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LA IGLESIA: UN RESUMEN DE SU HISTORIA DURANTE VEINTE SIGLOS

 

 

Los primeros siglos: La era de las persecuciones

 

El Señor  había dicho a la iglesia de  Esmirna: « no temas  en nada lo que vas a padecer. He  aquí, el diablo arrojará a algunos de vosotros en prisión,  para que seáis probados: y tendréis tribulación por  diez  días ».  De este modo el Señor Jesús anunciaba a Sus santos un tiempo de  persecución, aunque limitado. En diez  ocasiones diferentes, se permitiría al enemigo emplear su ira contra los  cristianos, pero esto no debía ser más que para mostrar el poder del Señor manifestándose  en débiles  instrumentos. Él los  sostendría en medio de sufrimientos de toda clase y a través de la misma muerte que  ellos deberían sufrir por Su nombre. « ¿Quién es aquel que vence al mundo, sino el que cree que  Jesús es el Hijo de Dios? », dice el apóstol Juan (1 Jn. 5:5). Estos mártires dieron su vida  por amor  a Aquel que los había amado.

 

Deseamos presentar  algunos  ejemplos de  esta victoria alcanzada sobre el mundo por  aquellos que  creían en Jesús,  el Hijo de Dios. Puedan estos ejemplos estimularnos a estar firmes por Cristo en un mundo que  es siempre el mismo, aunque su odio contra Dios  y Su Hijo no se muestre ahora de la misma forma.

 

Los cristianos bajo Trajano: cartas de Plinio y Trajano (103-107)

 

A finales del primer siglo y durante la primera parte del segundo, el rechazo persistente de los cristianos a tomar parte en algún acto de  culto, sea para honor de los dioses o para dar homenaje al emperador, comenzó a  atraer sobre ellos la atención del gobierno romano. Había una ley contra todas las  religiones no aprobadas por el estado, y esta ley podía, de un momento a otro, ser puesta en vigor. Esta era una espada suspendida constantemente sobre la cabeza de los cristianos. Ellos también corrían el peligro de ser llevados ante los gobernadores a causa de las turbaciones y sediciones  fomentadas contra ellos por los sacerdotes de los ídolos, por aquellos que fabricaban imágenes, y que temían, como Demetrio, que su negocio fuese  reducido a nada, y finalmente por  aquellos que Vivian de los espectáculos y juegos públicos, a los cuales no se veía asistir a los discípulos de Cristo. Ellos recordaban que no eran del mundo, como su Maestro no lo había sido. Más aún, en esta época, circulaban extrañas acusaciones contra ellos de quienes el mundo no sabía casi nada, ya que ellos  vivían separados de  éste.  Por temor a que  la persecución estallará, ellos  eran obligados a reunirse  en secreto, y no faltaban las personas que insinuaban que en estas  reuniones  pasaban cosas que no habrían podido soportar la luz.

 

Temprano, bajo el reinado de Trajano, se había publicado un edicto, declarando ilegales a todas las corporaciones  y asociaciones. Se veía enseguida como esta ley  ponía en peligro a todas las pequeñas comunidades de cristianos, unidos entre ellos como hermanos en Cristo por el lazo más poderoso.

 

Dios ha permitido que un testimonio claro y no sospechoso nos fuese  conservado de lo que era la situación de los cristianos frente a aquellos que los rodeaban y del gobierno romano. Estas son las cartas intercambiadas entre el emperador Trajano y el célebre escritor Plinio el joven, amigo del emperador. Estas también arrojan luz sobre la persecución que  los amenazaba entonces.

 

Plinio había sido enviado como  gobernador de las provincias del Ponto y Bitinia en el Asia menor.  Personas habían sido  llevadas delante de él acusadas de cristianismo.  El caso era nuevo para él, y no sabía cómo actuar  frente a este género de  delito, y en su perplejidad, pedía consejo al emperador, y le exponía  como  hasta entonces  había  procedido contra los  acusados. He aquí algunos pasajes de la  carta: « antes de entrar en la provincia » dice él, « no había tenido jamás la ocasión de  asistir a un interrogatorio de cristianos. No sabía entonces como actuar o decidir, sea en  la instrucción de  su causa, o en el castigo a infligir.  ¿Era necesario castigar como si ser cristiano fuese en sí mismo un crimen, o solamente si esto estaba acompañado de otros delitos? ¿Era necesario hacer algunas  diferencia  teniendo en cuenta la juventud o la edad de los acusados ?... Al asistir, he aquí como he procedido con relación a aquellos que  eran llevados  ante mí como cristianos. Yo les preguntaba si ellos eran cristianos. Ellos lo confesaban, y yo reiteraba mi pregunta una segunda  y tercera vez  amenazándolos de muerte, si ellos  persistían.  Perseverando ellos en su confesión, ordenaba que ellos fuesen llevados, unos para ser ejecutados, los otros, como ciudadanos romanos, para ser  enviados a Roma,  para ser  juzgados »

 

Plinio da a su sentencia la  siguiente razón: « yo no ponía en duda una acusación que  confirmaba los nombres de un cierto número de personas. habiéndolos interrogado, algunos negaban ser o haber sido cristianos, e invocaban a los dioses como yo les prescribía, ofrecieron antes tus imágenes, incienso y vino, y blasfemaron el nombre de Cristo_ todas las cosas, se me ha dicho, a las cuales  uno no puede forzar a  un cristiano verdadero. Este es el resumen de su error. Entonces encontraba bueno liberarlos. Otros  confesaron primeramente que eran cristiano, pero enseguida lo negaron...En cuanto a su religión anterior_  que eso sea un error o un delito, _ he aquí lo que ellos declaraban: ellos  tenían la costumbre de  reunirse  un cierto día antes de que amaneciera y cantar juntos un himno a Cristo como aun Dios. Después  ellos se comprometían por juramento a abstenerse de mal, a no cometer fraude, robo, adulterio, y  a no faltar a su palabra. Después de esto,  ellos tenían la costumbre  de separarse para reunirse más tarde y comer juntos, apaciblemente, y sin ningún  escándalo. Pero ellos  habían dejado atrás esta ultima costumbre desde el edicto dado por tu mandato y que prohibía toda reunión »

 

Plinio era un filosofo, un hombre educado y refinado, bondadoso y generoso, y sin embargo él no dudaba en emplear los medios más barbaros para descubrir toda verdad relacionada a lo que él trataba de «absurda superstición», confirmando también la  palabra del apóstol, «sin misericordia»  cuando se  trataba de los hijos de Dios, quienes eran odiados como el Señor Jesús lo había sido, desconocidos del mundo como  Él.

 

He  aquí como él continúa:

 

«Después de este  relato me parece más necesario interrogarlos, aplicándoles tortura, dos mujeres, de aquellas que se llaman diaconisas. Pero salvo una maldad y absurda superstición, no he podido sacar nada de ellas...Él número de  acusados es  tan grande que el asunto merece una seria consideración. Muchas personas  de ambos sexos, de toda edad y condición, son acusados, y un número mayor aun lo serán, porque el contagio de esta superstición ha invadido no solamente las villas, sino también los lugares más pequeños y las campiñas»

 

Plinio dice enseguida  que a su llegada, los templos eran casi abandonados, las ceremonias  sagradas  eran interrumpidas desde largo tiempo, y que las victimas para los sacrificios no encontraban más que raros compradores. Pero deja ver al mismo tiempo que sus esfuerzos para detener los "progresos de la superstición no han sido vanos, y termina diciendo «uno puede pensar que un gran número será restaurado, si el perdón es asegurado a aquellos que se arrepienten.»

 

El emperador respondió a Plinio « Tú has actuado perfectamente, querido Plinio, en tu manera de proceder con relación a los cristianos que han sido llevados ante ti. Es evidente que en asuntos de este género, uno no puede poner ninguna regla general. Estas personas  jamás deben ser buscadas. Pero si ellas son acusadas y convencidas de ser cristianos, deben ser castigados a muerte, pero con esta restricción, que si alguno renuncia al Cristianismo y lo prueba invocando a los dioses, se le absolverá a causa de su arrepentimiento, cual haya sido su conducta anterior. En ningún caso, las  denuncias anónimas deben ser recibidas; estas son un medio peligroso y que no concuerda de ninguna forma  con los principios de nuestros tiempos. »

 

Esta fue la respuesta del poderoso emperador a su amigo filosofo, en un tiempo  que se jactaba de sus luces y urbanidad. Pero la palabra de la cruz siempre ha sido una locura  para los sabios e inteligentes de este siglo.  ¡Hubiese sido muy fácil para estos cristianos despreciados salvar su vida, arrojando al fuego algunos  granos  de incienso e inclinándose  ante la estatua del emperador! pero aquellos que seguían esta « superstición » absurda e incomprensible para el espíritu de este letrado romano, sabían bien lo que quería decir esta ceremonia en apariencia inofensiva. Ellos  rehusaron rescatar sus vidas y fueron fieles  a Cristo. Ellos  guardaban Su palabra y, como el mismo procónsul es forzado a confesarlo, ellos no querían negar Su nombre. Pidamos al Señor esta misma fidelidad, para ser guardados puros de las manchas del mundo.

 

Estas  cartas de las cuales acabo de citar unas citaciones, son importantes por más de una razón. Primeramente, aunque se trate de una provincia del imperio, vemos por medio de un testimonio irrecusable que el Cristianismo, la fe de Cristo como Dios, ya se había expandido considerablemente, hasta el punto de  hacer casi desaparecer el paganismo de esta provincia. Uno comprende que Satanás haya hecho todos sus esfuerzos para guardar sus fortalezas contra el poder de la verdad. Uno también puede ver cuál era el poder  en los corazones  y vida de aquellos que creían. En efecto,  el solo crimen del cual se les podía acusar y  convencer a los cristianos, era su negación  a adorar imágenes del emperador, invocar a los dioses y maldecir a Cristo, aquel que ellos consideraban como su Dios y Salvador; más su vida  era sin reproche. Este testimonio de un pagano en favor de los cristianos  de esta época es  muy poderoso.

 

Destaquemos aun que Plinio dijo de sus reuniones, el relato que se hace, y que es confirmado bajo la misma tortura. Ellos se  reunían para cantar alabanzas a Cristo y comer juntamente. Esto se trata sin duda de la Cena del Señor y de las fiestas de amor que frecuentemente la acompañaban, como lo  vemos en Corinto (1 Cor.11), En esta época, las asambleas de los cristianos se caracterizaban por la  simplicidad, El recuerdo del Señor en Su muerte, « anunciar » esta muerte, constituía el fondo de ellas.  Sería deseable que este fuese también el carácter de las  reuniones de aquellos que creen en el Señor.

 

Una circunstancia bien interesante y que muestra de una manera tocante los cuidados de Dios por los Suyos es el lugar donde pasaban estas escenas entre el sabio y rico gobernador Plinio, y los pobres y humildes cristianos. Esto sucedía en el Ponto y Bitinia. Si leemos el comienzo de la primera epístola de Pedro, veremos que ésta  es dirigida «a aquellos de la dispersión, en el Ponto, de la Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia». Esta  entonces fue enviada a los padres de los santos mártires del tiempo de Trajano, puede ser que algunos de ellos hayan vivido todavía, y no es improbable que el apóstol Pedro haya trabajado entre ellos. ¡Cuántas exhortaciones y estímulos de esta epístola eran a propósito para aquellos que comparecían ante Plinio en estos tiempos difíciles! Ellos sin duda que se  recordaban de estas palabras, bien adecuadas para fortalecerlos : « si sufrís por la justicia, sois bienaventurados ; no temáis...y no os turbéis, sino santificad al Señor el Cristo en vuestros corazones; y estad siempre preparados para responder, pero con dulzura y temor, a todo aquel que os demande razón de la esperanza que está en vosotros » (1 Ped. 3 :14,15) ¡Qué consolación para aquellos  recordar que « los ojos del Señor están sobre los justos y sus oídos atentos a vuestras  suplicas » Que  realidad en estas otras palabras : « amados, no os extrañéis ante el fuego ardiente (la persecución) que os ha sobrevenido para vuestra prueba, para que también, en la revelación de su gloria, os regocijéis con gran alegría » (1 Ped. 3 :12 ; 4 :12-13)

 

Allí estaba el secreto de su fuerza, de su constancia y paciencia en medio de los sufrimientos. La esperanza de la gloria y de una dicha inefable, llenando ya de gozo su corazón. «os regocijáis», dice el apóstol, dice también el apóstol, «aunque si es necesario seáis afligidos por un poco de tiempo por diversas tentaciones.» después, nuevamente, él vuelve sus miradas hacia el momento cuando aparecerá Jesús, «el cual», dice él, «amáis sin haber visto » (1 Ped. 1 :6,8).Si, era el amor por Aquel que había dado su vida  por ellos, lo que los hacía a su vez ser « fieles hasta la muerte» ¿qué podían contra tales personas que tenían en vista « una heredad corruptible», que eran «guardados por el poder de Dios » para un dichoso futuro, qué podían las amenazas de un Trajano o Plinio? Y al mismo tiempo, ellos eran sumisos a la autoridad real siguiendo a la exhortación del apóstol: «estando sumisos a todo orden humano por amor al Señor, sea al rey» (1 Ped. 1:2-5; 2:9,13)

 

¿No admiramos el tierno cuidado de Dios al dar esta epístola a estos pobres  perseguidos?  Léala y vea como ésta se aplica a ellos. Pero también a nosotros. Aunque no suframos como ellos, también tenemos que conducirnos con temor durante nuestro peregrinaje aquí abajo, y ser santos como Aquel que nos ha llamado es santo. Nosotros también, somos exhortados a andar aquí abajo como  extranjeros y peregrinos, absteniéndonos de las codicias carnales que batallan contra el alma, porque nosotros también, si hemos creído en Jesús y si le amamos,  tenemos parte en la  esperanza viva, y en la heredad, y salvación reservada a estos mártires. Puedan nuestros corazones, como los suyos, ligarse  al Señor.

