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¿Dios ya ha decidido a quien escoge y a quien condena?

 

 

«Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia».

 

Romanos 9:13-16

 

"¿Qué, hay injusticia en Dios?"  El hombre que razona según la carne se pregunta: «Si de dos seres igualmente pecadores, Dios salva a uno y deja ir al otro a la perdición ¿no obra injustamente?». La cuestión en sí misma demuestra ya la presunción del corazón humano que se arroga el derecho de juzgar a Dios en lugar de dejarse juzgar por Él y de someterse a su juicio, pues desde el momento en que pongo en tela de juicio la soberanía de Dios, me constituyo en juez de Dios. Pero si Dios es Dios, es necesario que Él sea soberano en todos Sus actos. Toda doctrina que niegue la soberana majestad de Dios o que lo considere como indiferente al pecado y a la miseria del hombre es opuesta a la verdad e indigna de Dios. Dios es luz y no es posible que la luz se una a las tinieblas en el corazón del hombre. Dios es amor, y el amor es libre de actuar santamente según su naturaleza.

 

El hombre, quien no se conoce a sí mismo y no conoce a Dios, niega su completa ruina, le hace frente a la Palabra de Dios y critica Sus designios. Al hacerlo así e incluso osar colocarse ante Dios sobre el terreno de la «justicia», pronuncia un juicio contra sí mismo y justifica a Dios, como vamos a verlo en el caso de la historia de Israel. Pues después de la pregunta ¿Hay injusticia en Dios? Y el "en ninguna manera" del apóstol, viene inmediatamente esta aclaración: "Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca".

 

A primera vista, esta declaración podría parecernos extraña, pero, si recordamos en qué ocasión fue pronunciada, descubriremos que la aparente disonancia es en realidad una armonía perfecta. Cuanto más consideramos en detalle las circunstancias que dieron lugar a esta declaración, tanto más nos sorprende la fuerza del argumento con que responde el apóstol.

 

Hasta el monte Sinaí, la gracia de Dios había llevado a Israel sobre alas de águila, y allí Dios les puso una condición: "Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto", a lo que ellos respondieron: "Todo lo que Jehová ha dicho, haremos" (Éxodo 19:5 y 8). En lugar de confiarse a esa gracia de Dios para el porvenir, tenían la pretensión -pese a las humillantes experiencias que habían hecho- de cumplir por sus propias fuerzas los mandamientos de Dios. La consecuencia de ello fue el pacto de la ley, la presentación de las justas y santas exigencias de Dios a los hombres carnales. Así comenzó la verdadera historia de Israel como pueblo. Moisés subió al monte para recibir los mandamientos de Dios; como demoraba, el pueblo se impacientó y comprometió a Aarón para que les hiciera un becerro de oro. De tal manera, Israel infringió groseramente el primero y más grande mandamiento, por lo que no le esperaba otra cosa que un juicio inmediato y terrible. Apenas comenzaba su historia como pueblo y ya perdía de golpe todo aquello a lo que tenía derecho con la condición de una pronta obediencia. Dios, quien les había hecho promesas que podía cumplir, había sido ofendido gravemente. Su pacto estaba quebrantado. ¿Qué le esperaba a Israel? Si Dios hubiera actuado con justicia y conforme a la ley, debería haberlos exterminado a todos.

 

Todos los judíos que conocían la historia de esos días debían reconocer la exactitud de este argumento. Si el principio de la justicia hubiera sido mantenido en las relaciones del pueblo con Dios, la suerte de Israel habría sido decidida definitivamente en ese momento, como Dios lo dijo a Moisés: "Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma" (Éxodo 32:9-10). Seguramente no fue a causa de la justicia de ese pueblo que Dios le dio la buena tierra (Deuter.9:6), sino porque Él había escuchado la intercesión de Moisés (figura de Cristo como mediador) y se había colocado en el plano de una gracia ilimitada: "Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro... y tendré misericordia del que tendré misericordia, etc." (Éxodo 33:19). Sólo así Él podía arrepentirse del mal que se había propuesto hacer a su pueblo y perdonar su maldad. Hay más aún: a causa de esta rebelión del pueblo -la cual, según la justicia, debía acarrearles el juicio- Dios, en su gracia, pudo hallar un motivo para andar en medio del pueblo: "Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz", oró Moisés en Éxodo 34:9.

