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Vida en el Hijo

John 5

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El tema principal en el Evangelio de Juan es la vida. “La Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.  La primera Epístola de Juan también nos dice lo mismo – “la palabra de vida”, y vida dada en expiación – pero el principal objeto es vida. Cristo dando vida en el terreno del perdón, y entonces viene el poder de la justicia. Abraham camino con Dios, en una maravillosa elevación de carácter; pero la plena cuestión de la justicia aún no había sido alzada: esta no fue traída a la luz, porque el camino al lugar santo aún no había sido echo conocido. Había una justicia que era poseída, aunque el que pecaba ineludiblemente era cortado. Pero no había entonces la presencia y poder del Espíritu que atestiguaba, y actuaba para, vida eterna, que pudiera conducir dentro del velo, y dar una nueva y cumplida justicia, en aquella en la cual tal como Dios es, se ha complacido y puede aceptar. Todo en aquel entonces estaba fuera del velo, pero ahora no puede estar fuera, porque el velo esta rasgado. No puedo ahora estar delante de Dios, en el terreno del pasado. Cuando el camino de justicia no era plenamente conocido esto era, “Camina delante de mí, y se tu perfecto”. El asunto completo del hombre no había sido tratado, ni había sido expuesto ni se comprendía su total incapacidad e impotencia. Pero ahora esto es algo completamente diferente, porque se conocido que el hombre no tiene poder para valerse del remedio que se podía proporcionar. Vida es dada a él, y justicia ha sido traída para él, y la gracia le da el poder de la fe, mediante la cual puede echar mano de esto. Este era la simiente prometida para Abraham-el verdadero Isaac a quien su fe podía echar mano. Para nosotros esto es cumplido y no es solo una promesa. La ley extendía la vida por la obediencia; pero esta no daba poder: de hecho, esto era justo lo que no tenía. “Si obedeciereis, entonces serás, etc. (Éxodo 19:5). Los Israelitas en su necedad tomaron sobre ellos mismos realizar aquello que había sido incondicionalmente prometido a los padres, e inmediatamente toman el becerro de oro. La ley es prominente en sus requerimientos, pero esta nunca pretendía dar fuerza; de modo que la necesidad misma hace que lo que la ley podía dar no fuera accesible. Esto es como el estanque de Betesda como ayuda para el hombre impotente. Si estoy buscando en esto conocer si yo he hecho lo que la ley demanda, encontrare no solo que no tengo poder para cumplir sus demandas, sino que el mismo vínculo está roto en aquello que podía haber tenido la menor esperanza de obtener ayuda a través de esto.  Mi corazón puede no tener consuelo hasta que yo veo que este es un poder que debe ser obtenido de alguna otra manera, porque yo no tengo fuera para guardar la ley, y en consecuencia no tengo esperanza de tener vida y justicia bajo tales principios. Y es justo cuando vengo a esto que aprendo que Cristo es el Único quien puede suplir mis necesidades, porque en El tengo ambos, el remedio y el poder para que yo pueda usar esto. Yo estoy tratando de resistir el mal, que no puede confortarme; pero tengo consuelo en el conocimiento de que Cristo tiene vida y justicia para mí. Poder para mi necesidad es hallado mirando a un objeto fuera de mí mismo. Si yo miro dentro de mí, solo veré aquello que me angustia, me deja perplejo, y me condena, pero si yo miro a Cristo puedo descansar y tener paz, porque Él es ambas cosas vida y justicia. Mientras más conozca de Cristo, más me juzgare a mí mismo, esto es verdad-el mayor deseo de tomar posesión de aquel por quien yo he sido poseído. (Filipenses 3:12). Pero como esto debe ser un conocimiento de la justicia de Dios, entonces esto no sería acerca del establecer una justicia propia, que siempre debe alzar la cuestión como si esta fuese mi terreno para estar delante de Dios. Cristo es todo lo que necesito, y el corazón que es verdadero a Él no mirara en sus propias obras de justicia, sino en El quien da tanto vida y justicia por igual. En mi mismo puedo ver solo pecado, y mal, y toda suerte de desórdenes. Ahora Dios requiere santidad. Me atrevo a mirar lo que yo soy y lo que no; pero en Cristo. “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. El Señor Jesucristo pasando a través de este mundo fue la expresión perfecta del amor y santidad. En Él estaba todo lo que la ley-no tenia, todo lo que Dios—podía demandar.