 

Una palabra más. La verdad, por boca de  estos humildes  testigos, había sido llevada  ante los  gobernadores y los príncipes de este mundo, que, que si ellos  se oponían, no tenían excusa.  Y fue  así durante  estos tiempos de persecuciones, según la palabra del Señor: « seréis llevados ante los gobernadores y reyes, a causa de mí,  en testimonio a ellos y a las naciones» (Mt. 10:18). Ahora hablaremos de algunos mártires  cuyos nombres  y actos nos han sido preservados.

 

Martirio de Ignacio

 

Ningún hecho en la historia de la iglesia primitiva ha sido conservado con más cuidado que el  martirio de  Ignacio; ningún relato de este tiempo es más célebre que su viaje de  Antioquia a Roma como prisionero en cadenas.

 

Ignacio era  uno de los discípulos inmediatos del apóstol Juan, y obispo o anciano de la asamblea de Antioquia, desde el año 70. Recordamos que en esta gran ciudad, la capital de Siria y una de las ciudades  más importantes ciudades del imperio romano, después de los trabajos benditos del apóstol Pablo y Bernabé, los discípulos del Señor fueron  primeramente llamados cristianos (Hech.11)

 

Hacia el año 107, el emperador Trajano se dirigió hacia el oriente para combatir a los Partos, pasando por esta villa. Es difícil asignar  las razones que llevaron al emperador a perseguir a los cristianos durante su permanencia en Antioquía, ¿Quizás era que enorgullecido por sus victorias, él no podía soportar el pensamiento que hubiese en sus estados personas que se negasen a adorar a los dioses que, según él, lo habían hecho vencedor? Uno no sabe, pero él amenazó con castigar con muerte a cualquiera en Antioquia que se negara a sacrificar a los dioses.

 

Deseosos de alejar, y de atraer  sobre su cabeza, la tormenta que amenazaba a su rebaño, Ignacio pidió ser  conducido ante el emperador para exponerle el verdadero carácter y posición de los cristianos, y si lo hacía, para ofrecerse por ellos a muerte. De este modo Trajano fue puesto cara a cara con esta « absurda superstición », de la cual él solo  había oído hablar. De este modo, como en tiempos de Pablo, testimonio fue dado al evangelio delante de los grandes de la tierra, haciéndolos  inexcusables si ellos lo rechazaban.

 

He aquí lo que estos escritores antiguos relatan de la entrevista del emperador con el venerable obispo. Trajano dirigiéndose a él, le dijo: « ¿eres tú aquel que, parecido a un demonio pernicioso, persevera en contradecir mis órdenes y arrastra a los hombres a la perdición? »

 

_ ¿qué persona?, respondió Ignacio, no llama Theophore (que quiere decir “aquel que lleva a Dios”) un demonio pernicioso.

 

_ ¿Y quién es Theofore?

 

_ Aquel que lleva a Cristo en su corazón.

 

_ ¿No crees  entonces que residen en nosotros, los dioses que  combaten por nosotros contra nuestros enemigos?

 

_ Tú te engañas, llamando dioses a los demonios de las naciones ; porque no hay más que un solo Dios que ha hecho el cielo, y la tierra, y el mar, y todo lo que  está en ellos ; y un solo  Jesucristo, su Hijo único, cuyo reino es mi porción.

 

_ ¿quieres tú decir el reino de  Aquel que fue crucificado bajo Pilato?

 

_ Si, Aquel que ha crucificado mi pecado con su autor, y que ha puesto el pecado entero y la malicia de Satanás bajo los pies de aquellos que le llevan en sus corazones.

 

_ ¿Llevas  tú en ti a Aquel que ha sido crucificado?

 

_ Sí, porque está  escrito: « Yo habitaré entre ellos y andaré en ellos »

 

El emperador corto enseguida la plática, dando esta sentencia: « puesto que  Ignacio confiesa que lleva en él a Aquel que  ha sido crucificado, ordenamos que él sea conducido, atado por los soldados, a la grande Roma, para ser destrozado por las bestias, para entretención del pueblo ».

 

Este castigo estaba reservado para los peores criminales, particularmente a aquellos que  eran convencidos de ejercer las artes  mágicas, de lo que los cristianos eran  a menudo acusados. Ignacio escuchó con gozo esta sentencia cruel, dichosa de ser juzgado de sufrir por el nombre de Cristo y como ofrenda para los santos.; regocijándose, como antiguamente el apóstol Pablo, de ser atado y conducido a Roma.

 

Ignacio fue entonces entregado a diez soldados, sin considerar su edad avanzada, y parece que lo trataron con gran dureza.  El escribió a los cristianos de  Roma, enviándoles su carta por medio de mensajeros que seguían una ruta más corta que aquella por la cual él era conducido « desde  Siria y hasta Roma, soy entregado a las bestias  salvajes sobre mar y tierra; de día y noche estoy atado a diez leopardos, una banda  de soldados que, aunque les hago bien, se muestran hacia mi aún más crueles »

 

El fue conducido por mar a Esmirna, donde se le permitió ver a Policarpo, obispo, de esta villa que también había sido discípulo del apóstol Juan. Muchos otros cristianos vinieron para saludarlo y pedir su bendición. Él escribió a diferentes asambleas, en particular a  aquellas de Éfeso y Roma, cartas que han sido conservadas. En estas cartas de  despedida, él insiste mucho sobre la gran verdad de la  humanidad real de  Cristo.  Él pone en guardia a aquellos  a los que escribía contra la mala doctrina que se deslizaba entre los cristianos, y que enseñaba  que el Señor no había tenido un cuerpo real, y que todo lo que Él había hecho durante Su vida  aquí abajo, como también Sus sufrimientos y muerte,  no eran más que  una apariencia. Ignacio combatía también a los  maestros judaizantes, es decir a aquellos que,  ya desde los tiempos de  Pablo, querían mezclar la ley con el evangelio (el apóstol los combate especialmente en la epístola a los Gálatas). Es necesario lamentablemente, agregar a estas cosas  excelentes, Ignacio mezcló muchas otras erróneas, sobre todo lo relacionado con la  autoridad de los obispos en las  asambleas. Sus enseñanzas con relación a esto muestran el comienzo del establecimiento del clérigo reemplazando en la asamblea  la acción del Espíritu Santo.

 

Pero Ignacio no era menos  amado santo de Dios, un fiel siervo y testigo de  Cristo, para  dar su vida.  En esta carta a los cristianos de  roma, él les rogaba que no hiciesen nada para  impedir que él fuese  entregado a las bestias « No podéis », dice él, « darme nada más precioso que  esto: que sea ofrecido a Dios en sacrificio, mientras que el altar está preparado...Rogad solamente para que me sean dadas fuerzas, para que  no solamente sea llamado cristiano, sino que sea encontrado verdaderamente tal ». Y además dijo, « dejadme venir a ser la presa de los leones y osos; esto será para mí  un muy corto pasaje al cielo ».

 

Sin embargo los guardas de Ignacio odiaban su viaje, temían no llegar antes del fin de los juegos donde el mártir debía ser expuesto al furor de las bestias feroces. También ellos  asistirían, sin duda, con impaciencia a la tocante escena que tendría lugar antes que ellos  entrasen en la ciudad imperial. Al acercarse a roma, ellos encontraron una multitud de personas que salían de la villa. Estos eran cristianos afligidos que venían ante Ignacio. A pesar de su carta, ellos le suplicaban que les permitiese  hacer esfuerzos para salvarlo; pero él no consistió. Los soldados concedieron a Ignacio algunos momentos con sus hermanos y para que les dirigiera algunas palabras. Él se arrodilló con ellos y pidió a  Cristo que pusiese fin a la persecución, porque  él esperaba que él sería entregado a muerte por su rebaño, y que de  este modo las débiles ovejas que él amaba tanto, escaparían. Este era el primer  día de los juegos, y él fue conducido inmediatamente al anfiteatro.

 

Uno todavía ve en Roma el arco de triunfo bien conservado que fue levantado en honor a Tito, vencedor de los judíos.  No lejos se encuentran las ruinas de un vasto circo llamado Coliseo. Cerca del lugar donde se  encontraban los famosos jardines de Nerón, en un lugar situado entre dos colinas sobre las cuales  estaba edificada Roma, este emperador había hecho un lago artificial. Tito la había hecho secar y comenzado en ese lugar hizo construir un inmenso circo, destinado a contener a 80.000 espectadores. Este era el Coliseo. Se dice que los judíos cautivos fueron empleados para levantar este gigantesco edificio. Sus dimensiones eran tales  que la arena central una vez había estado llena de agua, y se pudo dar al pueblo romano un simulacro de un combate naval. Pero habitualmente estaba reservado para los combates de gladiadores entre ellos o contra bestias feroces. En los días de fiesta, escenas terribles de luchas sanguinarias habían tenido lugar en esta  arena. Los romanos las contemplaban y aplaudían de arriba de sus asientos.

 

Es allí que el venerable obispo de Antioquia, agotado por la edad y la fatiga del largo viaje, fue entregado a las bestias bajo los ojos de millares de espectadores. El fue pronto hecho pedazos por ellas. El anciano cansado peregrino entró de este modo en el reposo del paraíso de Dios, cerca de  Aquel por quien había dado con gozo su vida. Él podía decir con Pablo: « estimo que los sufrimientos presentes no son comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en el día postrero. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, o espada?...Por el contrario, en todas estas  cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó » (Rom. 8:18, 35,37)

 

Los amigos de  Ignacio no pudieron recoger  sus restos, más que algunos huesos. « Él no había amado su vida, hasta la muerte », pero « ellos han vencido a causa de la sangre del Cordero y de la palabra de su testimonio » (Apoc. 12:11). ¡Qué gloria les  espera en la primera resurrección! ¡Ellos  reinarán con Cristo! ¡Podamos, en estos tiempos menos difíciles, ser encontrados también fieles, y consagrados al Señor!

 

Justin martyr

 

La persecución contra los  cristianos que había estallado bajo el reino del emperador Trajano, se debilitó bajo los reinos de  sus sucesores, Adriano y Antonio el piadoso, sin cesar completamente. Pero  reapareció con más fuerza  bajo Marco Aurelio que sucedió al último de  éstos. ¿Entonces que este emperador era un hombre malo y cruel? No.  El era, por el contrario, uno de aquellos que  son llamados filósofos _ amigos de la sabiduría.  Marco Aurelio era  de una naturaleza  humana bondadosa, noble y piadosa, y gracia a la influencia de la educación que  había recibido de su madre, sus costumbres eran puras. Sus escritos reafirman preceptos de  una moral excelente. Y a pesar de esto, se muestra enemigo de los cristianos.

 

No debemos asombrarnos de esto. La sabiduría del mundo, aquello que los hombres puedan en su inteligencia, en sus sentimientos y razonamientos, son opuestos a la sabiduría de Dios. Es Cristo quien es « poder y sabiduría de Dios », y es en Cristo crucificado que se muestra este poder y sabiduría para salvar a  aquellos que creen. Pero el mundo con su sabiduría no ha conocido a  Dios que, en Su amor, ha dado a Su Hijo. La cruz es locura para  los  sabios de  este mundo que  creen poder  agradar a Dios y salvarse sin ella. También el apóstol Pablo dijo que los príncipes de  este mundo no han conocido la  sabiduría de Dios, « porque si lo hubiesen conocido, no habrían crucificado al Señor de  gloria » (leer 1 Cor. 1.20-24; 2:7-8). De este modo si los  príncipes de este mundo han rechazado al Señor, no debemos sorprendernos de que ellos hayan perseguido a los discípulos de Jesús. Es necesario agregar también que al reconocer la vanidad de los ídolos, los filósofos toleraban el culto y se asociaban a éste como siendo una buena cosa  para el pueblo,  mientras que  los  cristianos se  aparataban completamente de éstas.

