia cuando, he aquí, una voz de amor Divino resuena a sus oídos. Era la voz de Jesús, por boca de Su siervo, una voz de tierna compasión: "No te hagas ningún mal".


         Esto fue irresistible. Un pecador endurecido podía hacer frente a un terremoto, a la misma muerte, pero no podía resistir el poder de la gracia de Dios. "Él entonces pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando se postró a los pies de Pablo y Silas; y sacándolos, les dijo; señores: ¿Qué debo hacer para ser salvo?" El amor puede quebrantar el corazón más duro. Y ciertamente había mucho amor en estas palabras: "No te hagas ningún mal", pronunciadas por aquel que había sido tratado duramente unas horas antes.


         Destaquemos que no hay ningún reproche en las palabras de Pablo al carcelero. Ésta era la manera de actuar de Cristo, el camino de la gracia Divina. Si examinamos los evangelios, nunca encontramos al Señor haciendo reproches a un pecador en angustia. Hay palabras tocantes de gracia y ternura, pero no censura.


  El Señor actuaba de este modo siempre: También Pablo, guiado por el Espíritu de Dios. Ni una palabra en relación al rudo tratamiento cuando fue arrojado en prisión, ni una palabra acerca de las cadenas. "No te hagas ningún daño", después, "Cree en el Señor Jesús y serás salvo tú y toda tu casa". 
Esta es la rica y preciosa gracia de Dios. Esta brilla, en esta escena, con un brillo poco común. Es Su gozo salvar a un pecador, y Él lo hace de una manera digna de Él mismo.


        Y ahora examinemos el fruto de todo esto. La conversión del carcelero no tiene ninguna duda. Preservado del suicidio, él es introducido en la familia de Dios, y las pruebas son claras a este respecto: "Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y enseguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios" (v.32-34). El carcelero con toda su casa "cree a Dios", no dice: en Dios, porque es el testimonio dado por Su Palabra, que nos habla de nuestro Señor Jesucristo, lo que el hombre debe creer.


        ¡Qué maravilloso cambio! ¡El carcelero sin misericordia ha venido a ser un anfitrión generoso! "Si alguno está en Cristo, es una nueva creación: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17). Vemos ahora claramente que Pablo tenía razón para no dejarse guiar por las circunstancias. ¡Cuán maravilloso y elevado es dejarse guiar por Dios (Salmo 32:8)! ¡Satanás pensaba estorbar el evangelio, y he aquí, ayudó al progreso de éste; él esperaba librarse de estos dos siervos de Cristo, y he aquí que pierde a uno de los suyos! Cristo es más fuerte que Satanás; y todos aquellos que se confían en Cristo y actúan de acuerdo a Sus pensamientos participaran seguramente en las victorias de la gracia, y brillarán bajo el esplendor de la gloria para siempre.

        Y usted, estimado lector, ¿con quién se identifican sus creencias? ¿Con los demonios que "creen que Dios es uno"; o con el carcelero y su casa que le ha "creído a Dios", ha creído en el Señor Jesucristo? Medite en ello.

C.H. MACKINTOSH