Ahora ¿Qué puedo decir de mí mismo? Pecados externos, en una grosera forma, no pueden perturbarme o desanimarme; pero hay otra cosa; ¿tengo comunión con Cristo? ¿Con la justicia de Dios? ¿Esta esto en mi constantemente, el inalterable amor de Dios, como la única fuente y motivo de todas mis acciones ante Él? Ustedes saben que no es así.  Si ¡por desgracia!, En sus variadas formas, tu objeto generalmente es demasiado común. ¿No lo es? Autosatisfacción, exaltación propia, egoísmo son siempre los principios de las acciones de los hombres como ellos son. Es su presente o futuro aquello con que él se ocupa. En el bendito Señor aquí hubo la total ausencia de todos estos egoísmos: esto fue una verdadera devoción de corazón, y afección, y servicio, sin la más mínima práctica de autosatisfacción. El creyente obtiene el beneficio de Su santo caminar y testimonio, y su propio egoísmo es vencida por la gracia vista en El. Lo que el hombre tanto codicia, estaba completamente ausente en El “No recibo honor de los hombres”. ¿Ahora cuál es el resorte, y estímulo, y motivo de casi todas las acciones? ¿Qué es esto que hace al hombre-tal vez tu-que te  esmeres en ser amable, y condescendiente, y agradable? ¿No es para que puedas “recibir honores de unos y otros”?   Y aun de tales la Palabra dice, “Yo conozco que no tenéis el amor de Dios en vosotros”. El hombre actúa de principio a fin en un continuo esfuerzo para engrandecerse a sí mismo, en vez morir uno mismo. No sirve de nada esforzarse por enmendarse y mejorarse, porque el yo debe morir. La muerte debe ser escrita sobre todas las acciones, y esfuerzos, y motivos del hombre, él debe aprender su completa impotencia, y la absoluta inutilidad de todo remedio; porque su propia necesidad lo priva del poder de usar el remedio. “No hay ningún hombre, cuando el agua es agitada, para meterme en el estanque”.

Debemos pasar mucho tiempo para aprender que no hay poder en el hombre-que el espíritu de su naturaleza y el gran principio de su corazón no son otra cosa más que pecado. Incluso cuando podamos considerar el pasado, y tengo que reconocer que hasta ahora todo ha sido malo, no renunciamos a la esperanza de ser mejores en el futuro, y así adquirimos una justicia de esta manera. Se trata de una cosa. Fallé en lo de ayer, pero puedo mejorar mañana.

No ha llegado esto aún, así que puedo aparecer delante de Dios hoy, malo como yo soy tal como yo soy, en todo mi egoísmo y pecaminosidad. Podemos ser lo suficientemente humildes también de alguna manera y decir, “Estoy en una mala situación; pero donde hay una cuestión de deuda,  siempre hay un tema para dejarlo para mañana”. Pero dejar esto para mañana no hará que mi posición sea mejor. No puede aparecer en la presencia de Dios sin santidad; mi conciencia debe ser echa limpia. ¿Dónde puedo mirar por ayuda? No deseare que la santidad de Dios pudiera ser disminuida; aunque no tenga poder en mí mismo para obtener esto. ¿Qué será de mí?

El Señor Jesucristo dijo al impotente hombre, que tenía una enfermedad por 38 años, “Levántate, toma tu lecho y camina”. Esto fue el poder de Dios, no de los hombres, y en el uso de este poder el hombre obtiene la bendición. La gracia de Dios pone la fuerza en él, e inmediatamente el hombre fue sanado.

Todo pende de Cristo. El da tanto la bendición como el poder para usar esto. El da vida. “El Hijo vivifica a quien él quiere”. Por Su propia palabra aprendemos la grandiosa verdad, que Él es nuestra vida: porque como nosotros participamos de la naturaleza y caída del primer Adán y llevamos la sentencia de muerte a través de él, también recibimos la vida por Jesucristo. La Vida vino abajo desde el cielo, y si yo estoy descansando en la fe en esto, esto es mío. Debe haber juicio propio, pero mi conciencia estará tranquila. He visto este poder de Cristo en la tierra. “Toma tu lecho y anda; e inmediatamente el hombre fue sanado”. No había necesidad del estanque- allí estaba la presencia de Cristo que da vida. Él tenía poder para sanar sin el agua. En Él estaba la gracia, poder, amor, simpatía, y todo lo que el pobre hombre podía requerir. La impotencia del hombre lo convirtió en el objeto mismo para que Cristo lo fortaleciera; su necesidad fue lo que llamó la ayuda del Señor.

Este es el lugar en el que Él nos encuentra. “Cuando nosotros éramos débiles, Cristo murió por nosotros”. (Rom 5:6). Él ha hecho la plena expiación por el pecado. El, “cuando purificó nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”. Nosotros somos “vivificados juntamente con él”. Cuando yo veo a Cristo delante de Dios, conozco que mi pecado ha sido puesto completamente a un lado, y que yo tengo vida en El, tengo vida en el Hijo, y no en la criatura. Mi pecado se ha ido, porque Cristo está arriba a la diestra de Dios, y El no llevo el pecado con El. Si busco la vida en mí mismo, debo desprenderme de Cristo. 