 

El emperador, es verdad, no intervenía directamente en las  persecuciones. Pero él sabía lo que sucedía y podía haberlo detenido. Apologías o defensas del cristianismo habían sido presentadas a los emperadores que lo habían precedido, y la justicia  habría demandado que él examinase lo que se  decía en favor de los  cristianos. Pero en el fondo todas las persecuciones y la oposición hecha a los discípulos de Cristo, se encuentran en la  enemistad del corazón natural contra Dios. Jesús había dicho, « si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mi antes...Ellos han visto,  y me han odiado a Mi y a Mi Padre...Si ellos  me persiguen, a vosotros también os perseguirán » (Jn. 15:18, 24,20)

 

Y en efecto, el mundo los odiaba. Se había llegado a considerar a los cristianos como enemigos públicos. No solamente se les acusaba de crímenes  abominables cometidos en  secreto en sus  reuniones privadas, se les atribuían todas las calamidades que, en esta época en particular, cayeron sobre Roma y el imperio romano. Los dioses irritados por la  presencia de estos impíos, de estos ateos que despreciaban su culto, manifestaban su ira por medio de estas llamas, se decía. El odio del pueblo  hacia ellos era entonces  creciente. Se sublevaba contra ellos y se obligaba a los gobernadores de las provincias a ejecutar los edictos  de persecución hacia ellos que eran denunciados como cristianos y llevados a su tribunal. El Señor  lo había anunciado: « os entregaran para ser afligidos, y os harán morir; y seréis odiados de todas las  naciones a causa de  Mi nombre » ( Mt. 24 :9).pero también había dicho para estimulo de aquellos que sufrían por Su nombre : « en el mundo tendréis aflicción, pero confiad en mí, Yo he vencido al mundo » (Jn. 16 :33).

 

He aquí lo que sostenía a los cristianos y fortalecía en los sufrimientos que tenían que soportar. Ellos no poseían tanta luz como nosotros podemos poseer, pero  Cristo era  para ellos una Persona viva que había dado Su vida por ellos, y ellos daban su vida por Él. Podamos andar en el mismo camino de  fe, de renunciamiento y amor.

 

Entre aquellos que  sufrieron el martirio en Roma bajo Marco Aurelio, se encuentra Justin llamado Mártir, Bello título, aquel de mártir o testigo por Jesucristo. La historia de Justin es más interesante aún ya que él había sido uno de estos filósofos que se oponía al evangelio. Pero la gracia de Dios es soberana. Ésta  había convertido a Cristo al fariseo Saulo de  Tarso, y ella ha convertido también a Justin. Ella lo ha hecho despojando a uno de su justicia propia, y mostrándole al otro la impotencia de la sabiduría humana. Es necesario que todos, sabios e ignorantes, grandes y pequeños, reconozcamos nuestro estado de pecado  y ruina, para alcanzar la salvación, la paz y vida en Cristo. Aquel que ha salvado a Pedro y Juan, Nicodemo y Pablo, Justin el filósofo y a tantos otros, es también Aquel  que nos  salva.

 

Justin había nacido de padres paganos en Neapolis, villa de Samaria, edificada sobre el lugar de la antigua Siquem. Él mismo relata cómo, en su juventud, deseando ardientemente conocer la verdad, él había recorrido todas las escuelas de filosofía, estudiando con cuidado los sistemas de los sabios de  este mundo, sin encontrar nada que  dejara satisfecha su alma y respondiese a sus necesidades. Pero Dios, a quien aún no conocía, le seguía como el pastor que busca a sus ovejas errantes,  y vino a revelarle la verdad que en vano había pedido a los hombres, Uno solo es « la verdad », como él es « la vida » y el camino », para llegar a Dios,  y este es Jesús. Justin iba a encontrarlo.

 

Un día que, cansado de la inutilidad de sus investigaciones, él había llegado a orillas del mar, y encontró a un anciano de  aspecto venerable que entró en conversación con él. Justin se abrió a este desconocido, que había ganado su confianza. Él le habló de su ardiente deseo de encontrar a  Dios, y todo lo que Él había hecho, pero vano, para  lograr esto.  El anciano le  respondió que en efecto todas las enseñanza de los filósofos no podían llevarlo al conocimiento de Dios y a la posesión de la paz por la cual suspiraba, porque, dijo el apóstol Pablo "el mundo, por la sabiduría, no ha conocido a Dios”. Después el anciano habló  a Justin de la revelación que  Dios  había dado a los hombres en los  escritos de los  profetas y en los evangelios, y lo instó a leerlos y estudiarlos, y a investigar las doctrinas del Cristianismo. « Orad », agrega el anciano, « para que las puertas de la  luz os sean abiertas, para que las  Escrituras  sean comprendidas solamente con la ayuda de  Dios y de  su Hijo Jesucristo »

 

El anciano se alejó, y Justin no lo volvió a ver más. Pero siguió sus consejos, y Leyó y meditó en las  Escrituras; y oró, y Dios respondió a sus peticiones. Él encontró la luz y la paz  cerca de  Jesucristo, y una vez convertido, vino a ser un ardiente defensor del Cristianismo. Lleno de  celo por la verdad que había comprendido y que llenaba su corazón de gozo, él comenzó a  viajar, siempre vestido con sus ropas de filósofo, en Egipto y Asia, anunciando a  todos aquellos que le querían escuchar, el evangelio que  le era tan precioso.  De la abundancia del corazón habla la boca. ¡Cuán bello es  ver a Dios sacando a un alma de las tinieblas, trayéndola a Su maravillosa luz, y haciendo de ella  una antorcha  para iluminar a  otras almas!  Uno no tiene necesidad para gozar de este privilegio de ser un sabio o un filosofo como Justin; cada uno de nosotros, en nuestra  esfera, humilde como pueda ser, desde que hemos gustado que el Señor es  benigno, podemos hacerlo conocer a otros (Hech. 26:18; 1 Ped. 2:9)

 

Justin se estableció finalmente en Roma y continuó enseñando. Él buscaba entrar en relación con los filósofos, con el deseo de  hacerles conocer  la verdad.  Pero uno de ellos, Crescente, irritado de que Justin lo haya reducido a silencio al discutir con él, lo denuncio como cristiano. Justin, con seis otros, entre los cuales se encontraba una mujer, compareció ante el prefecto de  Roma, Rusticus. Aquel al ver a Justin vestido con sus ropas de  filósofo, le preguntó qué doctrina profesaba.

 

_ Yo he buscado toda clase de conocimiento, respondió, Justin; he estudiado todas las  escuelas de los  filósofos, y finalmente me he detenido en la única verdadera doctrina, aquella de los cristianos, estos hombres  despreciados por todos aquellos que están ciegos y en error.

 

_ ¡Cómo, miserable! ¿Tú tienes  esta doctrina?, exclamó el prefecto.

 

_Si, es con gozo; porque  sé que es verdadera.

 

Interrogado enseguida  acerca de los lugares  donde los  cristianos se congregaban, él respondió diciendo que se  reunían donde podían, no todos en un mismo lugar, « porque el Dios de los cristianos », decía él, « el Dios  invisible, no está limitado por el espacio, Él llena los cielos  y la tierra, y es adorado y glorificado  por todas partes  por los fieles »

 

El prefecto habiéndolo  amenazado de muerte si persistían en su superstición, el testigo de  Cristo  respondió: « tú puedes  hacerme sufrir todos los tormentos, pero no quedaré menos en posesión de la gracia que  asegura la salvación, y que es la parte de todos  aquellos que  están en Cristo »

 

_ ¿Crees que irás al cielo?

 

_No solamente lo creo, sino que lo sé y tengo plena certitud.

 

Esta  fue la respuesta llena de seguridad del filósofo que después de haber  sido arrastrado para acá y para allá  por todo viento de  doctrina humana,  finalmente había encontrado un ancla segura y firme, y una  esperanza que no desilusiona (Efes. 4 :14, Heb. 6 :19)

 

El prefecto se  esforzó entonces en persuadir a Justin y sus compañeros para que  sacrificasen a los dioses.

 

_ Ningún hombre cuyo espíritu es  sano, respondió Justin, abandonará una religión verdadera por el error de la impiedad.

 

_ Sacrifica dijo el prefecto, o seréis atormentados sin misericordia.

 

_ No deseo nada  más que  sufrir por el nombre de Jesús, mi Salvador. Yo apareceré de este modo con confianza ante Su tribunal, donde el mundo entero debe un día comparecer.

 

Esta fue la respuesta valiente del mártir. Sus seis compañeros confirmaron sus palabras, diciendo:

 

_ Haced lo que queráis; nosotros somos cristianos, y no podemos sacrificar a los ídolos.

 

El prefecto  viéndolos inquebrantables ante sus amenazas pronuncio la sentencia. « Aquellos que se niegan  a sacrificar a los dioses y obedecer los edictos del emperador, serán primeramente  azotados con varas, y después decapitados ».

 

Los mártires se regocijaron y bendijeron a  Dios por haber sido encontrados dignos de  sufrir y morir por el nombre de  Jesús (Hech.5:41; Fil. 1:29). Ellos fueron llevados  al calabozo y después de  haber sido azotados, sus cabezas  fueron cortadas.

 

El Señor Jesús ha dicho: « Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. 12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros" "Si sufrimos, también reinaremos con él; Si le negáremos, él también nos negará."(Mt.5:11,12; 2 Tim.2:12).Justin y sus compañeros  con muchos otros fueron muertos

 

 « Por la palabra de  Dios y el testimonio que ellos han dado », y ahora  esperan cerca del Señor la « recompensa »: « la corona de justicia » y de gloria que les  está reservada y que les  será dada a Su venida (2 Tim.4:8)

 

La persecución en Asia Menor y el martirio de Policarpo.

 

« Escribe al ángel de la iglesia que está en Esmirna, escribe...No temas en nada lo que  vas a padecer... Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de vida ». Es de este modo que el Señor Jesús, Él, el Testigo fiel, que había dado Su vida, estimulaba  anticipadamente a  aquellos que serian llamados a dar su vida por  Él.

 

Fue en Asia Menor que la persecución, bajo Marco Aurelio, estalló con más violencia. Una  carta  dirigida para « la iglesia de Dios en Esmirna a aquella de Philomelie y a todas las partes de la santa iglesia universal », da un relato detallado de los sufrimientos que  debieron soportar los fieles confesores de  Jesús. Entre aquellos que  esta carta menciona como habiendo sido puesto a muerte, se encuentra el anciano obispo de  Esmirna, Policarpo.

 

Policarpo, como Ignacio, había sido discípulo del apóstol Juan. Se dice que fue Juan que lo estableció como obispo en  Esmirna. Es posible, en efecto, que él haya sido puesto aparte como « anciano » en esta asamblea, porque sabemos que los apóstoles  tenían autoridad para establecer  ancianos en las iglesias. (Hech. 14:23; Tito 1:5)

 

Irineo, uno de los discípulos de este  santo obispo,  y que fue obispo de  Lyon al comienzo del tercer siglo, habla así de Policarpo: « podría todavía mostrar el lugar donde Policarpo tenía la costumbre de  sentarse y discurrir; podría hablar de su conducta, apariencia, manera de vivir, y de sus conversaciones.  Aun tengo presente en el espíritu la seriedad de su conducta, la majestad de su rostro, la pureza de su vida, y las santas  exhortaciones que  dirigía a su rebaño. Aun recuerdo escucharlo relatar como él había conversado con Juan y muchos otros que habían visto al Señor, y repetir las palabras que  habían escuchado de su boca, los relatos que ellos hacían de los milagros del Salvador, de Su doctrina según las  Escrituras, como había recibido a aquellos que  habían sido testigos oculares. Su celo por la pureza de la  fe era tal que,  si algún error era presentado y sostenido  en su presencia, él tenía la costumbre de tapar sus oídos y retirarse clamando: « ¡Dios misericordioso, para qué tiempo me  has reservado! »

 

Tal era Policarpo, En la época de la persecución, es decir  alrededor del año 167, él tenía  más o menos 95 años. El pueblo irritado al ver la constancia y firmeza de los testigos del Señor expuestos  en la arena al furor de las bestias feroces, pedía a grandes  gritos que se  aprendiese  y entregase a los leones a este fiel pastor del pequeño rebaño de Cristianos « Policarpo ¡traed a Policarpo! » clamaba la multitud.

