Pin It

¿Produce Dios el mal?

 

 

"Y dijo Jehová a Moisés: Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero Yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo"

 

Exodo 4:21

 

¿Qué quiere decir el Señor cuando expresa que endurecerá el corazón de Faraón?

 

Este versículo aparece comentado por el apóstol Pablo en Romanos 9:17-18, en donde leemos:

 

"Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece".

 

Faraón debía ser para siempre un ejemplo de lo que Jehová el Dios de Israel, puede hacer de un hombre que, ante el mandamiento de Dios "Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto", se atreve a responder con orgullo: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz...? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel". Luego, además de estos términos blasfemos, da orden de hacer aun más penoso el servicio ya tan duro de los israelitas y de exigirles lo imposible (Éxodo 5:1). El mensaje de Dios despertó en este hombre orgulloso y cruel el deseo de oponerse a la voluntad de Dios y de anular Sus planes. Destaquemos también que su estado llegó a ser peor a medida que Dios habló con él. Así leemos siete veces: "Y el corazón de Faraón se endureció" o "Faraón endureció su corazón". Sólo después de que las más terribles plagas cayeron sobre él y luego de que sus hechiceros confesaran "Dedo de Dios es éste", está dicho: "Jehová endureció el corazón de Faraón". Y cuando finalmente hubo autorizado que Israel se fuera, la incorregible maldad de su corazón se manifestó de nuevo, ya que echando por su boca espumarajos de rabia, persiguió al pueblo con su poderoso ejército, siempre a influjos de la ilusión de poder resistir al brazo de Jehová. ¿Puede sorprender, entonces, que Dios finalmente le haya endurecido en juicio y se haya valido de él como ejemplo de advertencia para todos los tiempos? Dios jamás destina a un hombre al endurecimiento; jamás hace que un hombre sea malo, sino que es el hombre quien, voluntariamente permanece esclavizado bajo el poder del pecado y desciende cada vez más abajo en el mal.

 

Dios dejó que este hombre se elevara a muy grande altura, a fin de que su terrible destrucción en el mar Rojo mostrase en todos los tiempos lo que implica endurecerse contra Dios. Su historia habla aun en nuestros días a la conciencia de los hombres. Lo que le ocurrió a Faraón le sucedió igualmente al pueblo de Israel, con la diferencia de que este pueblo fue en ese momento -y tan a menudo más tarde- objeto de la gracia de Dios, quien salva o restaura. Esa circunstancia hace que su responsabilidad sea aun mayor y su caída más profunda. En lugar de escuchar las solemnes advertencias de Dios, se rebelaron contra Él, echaron su ley tras sus espaldas e "hicieron grandes abominaciones". Sí, "hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas (como Faraón) hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio" (2ª Crón.36:14-16 y Neh.9:26-29). Entonces, el hecho que Dios dirija a su profeta Isaías estas palabras: "Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, y haya para él sanidad" ¿Puede sorprender la ceguera espiritual y el endurecimiento que les vino de parte de Dios?

 

Dios dejó que estos orgullosos hombres, semejantes a Faraón, sirvieran de ejemplo y advertencia para otros. No los hizo desobedientes, pero los entregó a la dureza de sus corazones, después de numerosas advertencias inútiles.

 

De manera, pues, que en ambos casos, sea que Dios otorgue su gracia al hombre o lo endurezca, la injusticia no es atribuible a Dios, sino al hombre, el que, en lo que le concierne, es irremediablemente malo y corrupto. En los dos casos, sea que se trate de gracia o de juicio, Dios obra siempre para glorificar Su gran nombre. Todos los que leen la Palabra de Dios con un poco de inteligencia espiritual, no hallarán dificultad para comprender eso; sólo la razón humana saca de lo dicho falsas deducciones. El apóstol, conducido por el Espíritu de Dios, enumera esas deducciones una tras otra y las refuta de una manera que suscita nuestra profunda admiración.

 

Llegamos ahora a la última parte a considerar: "De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece". Porque ¿quién ha resistido Su voluntad? En otras palabras: si Dios otorga Su gracia a quien quiere, ¿qué puedo hacer?; y si Él endurece a quien quiere, ¿cómo oponérsele? Si Él es el Dios soberano, no me queda más que hacer que someterme a Su voluntad.

 

La objeción parece bien fundada. ¿Por qué Dios aun se queja? Si todo finalmente depende de Su voluntad y Su designio, el hombre no puede ser hecho responsable del resultado final. ¡Es Dios quien ha decidido el desenlace de mi vida! Esto recuerda las excusas de Adán y Eva después de la caída, ellos también procuraron atribuir a Dios la responsabilidad por lo que había pasado. ¿Por qué había permitido el acceso de la serpiente al huerto de Edén? ¿Por qué había dado al hombre la mujer que había de engañarle? En Romanos 9, las palabras son diferentes, pero el principio es el mismo. Dios es el culpable y no el hombre. ¿Por qué salva a uno y rechaza al otro? ¿Qué puede hacer el hombre si Dios le endurece?

 

Digamos que todas estas preguntas y deducciones hacen a un lado, por una parte la gloria de Dios, y por otra, la responsabilidad del hombre. El soberano propósito de Dios (¿cómo sería Dios si no fuera soberano?) no anula la responsabilidad del hombre. Tomemos como ejemplo más claro la cruz. El definido consejo de que el Amado de Dios debía sufrir había sido decidido desde antes de la fundación del mundo. Dios, según Su conocimiento, había destinado al Señor Jesús para ser el Cordero que quitase el pecado del mundo; pero ¿eso disminuye de alguna forma la culpabilidad del hombre? No, en absoluto. Los judíos y los gentiles se pusieron de acuerdo aquel día en su común enemistad contra Dios y contra su Ungido. Es cierto que esa conducta cumplía la palabra del profeta y daba a Dios la ocasión de ejecutar Su juicio contra el pecado y también la maravillosa obra de Su gracia, pero los hombres no fueron menos culpables del rechazo y del homicidio del Hijo de Dios (ver Hechos 2:22-23). La deducción que dio origen a la pregunta: "¿Por qué Dios aun se queja?" es completamente falsa. Si Dios, en Su infinita sabiduría y Su rica misericordia, deja que se desarrolle la maldad del hombre para cumplir Sus consejos, es, precisamente, según Su soberanía, pero ello no cambia para nada la voluntad del hombre, la que sigue siendo, como siempre, mala e inexcusable.

 

 

 

 

R. Brockhaus