         Nunca es dicho que la vida eternal está en nosotros: la tenemos; pero está en Cristo; y el estándar es mantenido en mi alma por mirarlo a Él. (2 Cor. 3:18), Dios ha sido perfectamente glorificado al poner fuera los pecados; y yo tengo vida eterna, porque yo tengo al Hijo. Si no tengo al Hijo de Dios, aún estoy en mis pecados. Pero en el momento que veo a Cristo resucitado y en los cielos, no puedo sino conocer que mis pecados se han ido, y yo tengo vida y justicia, y Él es el estándar de ambos. “De cierto, de cierto, te digo, El que oye mi palabra y cree en El que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación [o más bien, juicio]; sino que ha pasado de muerte a vida”. Esta escrito que todos debemos estar delante del tribunal de Cristo. ¿Puede angustiarme este pensamiento? El “vivifica a quien él quiere”, ¿Piensas que El juzgará a aquello que Él ha dado vida? ¿Puede el juzgarse a Sí mismo? No, el pensamiento es monstruoso.  ¿Qué poder puede ser hallado para juzgarme? Gran confusión se alza en la mente por mezclar la resurrección de vida con la resurrección de juicio. Cristo ejecutará el juicio porque “Él es el Hijo del hombre”. Cada rodilla se doblará delante de Él. El será glorificado por cada criatura. ¿Juzgará lo que él ha glorificado? Nosotros apareceremos, seremos manifestados, delante del tribunal de Cristo, esto es verdad; pero esto será para recibir de Él, porque estaremos con Él en la gloria antes de llegar allí. Nosotros somos uno con Aquel que es el juez. Nosotros tendremos nuestros cuerpos glorificados entonces. “Este cuerpo mortal será vestido de inmortalidad”. El cuerpo vil será cambiado y transformado a la semejanza de Su glorioso cuerpo. Este tendrá lo que mi alma ya tiene. Cristo llevo con mis pecados, ¿Y Él juzgará lo que ha puesto fuera? “De cierto, de cierto, te digo, El que oye mi palabra, y cree en el que me envió, tiene vida eterna”: esto es el que se somete, “el que oye”, el que en sí mismo esta sin fuerza, muerto completamente así como la esperanza de ayuda de sí mismo. Si yo soy llevado a tal lugar delante de Dios para oír a Cristo y recibir de Él, entonces tengo vida eterna. “El que oye mi palabra…no vendrá a juicio, sino que ha pasado de muerte a vida”. Si mi alma se ha inclinado a Cristo- si yo lo he escuchado a El yo he aprendido de Él, reconociendo que estaba perdido-entonces tengo una porción en la vida que resuelve cada cuestión. “El que oye mi palabra”, etc. Esta es la forma en que he aprendido que yo estaba perdido, y es justamente como he venido – yo debo tomar mi lugar, o con aquellos que tienen vida real, y no vengo a juicio, o con los que tomaran parte en la resurrección de juicio, porque yo he rechazado a Cristo.               

Yo soy un vil pecador, pero no creo que el Padre envió al Hijo; y esto resuelve cada cuestión de mi culpa. Yo estoy mezclando la resurrección de vida con la de juicio, así que ¿el pensamiento de juicio sigue agobiándome? Dios ha confiado todo el juicio al Hijo. ¿Puede El juzgar aquello que ha vivificado para vida? Con toda certeza no lo hará. ¿Encontraré a algún otro Dios que me juzgue? El pensamiento seria blasfemia. La palabra es particularmente clara; pero nosotros, confundiendo las dos, perdemos el consuelo de su significado. “Los que han hecho lo bueno para resurrección de vida, y los que han hecho mal para resurrección de juicio”. (ver. 29). Bien, si nosotros oímos Su palabra y creemos en Él que envió a Cristo, nosotros tenemos vida eterna. “Haz sido vivificado de los muertos”. Nosotros tenemos esta perfecta, bendita santidad que puede estar delante de Dios. Al creer en Él, tengo una vida en la que tengo la bendita certeza de que no entraré en juicio. Yo tengo vida eterna. He pasado de muerte a vida. Estaba muerto, pero he resucitado, en cuanto a mi alma, por el poder de Dios. Tengo a Cristo. Él me ha curado. Él me ha dado tanto vida como justicia. En cuanto a mi posición actual, he sido vaciado de mí mismo en Él que me redimió. El murió por mí. Este es un juicio, seguro e inevitable para el hombre; pero está totalmente fuera de la vida eterna. Debo estar en un lugar o en el otro; ya sea levantado en la resurrección de vida, o en el juicio. No tendré una porción en ambos. Este cuerpo vil será cambiado a la semejanza de Su glorioso cuerpo. El pleno poder de vida estará entonces también sobre mi cuerpo, como lo está ahora en mi alma. Dios debe vindicar Su santidad. Esto lo hizo en la cruz; pero la cruz, mientras esto es mostrado, no procuraba Su amor. ¿Quién envió al Hijo? Pecado fue puesto fuera por poner al Hijo de Dios en el lugar de los pecadores; pero Su amor no tuvo su origen en la cruz. Su santidad fue vindicada allí, pero cometemos un gran error si suponemos que Su amor comienza en la cruz. “Dios de tal manera amo al mundo que dio a su Hijo”. “La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. Y nosotros tenemos vida en El. El “cargo nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero”. No es una cuestión de lo que yo seré mañana, sino de lo que yo soy, o más bien lo que Cristo es para mí hoy. Pueda el Señor darnos la humildad, recordando el amor que hizo pecado a Aquel que no conoció pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.

JND