 

Policarpo, habiendo escuchado los clamores de la multitud, quería permanecer tranquilamente en la villa, y esperar lo que Dios ordenaría respecto a él. Pero debido a la insistencia  de  los hermanos, él se apartó a una ciudad vecina. Y permaneció algún tiempo con un pequeño número de amigos, orando de noche y día por todas las asambleas. Uno de sus siervos, torturado, hizo conocer  el lugar donde él estaba, y fueron enviados soldados para  apresarlo. Habiéndolo tomado, el anciano rechazó que se proveyese  para él otra seguridad; y asistió con calma, diciendo simplemente: « que se haga la voluntad del Señor » Los soldados habiendo llegado, él mandó que se les diese  de  beber y comer, y que se le dejase una hora para orar.  Su petición le fue  concedida, y él se apartó  a una cámara para orar, dice la carta citada, « por todos aquellos que  él había conocido, pequeños y grandes,  dignos e indignos, y por  toda la iglesia en el mundo  entero ».Su corazón estaba tan lleno, que pasaron dos horas antes que él terminase sus fervientes  súplicas. Aquellos que debían conducirlo a la villa, le dijeron que debían partir. Su consagración, dulzura, gran edad y aspecto venerable produjeron una  profunda impresión sobre sus guardas.

 

Teniendo consideración por su edad, ellos le  hicieron montar sobre una   asna y entraron en la ciudad llena de una considerable multitud. Cuando atravesaban las calles, encontraron a Herodes, el primer magistrado de la  ciudad, que estaba  sobre su carro con su padre. Ambos,  con un semblante de  respeto, invitaron al obispo prisionero a subir junto a ellos, y trataron por medio de bellas palabras  y promesas de  quebrantar su constancia. « ¿Qué mal hay » decían ellos, « en decir: ¡Señor  Cesar! o sacrificar?

 

Pero viendo sus esfuerzos inútiles, cambiaron sus  palabras dulces en injurias, e irritados, impulsaron al anciano fuera del carro.  Policarpo,  casi muerto por su caída, prosiguió su camino, conducido por guardas, y fue llevado  delante del procónsul.

 

Aquel, teniendo compasión de su avanzada edad y debilidad, trató de persuadirlo de no responder al llamado de su nombre, pero  Policarpo se negó a servirse de un subterfugio  para escapar al suplicio.

 

_Y bien, le dijo el procónsul, jura por cesar, y di: Lejos de nosotros los  ateos.

 

El anciano levantó lentamente su mirada  hacia la multitud furiosa que llenaba el anfiteatro, y después, agitando su mano y mirando hacia el cielo, clamó « ¡Lejos de nosotros los  ateos! »

 

_Jura, dijo el procónsul, pensando que él se debilitaba; maldice a Cristo, y te  soltaré.

 

_He aquí, hace ochenta años que le sirvo, respondió el valiente obispo, mientras una sonrisa  iluminaba su rostro, y Él jamás me ha hecho mal; ¿cómo yo lo blasfemaría, a Él, mi Rey, y mi Salvador?

 

La amenaza de  entregarlo a las bestias feroces, habiéndolo encontrado inquebrantable, el procónsul ordenó que un heraldo proclamase  tres veces  en medio del circo, « Policarpo ha confesado que es  un cristiano ».

 

Al instante la multitud comenzó a gritar, « Este es el maestro de  Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses; es él quien ha persuadido a un gran número de personas  a no sacrificar más. Que él sea entregado a los leones. »

 

Pero el que presidía los juegos se negaba, alegando que los juegos habían terminado. Entonces la multitud tumultuosa clamó: « ¡Qué él sea quemado! » El procónsul accedió a su demanda, y al instante  judíos y paganos se pusieron a aportar madera para quemarlo. El anciano consideraba con calma los preparativos  de su suplicio, pero cuando lo habían arrastrado sobre la madera se le quería amarrar al poste : « dejadme así », dijo él, « Aquel que me da fuerzas para  soportar las llamas, me hará capaz de  no hacer ningún movimiento sobre el fuego » Antes que el fuego fuese encendido, el mártir oró, diciendo : « Señor, Dios Todopoderoso, Padre de tu bien amado Hijo Jesucristo, por el cual hemos recibido el conocimiento de Ti mismo, Dios de ángeles  y de toda la creación, de la raza humana y de los justos que viven en Tu presencia, te alabo que me hayas tenido por digno en este día para, tener parte con todos Tus testigos en los sufrimientos de  Cristo ».

 

Cuando él hubo terminado de  orar, el fuego fue encendido. Pero, la cosa más extraña a decir, atestiguada sin embargo  por la carta de aquellos que  fueron testigos oculares, las llamas  en lugar de alcanzarlo aparecían querer librarlo, formando alrededor de él como un gran velo inflado por el viento. Su cuerpo brillaba como oro y plata, y un perfume exquisito se expandía por el aire. Ante  esta vista, los paganos supersticiosos, temiendo que el fuego no tuviese ningún poder  sobre él,  ordenaron  que fuera  traspasado por una lanza. La  sangre primeramente apagó el fuego, pero los paganos pidieron  que el cuerpo fuese consumido, y no quedaron más que unas pocas osamentas. Como los discípulos de Policarpo deseaban recoger estos débiles  restos de aquel que ellos habían amado tanto, los judíos persuadieron al procónsul  para que no les  concediese  su petición, por  « temor », decían ellos, « que ellos  abandonen  al crucificado para adorar a  este hombre ». « Ellos  casi no comprendían », dice la  carta « que no es  posible abandonar a Cristo que ha sufrido por la salvación del mundo, para adorar a algún otro. Porque Él es  en verdad  a quien adoramos; pero amamos a los mártires, como siendo Sus discípulos ».

 

La muerte  edificante de Policarpo fue una bendición para la iglesia. El furor del populacho se apaciguo, y el procónsul mismo, cansado de  estas escenas  sangrientas, prohibió que se llevase a más cristianos  ante su tribunal.  De este modo,  el Señor  puso fin a la tribulación en Esmirna.

 

Policarpo escribió una carta a la asamblea  en Filipos que nos ha sido conservada. Esta es sobre todo interesante, porque  él recuerda al apóstol Pablo, »quien », dice él, « cuando estaba en medio de  vosotros, os ha fiel y constantemente enseñado la verdad, y que, ausente, os ha escrito una carta, la cual, si la estudiáis diligentemente, será un medio de  establecerlos en la fe, la esperanza y el amor. »

 

De este modo las mismas  Santas  Escrituras que Dios nos ha dado para instruirnos para salvación y guiarnos, eran también la consolación de estos santos  que antiguamente  sufrían y morían por el Señor.

 

Los mártires de Lyon y de Vienne, alrededor del año 177.

 

Fue también bajo el reino de  Marco Aurelio, el emperador  filósofo, que tuvo lugar una nueva persecución contra los cristianos. Esta  estalló sobre todo en las ciudades de Lyon y de Vienne en Gaule. Allí,  se habían establecido colonias que habían venido de Asia menor, esta es también el Asia que el  evangelio había sido llevado.

 

De esta manera, en cualquier  lugar donde la palabra de  salvación llegase, el enemigo del Señor, aquel llamado el « gran dragón, la serpiente antigua, y el diablo y Satanás », no dejaba de  perseguir y atormentar a los  santos de Dios. Él se valía para esto del formidable poder  romano, representado en las Escrituras bajo la figura de una « bestia terrible que quebrantaba, y de  extraordinario poder », con grandes dientes de hierro, devoraba, y hacía la guerra a los  santos (Dn.7, 21)

 

Los detalles  concernientes a la persecución de los cristianos de Gaules, nos han sido conservados en una carta que ellos dirigieron  a sus hermanos de Asia. El escritor cuenta como los hermanos,  que hasta entonces habían estado viviendo apaciblemente, en un momento fueron atacados por los  paganos. Se comenzó a excluirlos de las marchas públicas, se les despojaba de sus bienes y se saqueaban sus casas. Enseguida ellos fueron perseguidos a golpes de piedras, y arrastrados a la prisión, « acusados », dice la carta, « de crímenes que desencadenaron la furia del populacho, y fueron los empleados subalternos quienes, intimidados por la  violencia de la multitud,  arrojaron un  gran número cristianos  a prisión. Algunos de ellos en el momento de la prueba, flaquearon; muchos perecieron en los  húmedos calabozos donde  habían sido encerrados.

 

La llegada  del prefecto no cambio en nada los sufrimientos de los prisioneros. Él comenzó a buscar, por medio de torturas, a tratar de hacer que los cristianos renegaran de  Cristo, o hacerlos confesar crímenes abominables de los cuales se les acusaba, como comer carne humana en sus reuniones secretas y de entregarse a toda clase de  desórdenes. Contrariamente a la ley, en efecto,  el magistrado hizo que torturaran a siervos de  amos cristianos. Algunos, vencidos por los tormentos, afirmaron que sus maestros practicaban, en efecto,  los crímenes de los cuales se les acusaba. Desde entonces,  el pueblo y el magistrado se creían en derecho de castigar a los cristianos con los suplicios más crueles.

 

Ni rango, edad, sexo, fueron librados. He aquí algunos  ejemplos entre aquellos que sufrieron por el Señor. Un joven cristiano de alta sociedad y de grandes talentos, llamado Vettius Apagatus, que nunca había estado en prisión, se indignó al escuchar las  falsas acusaciones hechas  contra sus hermanos.  Lleno de amor por ellos, se sintió presionado a tomar su defensa y dar testimonio a la pureza de su vida. Pero el juez, en lugar de  escuchar, le preguntó si él era cristiano, quien aparecía como su abogado. Ante la respuesta  afirmativa de  Vettius, el magistrado ordenó que él fuese  llevado a prisión. Él no salió de allí más que para sufrir el martirio.

 

El anciano obispo de Lyon, Pothin, de 80 años, que probablemente había venido de Asia y había llevado el evangelio a esta ciudad, fue llevado, enfermo y asmático como estaba, ante el tribunal. « ¿Cuál es el Dios de los cristianos? », le preguntó el juez, « Tú lo conocerás, si te muestras digno »,  respondió tranquilamente el anciano. Ante estas palabras,  aquellos que rodeaban el tribunal lo llenaron de injurias y golpes. El Maestro divino de Pothin también había sufrido injurias y golpes ante un tribunal humano (Mt. 26:67-68).Llevado a prisión, el anciano tuvo que soportar todavía la dureza y brutalidad del populacho, y murió dos días  después  a causa de los malos tratos que había sufrido.

 

Entre todos aquellos que sufrieron, no hubo que brillara más en fe y constancia y firmeza que Blandine.  Ella era una joven esclava, de cuerpo pequeño y débil.  Su ama, también cristiana,  y que murió martirizada, temblaba por ella, temiendo que su fe sucumbiese  bajo los tormentos. Pero el Señor estuvo junto a  Su joven sierva, y manifestó en ella  Su fuerza. Los torturadores  agotaron  sobre ella todos los suplicios, pero Blandine  soportó todo, repitiendo solamente: « yo soy cristiana; nosotros no cometemos ningún mal » Atada en un poste en el anfiteatro, ella  fue entregada a las bestias feroces, pero aquellas, menos crueles que los hombres, no la tocaron. Se pensaba que una joven y esclava, podría ser llevada, al multiplicar las torturas, a renegar de  Cristo. Pero Aquel que  estaba en ella era más poderoso que aquel que está en el mundo. Ella poseía la fe  que hace victorioso frente al mundo, la fe  del Hijo de Dios (1 Jn. 4:4; 5:4-5). « Blandine », dice la carta  ya citada, « fue revestida de tal fuerza  que aquellos que se debilitaban por la tortura de mañana hasta la tarde, confesaron, cansados como estaban, que ella los había vencido. Ellos estaban asombrados, que después de  haber agotado sobre ella todas  las torturas, aun ella pudiese sobrevivir, teniendo el cuerpo roto y abierto por  todas partes ».  El Señor daba de este modo testimonio a la verdad del Cristianismo, y al poder de la  fe en Él. Se podía decir de estos mártires como de aquellos de otra edad: «Heb.11:36 Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Heb.11:37 Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; Heb.11:38 de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.

 

Heb: 39 Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido"

 

Cuando se llevaban a prisión a  Blandine y sus compañeros de sufrimientos, muchos  amigos  afligidos vinieron a su encuentro para consolarlos, estimularlos, y testimoniarles su amor, saludándolos  al mismo  tiempo con el nombre de  mártires."Nosotros no somos dignos de  tal honor", respondían ellos; "el combate no ha terminado. En otras partes este nombre  glorioso de mártir (que quiere decir "testigo") pertenece esencialmente  a  Aquel que  es el testigo Fiel y verdadero, el Primogénito de entre los muertos y el Príncipe de la vida, y enseguida  a aquellos que han sellado el  testimonio de Cristo por medio de  su perseverancia hasta el fin. Nosotros no somos mas que débiles  confesores". Después ellos pidieron  con lágrimas a sus hermanos que orasen por ellos, para que  les fuese  dado el permanecer fieles y firmes  hasta el fin.  De este modo ellos mostraban que sentían su flaqueza y no esperaban fuerzas más que de Aquel  en quien ésta solo reside.

 

Un nuevo dolor les esperaba a su retorno a la prisión.  Algunos de los suyos, a causa del temor de los tormentos, habían renegado del Cristianismo.  Ellos al hacerlo no habían ganado nada; ya que se les retenía en prisión como acusados de otros crímenes. Blandine y sus compañeros oraron con muchas lágrimas al Señor, para que  aquellos que habían flaqueado ante el enemigo fuesen restaurados y  fortalecidos. El Señor  escuchó sus oraciones. Habiendo nuevamente comparecido ante el magistrado, aquellos que  habían caído confesaron valientemente su fe en Cristo,  y condenados a morir, ellos  obtuvieron también la corona del vencedor.

 

El fin de Blandine se  acercaba. Ella iba a cambiar los dolores pasajeros de esta vida, por la gloria eterna (2 Cor. 4:17-18). Ella fue llevada por última vez  ante el juez  con un joven de 15 años, llamado Ponticus. Se les ordenó jurar por los dioses, pero ellos se negaron con firmeza. Se les hizo además  sufrir las  torturas más crueles que la barbarie de los hombres pueda imaginar. Ellos las soportaron con una paciencia que no hizo más que  exasperar más a la multitud. El joven Ponticus, estimulado y sostenido por las  oraciones y exhortaciones de su hermana en  Cristo, sucumbió pronto y durmió en  Jesús.

 

Blandine, quedó sola, y fue guardada para lo último de los juegos. Uno podría decir de ella, como Pablo decía de si mismo y de los apóstoles: « Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres." (1 Cor. 4:9).Blandine fue primeramente abofeteada hasta sangrar, después  sufrió el suplicio de la silla ardiente, enseguida fue puesta  en una red, y entregada a un toro salvaje que la  acorneo por largos tiempo y la hizo sufrir cruelmente. Finalmente un soldado puso fin a sus sufrimientos, traspasándola con una lanza.

 

Estos  eran los tormentos que estos fieles  confesantes soportaron por  amor al Señor  Jesús. Su recompensa será grande  en el reino de los cielos (Mt. 5:12). Nosotros que vivimos en un tiempo apacible, ¿no seremos agradecidos a Dios? ¿No nos beneficiaremos por crecer  en el conocimiento y gracia del Señor Jesús, a fin de ser Sus testigos en este mundo, no por  medio de sufrimientos  semejantes  a aquellos de los mártires, sino por nuestra separación del mundo y la pureza de nuestra vida?

 

Otros además de estos nombrados han debido sufrir lo mismo.  A propósito de uno llamado Sanctus que también soportó crueles  tormentos, nuestra carta dice que él los soportó de manera a mostrar "que no hay nada terrible allí donde  se encuentra el amor del Padre, ni nada penoso allí donde  está la gloria de  Cristo".

 

La ira de los  perseguidores no fue satisfecha por la muerte de los mártires, Sus cuerpos fueron quemados y las cenizas arrojadas  en el Rhone, para privarlos de este modo, pensaban sus enemigos  en su locura, de lo que les era  más precioso, la certeza de la  esperanza de la resurrección. Insensatos, ellos  ignoraban el poder de  Dios, La muerte para los cristianos  está vencida, cual sea la forma en la cual ésta se presente. Ellos  tenían para si, la palabra de  Cristo: « el que venciere no sufrirá la segunda muerte ». Ellos  tendrán parte en la primera  resurrección, y vivirán con Cristo. ¡Pueda esta dicha ser también la nuestra!

 

Los mártires de  Cartago alrededor del año 202.

 

El cruel gobernador de Lyon del cual acabamos de hablar había venido a ser  emperador bajo el nombre de  Séptimo Severo. En los primeros  años de su reino, los cristianos habían gozado de una tranquilidad relativa; pero  a su retorno de oriente donde él había hecho una guerra victoriosa, él promulgó un edicto  prohibiendo que  ninguno de sus súbditos abrazase  el judaísmo o el cristianismo. La causa de esta nueva persecución fue, sin duda,  el rechazo de los cristianos  a tomar parte  en las fiestas  públicas que acogían al victorioso emperador, las que  siempre estaban acompañadas de  ceremonias paganas.  Los cristianos  de este modo ponían en practica la palabra del apóstol: « es necesario obedecer a Dios ante que a los hombres » (Hech. 5:29)

 

La persecución estalló en Egipto y en la provincia de  África donde el cristianismo  había echado profundas raíces. La gracia de  Dios se mostraba de una  manera  maravillosa  en la paciencia y valentía que ella daba a los santos mártires  en sus  sufrimientos.

 

Entre ellos se encontraban, en Cartago, dos mujeres, Perpetua y Felicite, y tres jóvenes. Ellos aun eran catecúmenos, es decir, unos que recién se habían unido a los cristianos,  ellos aun no habían sido bautizados, ni tomaban parte en la cena. Felicite era una esclava pobre que,  en la misma prisión, vino a ser madre. Perpetua  era una joven distinguida por nacimiento,  educación y fortuna. Ella tenía alrededor de  22 años, recientemente había perdido a su marido, y era madre de un niño que ella alimentaba, Su madre y sus dos hermanos eran cristianos; su padre, el único de la familia, había permanecido ligado al paganismo. Él amaba apasionadamente a su hija, y para él era un inmenso dolor  verla ligada a esta religión despreciada, y ser un sujeto de vergüenza  para él y  el nombre ilustre que llevaba.  De un corazón tierno, la más grande prueba para Perpetua venía de  su afección por su padre y su hijo. No se trataba de la muerte  bajo su forma más terrible lo que ella debía afrontar, sino que también le era necesario vencer los lazos naturales más poderosos. Ella había comprendido esta palabra: « el que ama padre y madre más que a Mi, no es digno de Mi; y aquel que ama hijo o hija más que a Mi, no es digno de  Mi » (Mt. 10:37), y ella amaba a Jesús más que todo: por amor a Él, ella fue hecha capaz de renunciar a todo.

 

Perpetua ha dejado, escrito por ella misma, un relato simple y tocante de su aprisionamiento  y juicio. Citaremos algunas  partes.

 

« Cuando fuimos entregados en manos de  nuestros perseguidores », dice ella, « mi padre, en su tierna afección por mi, vino a verme y se esforzó por alejarme de la  fe. »

 

_ Mi padre, le dije, ¿ves este pequeño vaso?

 

_Si, dijo él, lo veo.

 

_Entonces le  dije: « ¿puedo llamarlo de otra manera de lo que realmente es? » Él respondió, « No »

 

_No puedo, continué, llamarme de otra manera de la que verdaderamente soy, es decir, una  cristiana.

 

Mi padre me miró como si quisiera  arrancarme los ojos; pero solamente me llenó de palabras duras, después se alejó. Entonces  estuve muchos días sin verlo, pero fui hecha capaz de  dar gracias a Dios, y su ausencia fue dulce para mi corazón ».

 

Algunos días  después, los jóvenes cristianos tuvieron el gran gozo de  recibir  el bautismo  y participar en la cena, porque, aunque bien guardados, aun no tenían calabozos cerrados. Este  día pronto llegó, y Perpetua  escribe:

 

« Al termino de  unos días, fuimos arrojados en prisión. Yo fui llena de  terror, porque jamás antes  había estado en una oscuridad tan completa. ¡Qué terrible día! El calor excesivo a causa del gran número de prisioneros, la brutalidad de los soldados, y la inquietud que probaba a causa de mi hijo, me agobiaban. Pero dos de nuestros diáconos obtuvieron a precio de plata que fuésemos transferidas algunas  horas  por día a una mejor parte en la prisión, lejos de otros cautivos. Cada uno retomó su  ocupación habitual, pero yo me sentaba y veía a mi hijo casi muerto de hambre. En mi ansiedad, yo hablaba a mi madre para consolarla y le encomendaba al niño a mi  hermano. Me afligía al verlos apenados por mi causa, y sufrí muchos días. Pero el niño se acostumbró a estar conmigo en la prisión, y enseguida la fuerza volvió a mí, fui libertada de toda inquietud por mi hijo,  y la prisión vino a ser para mí como un palacio. En verdad, era más dichosa  como no lo habría podido ser  en ninguna otra  parte ».

 

Después de  haber  relatado un sueño que  ella tuvo y que consideró como una señal que ella y su hermano, aprisionado también, sufrirían pronto el  martirio, Perpetua continua:

 

« Después de algunos  días, se esparció el rumor que íbamos a ser interrogados. Mi padre llegó de la ciudad, su figura estaba devastada por la tristeza, y aun trataba de  quebrantarme. Él me dijo: « ¡hija mía, ten piedad de mis cabellos blancos; ten piedad de tu padre, si todavía me consideras digno de  este nombre! ¿No te he  educado? ¿No has sido tú la más querida de mis hijos? No me  expongas de este modo al desprecio de los hombres. Piensa  en tu hermano, en tu madre, en tu tía; piensa  en tu hijo, en tu hijo que no puede vivir, si tú mueres. Renuncia a tu orgullo; no nos sumerjas  en la ruina » De este modo hablaba mi padre, me besaba las manos y se arrojaba a mis pies, y en medio de sus lágrimas, no  me llamaba  su hija,  sino su « dama ». Y yo estaba afligida a causa de los  cabellos blancos  de mi padre, y de que  él fuese el único de mi familia que no se regocijara en mi martirio: yo me esforzaba por consolarlo, diciéndole: « lo que sucederá  cuando  esté ante el tribunal, depende de la voluntad de Dios, porque nosotros no subsistimos por nuestra propia fuerza, sino únicamente por el poder de Dios » Y él se alejó gimiendo.

 

Otro día,  mientras comíamos, fuimos súbitamente  llamados a comparecer. Una multitud inmensa rodeaba el tribunal. Y llegó mi turno, y enseguida apareció mi padre trayendo a mi hijo. Y él me decía en tono suplicante: « ten piedad de mi y de tu hijo ». Y el procurador Hilarianus dijo, « libra los cabellos blancos de tu padre; libra a tu pequeño hijo; sacrifica a los dioses  por la prosperidad del emperador », Y yo respondí, « yo no quiero sacrificar »:_ « ¿eres tú cristiana? » dijo Hilarianus. Yo respondí: « yo soy cristiana ».  Y como mi padre aun estaba cerca de mí tratando de alejarme de mi fe, Hilarianus ordenó que él fuese  arrojado a tierra y golpeado con varas. Y yo estaba afligida por lo que sucedería a mi padre, y sufría más, a causa de  su avanzada edad, como si yo misma  hubiese  recibido los golpes. Hilarianus pronuncio la sentencia, y fuimos  todos  condenados  a las bestias feroces,  y volvimos a la prisión llenos de  gozo »

 

Perpetua había sido hecha capaz, por la gracia toda poderosa de Dios, elevarse aun sobre los sentimientos maternales. No se me permitió ver más a mi hijo, pero ella pudo confiarlo a los cuidados de su madre y hermano. En cuanto a ella, tenía los ojos fijos sobre « Jesús, el Autor y Consumador de la fe », el testigo fiel, que « puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Heb. 12 :2 ; Ap 1:5).Los mártires también, siguiendo a su jefe divino, despreciaron los sufrimientos y la vergüenza, esperando la gloria.

 

Perpetua y sus compañeros  fueron reservados  para ser expuestos a las bestias, para entretención del pueblo, en las fiestas celebradas en el aniversario del hijo del emperador. Antes de este momento, uno de ellos murió en la prisión. Los otros se regocijaban de haber sido juzgados dignos de sufrir por el nombre de Jesús (Hech. 5:41). Su paz, paciencia y constancia actuaron de  tal forma sobre el corazón de su carcelero Pudas, que él fue ganado para el Salvador. Él permitió a los confesores del nombre de Cristo recibir visitas de algunos de sus hermanos, lo que consoló mucho a los prisioneros.

 

El corazón de  Perpetua fue sometido nuevamente a una dolorosa prueba. « El día de los juegos se acercaba », dice ella, « y mi padre entró agobiado de  dolor. Y él comenzó a arrancarse la  barba, a arrojarse  rostro en tierra, y a desear  que la muerte lo tomase, y a decir algunas palabras  que habrían conmovido el corazón más duro, y yo estaba extremadamente afligida por el dolor que  aquejaba a su vejez » pero la fiel sierva de  Cristo, aunque teniendo el corazón quebrantado, salió victoriosa de esta última lucha.

 

La esclava Felicite también mostró la firmeza de su fe. Cuando ella estaba a punto de traer a su hijo al mundo, y sufría y se lamentaba mucho, uno de los empleados de la prisión le dijo: « ¿qué será entonces cuando seas expuesta a las bestias feroces? » Felicite respondió: « Yo soporto ahora mis propios sufrimientos, pero entonces otro estará conmigo que sufrirá por mi, porque yo sufriré por  amor de Él »

 

El fin triunfante de los mártires de  acercaba. Cuando el día llegó, ellos  llevaban sobre sus rostro la expresión de un gozo celestial y de una paz inquebrantable, dice aquel que  continúa el relato de Perpetua. Ellos rehusaron vestirse con las ropas escarlatas de los  sacerdotes de  Saturno, las mujeres,  dijeron, « damos nuestra vida, porque no queremos tener ninguna parte con estas costumbres profanas. Dejadnos nuestra libertad ». Después de besarse fraternalmente y alentarse los unos a los otros, con la firme  esperanza  de  reencontrarse pronto cerca del Señor, ellos avanzaron hacia el lugar de su suplicio. Todos alabando a dios en voz alta, Perpetua cantaba un salmo.

 

Los hombres fueron entregados a los leones, a los tigres y leopardos, y las mujeres a una vaca furiosa. Después que Perpetua hubo soportado sus ataques, se levantó moribunda, y olvidando sus propios sufrimientos,  y fue a ayudar y estimular a  Felicite que se movía en la arena  mortalmente herida. Sus últimas  palabras fueron para exhortar a su hermano a perseverar en la fe.  El pueblo pedía que los mártires fuesen entregados a los gladiadores, para tener el placer  de verlos morir. Perpetua, cayó en manos de un gladiador que la hirió sin matarla, ella misma guió la mano de su asesino hacia su pecho. De este modo todos durmieron en Jesús.

 

Ellos « han vencido por la sangre del Cordero...Y no han amado sus propias vidas, hasta la misma muerte ». Los perseguidores querían destruir el nombre de Cristo, pero mientras más los perseguían, más se multiplicaban los cristianos. La sangre de los  mártires  era la semilla de la iglesia.

 

Alivio en las persecuciones

 

Después de la muerte de Séptimo Severe, bajo el reino del cual los cristianos habían sido cruelmente perseguidos, la iglesia gozó de una relativa tranquilidad hasta la llegada de  Decius, en el año 249. Esta paz no fue turbada más que durante el corto reino de Máximo, del cual diremos unas pocas palabras. Durante un periodo de más o menos cuarenta años, diez emperadores  se sucedieron sobre el trono de Roma, y puede haber sido gracias a estos cambios incesantes en el imperio, que los cristianos, por la bondad de Dios, no fueron perseguidos.

 

De los emperadores el que reinó más largo tiempo fue Alejandro Severe. Él no tenía dieciséis años cuando obtuvo el poder, y lo mantuvo por trece años. Su madre Mammee, que  siempre tuvo una gran influencia sobre él, amaba a los cristianos. Ella se encontraba en Antioquia, y había hecho venir cerca de ella al célebre maestro Orígenes, para ser instruida por él en las verdades de la fe. Pero aunque un historiador la llama una mujer  distinguida  por su piedad y temor de Dios,  nada prueba que ella  ha sido convertida.  Aun así  fue sin duda gracias a ella que Alejandro se mostró constantemente favorable a los cristianos, y muchos de ellos se encontraban entre los oficiales de su casa.

 

Alejandro era naturalmente de  un carácter  religioso y veneraba de igual modo todas las formas de culto; es de este modo que él dio también un lugar al cristianismo, Se dice que él había tenido el pensamiento de levantar un templo para  Cristo, y de poner  allí un número de  dioses reconocidos.  Superando esto, él tenía su imagen y la de Abraham en su capilla domestica, en medio de las  estatuas que representaban a los dioses del paganismo y benefactores de la humanidad.  Él admitía y citaba frecuentemente las palabras del Señor. « Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, así haced  con ellos » (Lc. 6:31). Él las hizo escribir en grandes letras sobre los muros de su palacio y de otros edificios públicos. Todo esto no hacía de Alejandro Severe un cristiano, pero Dios daba, por medio de él, alivio a la iglesia  perseguida. Desgraciadamente estos tiempos de  calma fueron para los cristianos  una época de  decadencia en  la piedad.

 

Durante el reino de Alejandro Severe, la situación del cristianismo frente al mundo sufrió un gran cambio. Fue en esta época que los cristianos comenzaron a edificar edificios  públicos  para reunirse, y el  emperador los favoreció en esto.  Hasta entonces, para gran asombro de los paganos, ellos no tenían templos ni altares. Mientras que los mismos judíos tenían por todas partes  sus sinagogas públicas, los lugares  donde los cristianos  se reunían no tenían  ningún sello distintivo.  Como leemos en los Hechos y las  Epístolas, y como sabemos que esto tuvo lugar por un largo tiempo después,  ellos se  reunían en casas particulares (Hech. 12 :12 ; 19 :9 ; 20 :7-8 ; Rom.16 :23 ; 1 Cor. 16 :19 ; Col. 4 :15 ; Fil. 2).En Roma, frecuentemente esto tuvo lugar en las  catacumbas, el lugar de reposo de sus muertos.  En los tiempos de persecución, ellos de este modo podían  escapar rápidamente de sus enemigos, pero al mismo tiempo estas reuniones secretas  dieron lugar a  muchas acusaciones. Los paganos que no podían imaginarse un culto sin templo o edificio sagrado,  estaban dispuestos a pensar que estas reuniones misteriosas ocultaban actos  vergonzosos y culpables.

 

Ahora los cristianos podían reunirse abierta y públicamente en edificios expuestos a los ojos de todos. Parece,  por un tiempo,  que el cristianismo había venido a ser  una de las numerosas religiones  toleradas. Pero todo, realidad no dependía más que de la  buena voluntad del emperador; los severos edictos de los emperadores anteriores de ninguna manera habían sido abrogados; el peligro estaba siempre allí.  Los cristianos probaron esto a la muerte de  Alejandro Severe. Este joven emperador, de solamente  29 años,  que quería restablecer la disciplina en sus legiones, fue asesinado en su tienda por los  soldados  rebeldes bajo la instigación de Máximo.

 

Este último, escogido por los soldados para  suceder a Alejandro como emperador, era de una talla y vigor colosales. Él se había levantado  por medio de su coraje a los más altos grados militares, pero era de una crueldad  excesiva.  Él hizo morir a todos los  amigos de  Alejandro. Entre ellos, se encontraban muchos obispos cristianos, no tanto como cristianos que habían gozado del favor del anterior emperador. Y es una cosa triste  mencionar, que los conductores de las iglesias hubiesen poco a poco adquirido una posición terrenal que no estaba en armonía con su vocación como siervos de  Cristo.  No es necesario asombrarse de que  la mano de Dios se haya hecho sentir sobre ellos.

 

Pero Máximo no se limitó a perseguir a los obispos. Todas las clases de cristianos probaron  los efectos de su crueldad. El pueblo arrastrado por su ejemplo,  herido también  por los desastres que causaron en diversos lugares  grandes terremotos  que atribuyeron a la ira de los dioses, hizo renacer  su odio contra los cristianos. Su furor no conoció límites. Los edificios nuevamente levantados para el culto fueron quemados, y aquellos que profesaban la fe fueron cruelmente perseguidos.

 

El reino de Máximo fue  dichosamente de corta duración. Su crueldad y libertinaje  levantaron contra él a soldados que lo masacraron. Después de él, durante un agitado periodo de  doce años, durante el cual se sucedieron  cuatro o cinco emperadores, la iglesia gozó de tranquilidad. Antes de  hablar de  la terrible persecución general que siguió a  este tiempo de paz, diremos algunas  palabras  del bajo estado  espiritual al cual habían caído los cristianos, y que, decían algunos_ algunos escritores de  este tiempo, había hecho necesaria la persecución.

 

Satanás es presentado en la palabra de  Dios bajo la figura de « león rugiente buscando a quien devorar » (1 Ped. 5:8). Así se muestra en los tiempos de persecución, como era el caso cuando Pedro escribía su primera epístola (4:12; 5:9). Pero él también se nos presenta bajo la imagen de una  serpiente  sutil y astuta, tratando de  seducir a las almas por medio de toda clase de artificios y alejarlos de  Cristo (2 Cor. 11:3; Apoc. 12:9). Es de este modo que él actúa en épocas de  paz y tranquilidad de la iglesia, y bajo esta forma,  él es mucho más peligroso que cuando desencadena su ira  de una manera violenta. Tenemos entonces,  que estar particularmente en guardia contra él.

 

Es por medio de los atractivos del mundo, por las diversas codicias de la carne, y de los ojos,  por el amor a las comodidades y riquezas de la vida, por la búsqueda de honores y de una posición en el mundo,  que el diablo trata de  actuar sobre los cristianos. Aquellos de esos tiempos, como lamentablemente, aquellos de los nuestros, cayeron en la mundanalidad. Los hombres habían venido a ser afeminados y buscaban sus comodidades; las mujeres  habían dejado de mostrar en sus vestiduras  la modestia y la simplicidad recomendada por el apóstol (1 Ped.3:1-6); el clérigo era ambicioso y ávido por los honores  y el dinero.

 

Lo que  explica la mundanalidad creciente de los cristianos, es que, para un gran  número, la  fe no era más, como en los primeros tiempos, una convicción inquebrantable, resultado de la obra de Dios en el alma, sino una  creencia inculcada  en el espíritu por una educación cristiana. ¿No es  esto  lo que  encontramos  también generalmente  esparcido en nuestros días?  No había entonces  un gran número de ellos que llevaban el nombre de  cristianos, la vida, la savia fortificante, sino solamente una forma de piedad (2 Tim. 3:5). Orígenes, en oriente, y Cipriano, en occidente, son unánimes en deplorar en sus escritos el espíritu de  mundanalidad que se había  deslizado dentro de la iglesia; el lujo, la ambición y orgullo del clérigo,  como también la vida  frívola y profana de los cristianos  comunes.

 

Persecución bajo Valeriano - Martirio de Cipriano

 

Después de la muerte Decius, y hubo para la iglesia  algunos cortos años de alivio; pero al fin del reino de  Valeriano, en el año 257, la persecución volvió con violencia. Por medio de  un primer edicto, el emperador prohibía a los  cristianos reunirse ; un segundo edicto condenó a trabajos forzados en las minas a aquellos que no obedecían; y un tercer  edicto ordenó que todos los obispos, sacerdotes ( o ancianos) y diáconos fuesen muertos.

 

Es en esta persecución que el obispo de Roma, Esteban y su sucesor Sixto sufrieron el martirio. Cuando se  conducía a  este último al suplicio, su fiel discípulo, el diacono Laurent, le seguía diciendo: « ¿Dónde vas padre, sin tu hijo? »_ « tú me seguirás en pocos  días », respondió el obispo. Poco después de su muerte, el prefecto de Roma lo hizo detener y llevar delante a  Laurent, al cual ordenó quitarle las  inmensas riquezas que  tenía, diciendo, los cristianos de Roma. Laurent le pidió un poco de  tiempo  para poner  todo en orden. El magistrado le concedió tres días, al termino de los cuales  Laurent lo invitó a venir a ver las riquezas de la iglesia, un grana trío, decía él, lleno de vasos de oro.  El prefecto acudió, y Laurent lo introdujo al atrio lleno de  pobres: « he  aquí los tesoros que le he prometido », dijo él, « he aquí las piedras preciosas que agrego, nuestras vírgenes y viudas, la corona de la iglesia ».  El prefecto  irritado  ordenó que Laurent fuese  despojado de sus vestimentas, después atado sobre un poste y quemado a fuego lento.  El mártir,  casi al expirar, levantó los ojos al cielo, y clamó por la conversión de los  habitantes de  Roma, y  entregó su espíritu al Señor.

 

En  también en esta  persecución en Cesárea,  en Capadocia, un niño cristiano, llamado Cirilo, sostenido por el Señor, mostró una valentía extraordinaria. Perseguido por sus camaradas, cazado por sus parientes, fue conducido ante el tribunal, él permaneció firme, a pesar de todas las solicitudes y las promesas del juez, « yo he sido expulsado de la casa de mis padres », respondió el niño, « pero tengo una más hermosa morada, y no temo la muerte que me introducirá en una mejor vida ». El juez lo hizo conducir al lugar de tormento, esperando que al ver el fuego cedería en su resolución. Pero fue en vano, y el joven mártir sufrió el suplicio.

 

De este modo la poderosa gracia del Señor, en estos tiempos de sufrimientos, sostenía a Sus fieles  testigos y les hacía  despreciar las crueles tribulaciones  del tiempo presente por  amor de  Jesús, y en vista a la futura gloria eterna que les esperaba (Rom. 8:18; 2 Cor. 4:16-17)

 

Solo la  fuerza  del Señor es la que podía hacerlos capaces de  permanecer  firmes, y esta fuerza  Él la daba  solamente  a aquellos que andaban en humildad.  El ejemplo siguiente es, con relación a  esto, es bien sorprendente. Se relata  que en esta misma época de persecución vivían dos amigos, Nicéforo trataba de  reconciliarse con su amigo, pero todos sus esfuerzos habían sido vanos: Saprice persistió en su resentimiento. La persecución de Valeriano los alcanzó y Saprice fue conducido ante el gobernador le ordenó sacrificar a los dioses. Ante su negación, el magistrado lo hizo conducir al  suplicio. Nicéforo sabiéndolo corrió y acompañó a su antiguo amigo hacia el lugar de ejecución, suplicándole que le perdonara sus males.  Todo fue inútil, Saprice se negó obstinadamente el perdón pedido.  Pero entonces uno puede ver que Dios no podía estar con un corazón  duro y que  desobedecía la exhortación: « perdonándoos los unos a los otros, si alguno tiene queja contra el otro; como también Cristo os ha perdonado,  así haced vosotros también » (Col. 3:13). Saprice, en un momento, como abandonado por Dios, perdió valentía y pidió sacrificar. Nicéforo, asombrado, lo exhortó a permanecer  firme, pero en vano.  Después él declaró a aquellos  que conducían a Saprice que él, Nicéforo, creía en el Jesús que  su amigo acababa de  renegar, Conducido al gobernador, aquel ordenó que el fiel testigo de  Cristo fuese  ejecutado.

 

Pero el más célebre de los mártires que perdieron su vida durante la persecución de  Valeriano, fue Cipriano, obispo de  Cartago. Nacido en esta ciudad el año 200, de una familia  distinguida, y él era rico y se hacía notar por sus talentos. Como profesor de elocuencia, su fama se había extendido lejos. Al mismo tiempo, él amaba los placeres, los  espectáculos, los juegos y los festines, y se  asombraba  de la vida austera que llevaban los  verdaderos cristianos. No fue sino a la edad de 46 años, que él fue convertido al Señor por medio de un fiel ministro de  Jesucristo llamado Cecilius. Desde  ese momento, él no quiso vivir más que para Aquel que lo había amado.  Él vendió todos sus bienes para distribuirlos a los pobres, y lleno del fuego de la juventud aunque ya de una edad madura, él se  consagró completamente  al servicio de su Maestro divino, y pronto fue conocido por su celo y la seriedad de su vida como cristiano.  El estudio de los libros  santos vino a ser  su constante y más  apreciada ocupación,  y esto lo continuó hasta el fin de su vida.

 

Dos años  antes de su conversión, el voto general de los cristianos de Cartago lo llamó a ocupar el cargo de obispo o anciano. Con el sentimiento, de la grandeza de la tarea a llenar, él había querido rechazarla, pero las incesantes presiones de todo el pueblo lo hicieron ceder, y durante diez años que fluyeron hasta su muerte, él se mostró completamente  consagrado a su obra. Animado por  un ardiente amor  por el Señor y por  las almas, él  llenó los deberes  de su cargo con la más grande fidelidad. Este era un tiempo de grandes dificultades provenían ya sea del estado de relajamiento en el cual habían caído los cristianos, sea de persecuciones que ellos habían debido sufrió, y finalmente de las pretensiones  que comenzaba a levantar el obispo de  Roma. Cipriano  hizo prueba a la vez  de firmeza y dulzura.  El sabía  estimular  y sostener a los  débiles, pero resistía  firmemente el mal que tendía siempre a introducirse  en la iglesia. El se oponía  en particular a la ligereza con la cual se recibía a los nuevos convertidos a la cena, y a la facilidad con la cual se admitía de nuevo a la comunión  de la iglesia  a aquellos que  habían cedido a la persecución, sea sacrificando a los dioses, o comprando certificados que certificaban que habían sacrificado. El resistió enérgicamente al obispo de Roma que demandaba la supremacía sobre los otros obispos, y que  a veces se titulaba obispo de obispos. A pesar de la oposición que encontraron estas  pretensiones, éstas se  afirmaron más y más, y de este  modo ha tenido lugar el nacimiento del papado.

 

Cipriano se mostró también firme en la persecución. Cuando estalló aquella de Decius, él fue uno de los primeros  designados por el odio de los paganos de Cartago, que  no habían olvidado su  cambio de  religión y que su celo irritaba. « Cipriano a los leones », era el grito que resonaba en el teatro donde el pueblo pagano de Cartago se congregaba.  Cediendo a los consejos de los fieles, Cipriano se apartó durante dos años que duró la persecución, pero sin dejar de dar a su rebaño, desde el lugar de su escondite, todos los cuidados que  él podía.

 

Después de la muerte de  Decius, él volvió a Cartago, y retomó su ministerio activo. Él tuvo la oportunidad de ejercer de una manera particular  durante una peste  terrible que estalló en esta ciudad. Todos, cogidos de terror, huyeron abandonando aun a sus familiares. Cipriano reunió a los miembros de su rebaño, y les recordó su deber  de todo discípulo de Cristo se entregarse a obras de misericordia, no solamente hacia sus hermanos en la fe, sino también hacia sus enemigos. Estas exhortaciones fueron apremiantes  de manera que los fieles, animados con el mismo espíritu que él,  se repartieron los deberes  de  cuidar a los enfermos,  no haciendo ninguna distinción entre cristianos y paganos, y mostrando de  este modo a  estos últimos la realización de la palabra del Señor : « amad a vuestros enemigos ».

 

Cuando  esta  estalló de nuevo, en el año 257, bajo el emperador  Valeriano, Cipriano fue llevado ante el procónsul de África, Paternus. Ante su negación a sacrificar a los dioses, él fue  exilado a Curubos, ciudad situada a un día  de marcha de  Cartago. Él permaneció allí once meses. Al término de  estos tiempos,  Paternus fue reemplazado por  Galerio-Máximo. Este lo hizo detener en su morada y ordenó que lo llevasen  a Cartago. El piadoso obispo no disimuló que su fin había llegado.  Y con un corazón apacible y rostro sereno, se puso en camino bajo la conducta de oficiales y soldados enviados para apresarlo.  Una indisposición del  procónsul  impidió que él compareciese  el mismo día que él había llegado.  El ruido por la detención del obispo bien amado  se  esparció por todas  partes  con la rapidez de un relámpago. Casi todos los fieles  pasaron la noche alrededor de la  casa donde  Cipriano había sido encerrado.  Por la mañana, bajo una fuerte  escolta y rodeado por una considerable multitud, él fue conducido delante del procónsul. « ¿Eres tú Cipriano, obispos de  tantos hombres  impíos? » le preguntó el magistrado_ « yo soy », respondió Cipriano._ « El emperador ordena que tú sacrifiques a nuestros dioses »._ « no puedo hacerlo, soy un cristiano »._ reflexiona seriamente en lo que  haces; de esto depende  tu vida », dijo el procónsul._ « Ejecuta las ordenes  que has recibido », respondió tranquilamente Cipriano. « La cosa no demanda otras reflexiones. Es a mi Dios  a quien debo obedecer. »

 

El procónsul consultó un momento con aquellos que lo rodeaban, y después dio esta sentencia: « ordenamos que Thacius Cipriano, que ha  despreciado a los dioses  y las ordenes del piadoso emperador, le sea cortada su cabeza »._ « Dios sea alabado, que me va a libertar de este cuerpo de muerte », clamó Cipriano en alta voz._ « muramos con él », dijeron los hermanos que  estaban presentes. Cipriano enseguida fue entregado a sus guardas, conducido a un  campo vecino y  decapitado.

 

Cosa notable,  Galerio-Máximo murió unos años después  de aquel que había condenado a muerte. Y dos años más tarde, la persecución habiendo durado tres años con extrema violencia, el ejército romano fue casi completamente destruida por los persas. Valerio, hecho prisionero por  Sapor, el rey de  Persia,  fue tratado de la manera más ignominiosa  por  éste último que se  servía de él  como un estrado de pies para subir a su caballo. Después de muchos años de sufrimientos, él murió bajo el peso de dolores  y malos  tratamientos que él ha sufrido.

 

Este es el triste fin de muchos de los perseguidores de los cristianos tocó a muchos  espíritus. Se comenzaba a pensar que los enemigos del Cristianismo eran también aquellos del cielo. Durante los 40 años que siguieron, la iglesia gozó de tranquilidad  exterior, pero este fue un tiempo de  gran declinamiento en la vida  y la piedad.  Entonces el Señor les dio una última y grande  advertencia  por medio de la  persecución que tuvo lugar bajo el emperador Diocleciano.

 

La última gran persecución bajo Diocleciano

 

Después de la sangrienta persecución que tuvo lugar bajo Valeriano, la iglesia, como lo hemos dicho,  había gozado de un largo periodo de  reposo. Al fin de este periodo, grandes  cambios  habían tenido lugar en el gobierno del vasto imperio romano.  Diocleciano, el emperador de entonces,  que había comenzado a reinar  en el año 284 se  había asociado a su amigo Máximo para gobernar el imperio.  Aquel debía  gobernar occidente  y Diocleciano el oriente. Más aún,  cada emperador había agregado, bajo el nombre de  « cesar », un lugarteniente que  debía sucederlo. El « cesar » de occidente se llamaba Constance, y el de oriente Galerio.

 

Durante el largo período de paz que  había atravesado la iglesia, ella había alcanzado un grado de prosperidad exterior que nadie podría haber presagiado. En todas las  clases de la sociedad, los cristianos eran numerosos. Ellos ocupaban  altos cargos en el estado, en el ejército, y también en las cortes de  Diocleciano.  Hasta la emperatriz y su hija Valeria, se decía, que eran cristianas. En la mayor parte de las villas, ellos habían construidos edificios donde se reunían para el culto. En Nicodemia donde  vivía el emperador, frente a su mismo  palacio,  se levantaba un templo cristiano.

 

Pero si la iglesia  había prosperado exteriormente, interiormente  se  había alejado de la pureza y simplicidad del evangelio. Las persecuciones que ella había sufrido, no la habían detenido en el camino del declinamiento, ella no había prestado oídos a las advertencia del Señor que le había dicho: « recuerda de dónde  has  caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras » (Apoc.2 :5).En las iglesias, se comenzaban a ver  ricos adornos, vasos de oro y plata, y ceremonias asemejadas al culto judaico se introducían que tendían a reemplazar la adoración en  espíritu y verdad (Jn.4 :2324).Las grandes verdades enseñadas por los apóstoles  relacionadas  al nuevo nacimiento y la justificación del pecador por la fe, eran olvidadas  o no se comprendía más.  La regeneración por el agua del bautismo (1 Ped. 3 :21) y la justificación por las obras eran puestas en lugar de estas   verdades  fundamentales, y  el evangelio era pervertido (Gál.1 :7 ; 2 :16).La filosofía, es  decir, los razonamientos  de la sabiduría humana, se  habían introducido en los  maestros de la iglesia,  y las   Escrituras no eran más recibidas en su simplicidad (Col.2 :8).También toda clase de errores se enseñaban, aún por los  doctores más distinguidos, por ejemplo, por el célebre Orígenes. Las  exhortaciones  de los pastores del rebaño, en lugar de  presentar a  Cristo y Su gracia,  no eran más que  discursos de  moral y  filosofía, y la multitud de los cristianos era siempre  más y más atraído por el mundo. El clérigo se había constituido como una clase a parte, de manera que la  presencia y acción del  Espíritu Santo en la iglesia eran desconocidas u olvidadas. Los  obispos se  habían arrogado una autoridad cada vez  más grande (ver 1 Ped. 5 :1-4) ; su ambición y  luchas  causaban , en el seno de las comunidades, disputas y disensiones que frecuentemente producían escenas de  violencia (Gál. 5 :15).  La fe y el amor se  iban debilitando; el orgullo y la avaricia crecían. Este era el triste  estado interior de la iglesia. Entonces el Señor una vez  más  la vara para dar una última advertencia (Apoc. 3:19),  permitiendo a  Satanás librar un supremo ataque  contra la iglesia. Ninguna  persecución fue más violenta.

 

El emperador Diocleciano, aunque supersticioso, al comienzo  no tenía ningún odio contra el Cristianismo, Constance, en occidente, favorecía a los cristianos, pero Galerio, de  un carácter grosero y cruel, los odiaba, y este odio era mantenido y excitado por su madre., mujer supersticiosa, entregada a todas las practicas del paganismo y completamente bajo el poder de los sacerdotes y obispos.

 

Aquellos veían en la prosperidad creciente de los cristianos el presagio de su propia ruina; también su enemistad contra el Cristianismo y aquellos que lo profesaban venía a ser más y más grande, y ellos buscaban el medio de deshacerse de esta raza odiosa. Por otro lado, los filósofos y sabios de los cuales se había rodeado Diocleciano, no odiaban menos una religión cuya pureza los condenaba y cuyas doctrinas repugnaban a su razón. Ellos  también deseaban extirparla. A pesar de sus esfuerzos, junto con aquellos de los sacerdotes, para impulsar a Diocleciano contra los cristianos, ellos no tuvieron nada que sufrir durante los primeros 14 años del reinado del emperador. Después los  adversarios del Cristianismo se volvieron hacia Galerio, que ya había hecho alejar del ejército a todos aquellos que se negaban a sacrificar a los ídolos, y que había hecho morir a muchos de  ellos.

 

En el invierno del año 302 al 303, Galerio vino a Nicodemia, con el objeto de  presionar a  Diocleciano contra los cristianos. El viejo emperador no cedió inmediatamente. Los sacerdotes,  conociendo su espíritu supersticioso, se pusieron a trabajar, buscando,  en las entrañas de las víctimas,  presagios buenos o malos. Pero declaraban que no encontraban presagios. Nuevas víctimas fueron inmoladas; el resultado fue el mismo, y los  sacerdotes  dijeron al atemorizado emperador que esto se debía a los profanos que  estaban presentes. Ellos designaban de este modo a los  oficiales cristianos que acompañaban al emperador, y que,  durante los  sacrificios, hacían la señal de la cruz para librar su conciencia. Diocleciano irritado ordenó a todos sus oficiales  sacrificar,  bajo pena de ser azotados con vara y expulsados de su servicio. El mandó a los  jefes del  ejército actuar de la misma manera  con los cristianos  en sus legiones.

 

Pero esto no bastó a Galerio y su madre. Ellos presionaron al emperador para que extendiese la persecución a todos los  cristianos. Antes de conceder su deseo, Diocleciano quiso consultar a los dioses. Un mensajero fue entonces enviado con este objeto al oráculo de Apollon, en Mileto, El oráculo respondió_ y se pretendía que era dios mismo quien hablaba_ que los justos que estaban sobre la tierra, impedían que los  oráculos fuesen dados. ¿Quiénes eran estos justos? Los sacerdotes explicaron que eran los cristianos, y esto decidió a Diocleciano. ¡Cómo podemos ver en esto el poder  de mentira de  Satanás! De este modo comenzó la  décima y última persecución que duró diez años.

 

En febrero 24 del año 303, fue  dado el primer edicto contra los  cristianos. Este mandaba que todos aquellos que se negasen a  sacrificar le fuesen confiscados sus bienes y fuesen  expulsados de sus cargos y les fuesen quitados los derechos de ciudadanos ; que todos los esclavos que persistiesen en su fe, perderían toda  esperanza de  recuperar su libertad, y que los cristianos de toda condición podrían se sometidos a tortura. Todas las iglesias debían ser destruidas, las reuniones religiosas estaban prohibidas, y los libros santos debían ser entregados a los oficiales del emperador para ser quemados.

 

Esta tentativa para destruir las Escrituras donde los cristianos hacían descansar su fe, era de parte de Satanás un esfuerzo nuevo. Perola  Palabra de  Dios, bendito sea Él, no puede  ser  destruida (Jn.10:35; 1 Ped. 1:25). Satanás sabe bien, por haberla probado, que ésta es la espada del Espíritu (Mt. 4:1-10); Efes. 6:17)). Hacerla desparecer era arruinar el Cristianismo. Los  filósofos de la corte del emperador fueron en esto sin duda,  instrumentos del enemigo. Las Escrituras eran el arsenal donde los  cristianos sacaban sus armas contra ellos. El poder romano,  representado por la cuarta bestia, y que reaparecerá más terrible en el futuro, de este modo hacia la guerra contra los santos (Dn.7; Apoc. 13 :7; 17 :8).La iglesia en Nicodemia fue destruida  ante los ojos del emperador, y los libros santos que se  encontraron fueron quemados. En muchos otros lugares, las  iglesias fueron  también derribadas, y los cristianos que se  negaron a  entregar las  Escrituras fueron muertos.

 

Apenas el edicto fue promulgado en Nicodemia, un cristiano de  condición noble lo rompió. Uno puede comprender su indignación, pero no podemos aprobar su acción, porque es necesario estar sumisos a las autoridades, a pesar de su elevada  posición,  él fue condenado a muerte y quemado a fuego lento. Dios lo sostuvo en sus terribles sufrimientos, de manera que su firmeza al soportarlos sorprendió a sus torturadores.

 

Poco tiempo después, en dos ocasiones diferentes, fue puesto fuego al palacio  imperial. Si que haya habido alguna prueba, se acusó a los cristianos de ser los autores de  estas tentativas de  incendio. Galerio quería impulsar al emperador  a tomar medidas  aun más rigurosas, y declaró que dejaría Nicodemia donde, decía él, su vida estaba en peligro. Diocleciano creyó que en efecto los  cristianos eran los culpables. E irritado al más alto grado, dio las órdenes más severas. Numerosas personas fueron arrojadas en prisión y sometidas las torturas más crueles para hacerles confesar su crimen. Muchos fueron quemados, o decapitados. Galerio y su madre de este modo habían logrado su objetivo.

 

La persecución estalló contra todos los cristianos de cualquiera condición. Diocleciano obligó a la misma emperatriz Prisca y su hija Valeria a sacrificar a los ídolos, e hizo lo mismo con los oficiales de su corte. Muchos prefirieron el oprobio de Cristo a la gloria de este mundo. Ellos se negaron a obedecer y sufrieron en presencia del mismo emperador las torturas más crueles. De este modo uno de ellos tenía todo el cuerpo roto. En sus heridas vivas se derramó, para avivar sus sufrimientos, una mezcla de sal y vinagre, pero nada quebrantó la constancia del mártir. Él mantuvo firme la confesión del nombre de Cristo y se negó a  reconocer otros dioses. Entonces el emperador furioso ordenó que él fuese  quemado a fuego lento.

 

La ira de los perseguidores no fue satisfecha por suplicios aislados. Se hizo morir en masa a los confesores de Cristo.  Inmensas piras fueron levantadas  donde se les quemaba juntos y se les arrojaba al mar atados a grandes piedras. La persecución se  extendió a todo el imperio, salvo a las provincias de occidente donde gobernaba Constance. Él se contentó con demoler las  iglesias.

 

Poco después de la promulgación del primer edicto, un segundo fue dirigido contra los conductores el rebaño. Las prisiones se llenaron de obispos, presbíteros (o ancianos) y diáconos. Pronto después apareció un tercer  edicto, que prohibía relajarse a menos que ellos no estuviesen dispuestos a sacrificar a los dioses. Aquellos que se negaban eran declarados enemigos del  estado, debían ser sometidos a las torturas para obligarlos a renunciar al Cristianismo. Un gran número de hombres  eminentes, los más piadosos y respetables de la iglesia fueron torturados, puestos a muerte, o condenados a trabajos duros en las minas. El emperador se jactaba de que, privados de sus conductores, los cristianos cederían más fácilmente; pero fue obligado a  reconocer  que no había logrado su objetivo.

 

Impulsado por los sacerdotes y Galerio, él promulgó un cuarto edicto que sobrepasaba a los otros en rigor. Los magistrados recibieron la orden de emplear sin restricción y sin reserva, la  tortura y los suplicios para forzar a todos los cristianos, hombres, mujeres, y niños, a adorar a los dioses. ¡Ah! como del fondo del corazón debe haber subido el clamor: « ¿Hasta cuándo, oh Soberano? » (Apoc.6:10). Uno apenas puede creer en tanta crueldad de parte de los hombres. ¿Pero a qué no se puede entregar el corazón natural conducido por Satanás, que es  asesino desde el comienzo? Esta era la lucha suprema que el enemigo sostenía para  mantener la idolatría contra  Cristo.  El edicto habiendo sido promulgado, se proclamó en las calles de las  ciudades que todos, hombres, mujeres y niños, debían presentarse en los templos  para sacrificar a los dioses o recibir sentencia de muerte. En las puertas, se detenía a aquellos que entraban y salían, y se les sometía a un estricto examen para saber si eran cristianos. A la menor sospecha, uno era  aprisionado. Familias  enteras fueron degolladas después de haber soportado toda clase de sufrimientos. Se dejaba morir a los prisioneros de hambre, ellos eran quemados, crucificados, colgados por los pies,  y morían de una muerte lenta. A veces diez, veinte, sesenta y hasta  cien personas, eran muertos en un mismo lugar y siempre de la manera más cruel. Por todas partes los cristianos eran entregados sin defensa a todo el odio del pueblo. Ellos no tenían ningún recurso ante las autoridades, y enseguida uno puede  pensar en los  excesos a los cuales ellos fueron  expuestos. Sacrificar a los dioses era el único medio de  escapar a las  injusticias, sufrimientos  y muerte.

 

Durante algún tiempo los persecutores creyeron que habían triunfado. Se levantaron columnas  e hicieron medallas  en honor a Diocleciano y Galerio, como habiendo extirpado el Cristianismo y restaurado el culto de los dioses. Pero Aquel que reina en los cielos iba a extender Su mano contra los enemigos de Su nombre. Aquellos podían matar a los cristianos, derribar sus iglesias y quemar sus libros santos, pero no podían alcanzar la fuente viva del Cristianismo, El periodo de sufrimientos de los  cristianos había sido medido exactamente, y todo el poder de los emperadores no podía prolongarlo una sola hora.

 

La mano de Dios se hizo sentir de una manera terrible sobre los enemigos de la iglesia, En el octavo año de la persecución, Galerio, que había sido el instigador, fue herido con una  horrenda enfermedad. Como antiguamente Herodes (Hech. 12:23), el fue comido vivo por gusanos.  Se llamó a los médicos más hábiles, se consultó a los oráculos; pero todo fue en vano. Los  remedios no hacían más que acrecentar la intensidad del mal; el palacio estaba lleno de un pestilente olor exhalado por  los cuerpos en putrefacción, y aun los mismos amigos del emperador no podían soportar esto, y lo abandonaron. Herido en su cuerpo, entregado a los más horrendos sufrimientos, él pidió gracia. Él pidió a los cristianos que oraran por él, y promulgó un edicto donde les concedía el ejercicio libre y público de su religión. Unos días después,  él murió. Durante seis meses él edicto fue ejecutado. Cantidad de cristianos salieron de las prisiones  y minas, pero la mayor parte para llevar sobre el resto de sus vidas los sufrimientos  que habían soportado.

 

Máximo sucedió a  Galerio y continuó persiguiendo a los  cristianos con una crueldad aun más grande.  Él ordenó que todos los oficiales civiles y militares, todos los hombres libres o esclavos, y también los niños, sacrificasen y comiesen cosas  sacrificadas a los ídolos. Todos los alimentos que se vendían eran rociados con vino o agua consagrada para el servicio de los  dioses, para que de buena o mala gana, los cristianos participasen en alguna manera en el culto idolatra. La sangre de los  mártires volvió a ser derramada en todo el imperio, salvo en Gaules donde estaba Constance. Pero la mano de Dios  de nuevo se hizo sentir. La guerra, la peste y el hambre estallaron en todas las provincias de Asia. En todas partes  del imperio que eran regidas por Máximo vino una sequía que duró todo un año, y que provocó un hambre terrible. A esto siguió la peste; solo los  cristianos, animados por amor, hicieron frente a la enfermedad, y se pusieron a cuidar a los enfermos que se abandonaban, y a sepultar los muertos que se dejaba sin sepultura. Los paganos cogidos de temor, atribuyeron sus males a la ira del cielo, irritado a causa de las persecuciones ejecutadas contra los cristianos. Máximo, aterrorizado él mismo, detuvo la persecución.

 

De este modo termina el periodo representado por la iglesia de  Esmirna, la era sangrienta donde numerosos fieles fueron « decapitados por la palabra de Dios y el testimonio que ellos habían dado » (Apoc. 2 :8,11 ; 6 :9).Al mismo tiempo que el Señor mostraba en ellos Su poder al fortalecerlos en medio de  tantos sufrimientos, las persecuciones eran las advertencias dadas a la iglesia para reanimar su primer amor y salir de la trampa del mundo. ¿Escuchó ella la voz de su Cabeza? Su historia, ¡lamentablemente!  Nos enseña que no. Pero a pesar de todos los esfuerzos del enemigo, lo que Cristo ha fundado no puede  perecer. (Mt. 16:18)

 

Las Apologías del Cristianismo

 

Hemos hablado de la última gran batalla que Satanás y el paganismo libraron contra el cristianismo. Este último había  vencido por la constancia y firmeza de los mártires en los sufrimientos y la muerte. El nuevo emperador de occidente, Constantino, el hijo de Constanza, se declaró abiertamente por los cristianos. Esta fue para la iglesia el comienzo de una nueva era. Antes de ocuparnos de esto, daremos algunos  detalles sobre la época de las persecuciones.

 

Como lo hemos visto, desde el comienzo se presentaban contra los cristianos toda clase  de acusaciones. Se les presentaba como siendo enemigos del estado, como ateos sin religión y sin culto, como entregándose en secreto a las practicas más culpables. Estos eran los pretextos alegados para justificar las persecuciones. Los judíos y los paganos por  envidia atacaban a los  cristianos y la  verdad del evangelio. Si el cristiano no puede y no debe jamás usar de violencia  para  rechazar los ataques de los cuales es objeto, él debe estar siempre preparado « para responder, pero con dulzura y temor » a todo aquel que « le demande razón de  la esperanza » que está en él (1 Ped. 3:15)

 

El Señor dio a los cristianos valentía para levantar su voz para mostrar la falsedad de las  acusaciones.

 

 

 

 

A. Ladrierre