 

¡Qué maravilloso es todo esto! Cuando el hombre, a causa de su conducta, está irremediablemente perdido, cuando la justicia de Dios sólo puede, a causa de su desobediencia y el pecado de aquél, revelarle la ira y el juicio; cuando la ley debe maldecidle y condenarle a muerte, Dios halla en Sí mismo los recursos a que apelar. Al considerar anticipadamente al gran Mediador que había de venir (el cual tiene en Moisés una hermosa figura), Dios podía hacer uso de Su gracia y misericordia para con aquel -destaquémoslo bien- que Él quisiera, según el propósito de Su libre gracia incondicional. "Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Como en otros pasajes se nos expresa: "porque de tal manera amó Dios al mundo..." "El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (Juan 3:16 y 1ª Timoteo 2:4).

 

Sin embargo, queda por considerar la primera parte de esta porción bíblica: "Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera".

 

No habría podido hallarse un caso que viniera tan al dedillo para apoyar el argumento del apóstol, pues, pareciera que Dios elegía por Su soberana voluntad amar a uno y condenar a otro, y esto más se fundamenta cuando consideramos su historia: Esaú y Jacob eran hijos del mismo padre, habían nacido al mismo tiempo de la misma madre y, sin embargo, Dios dice a Rebeca, aun antes del nacimiento de ellos y antes de que hubieran hecho bien o mal, cuando no se podía establecer entre ellos una diferencia: "el mayor servirá al menor" o, en otras palabras: el derecho de primogenitura pasará del mayor al menor. ¿Por qué? Porque Dios lo había decidido así. Era Su propósito, Su soberana voluntad acerca del más joven, "para que" -dice el apóstol- "el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por obras sino por el que llama".

 

Los actos de los dos hijos no tenían nada que ver con el llamado. Antes de que hubiesen nacido, antes, pues, de que hubiesen podido hacer algo que mereciera la bendición, Dios había hecho su elección.

 

«Pero -podría objetarse- ¿no leemos seguidamente que Dios amó a Jacob y aborreció a Esaú?».

 

Sí, eso está escrito, y no nos corresponde disminuir estas palabras en ninguna manera. Notemos primeramente que Dios no pronunció esas palabras, antes de nacer los hijos, sino que ellas se encuentran en el Libro de Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, quién vivió alrededor de 1400 años después del nacimiento de los mellizos, es decir, en un momento en que Esaú había manifestado desde mucho tiempo ante su impiedad, y sus descendientes, los edomitas, su implacable enemistad contra Israel.

 

Como la declaración del profeta Malaquías, en relación con lo que nos ocupa, ha causado dificultades a más de un lector y a menudo ha sido falsamente interpretada, es importante destacar el hecho de que ella fue pronunciada mucho después de la muerte de los dos hijos de Isaac. Nada encontramos sobre ello en Génesis 25. Por lo tanto, no se puede concluir que dios amó de antemano a uno de los hijos y aborreció al otro, determinando así desde el principio la suerte eterna de los dos hijos, como así tampoco concluir que Dios habló así a causa del divino conocimiento del porvenir. Esas dos deducciones son falsas, la elección de uno no implica en absoluto la condena del otro.

 

Luego, la cuestión no es ¿Por qué eligió a éste y no a aquel? Sino más bien ¿Para qué eligió a éste y a aquel? Ciertamente si vemos el caso de Jacob, fue escogido por ser «el menor» para ser el patriarca de las tribus de Israel, y esto es porque Israel sería el centro de donde vendría la bendición a las naciones. Así vemos el mismo principio expresado en 1ª Cor.1:27 "y lo vil y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia".

 

Pero esto no significaba que Esaú fuese rechazado, o que Dios no tendría promesas y un llamado para él, el mismo hecho que relata en Génesis 25:30-34, en donde Esaú vende a Jacob su primogenitura, mostraba que en su carácter no daba un gran valor al hecho de haber sido el primero en nacer. Luego, si se hubiese convertido a Dios, la Palabra "el mayor servirá al menor" no hubiese sido un estorbo para él. Esaú tenía su propia tierra como vemos en Núm.20:14 en donde sus descendientes rehúsan dejar pasar al pueblo de Israel. Esaú rechazó el llamado que Dios tenía para él, razón que Dios revela siglos después a través del profeta Abdías "La soberbia de tu corazón te ha engañado...".

 

Existen otros ejemplos de elección en las Escrituras y siempre podremos sacar las mismas conclusiones. Dios escoge conforme a Su propósito, pero eso no hace que Él menosprecie o rechace a los otros. En Su multiforme sabiduría Él ha escogido a cada uno para un propósito y conforme a esto llama a cada uno. Así lo podemos ver aún entre dos creyentes, como en el caso de Abraham y Lot, o de Pedro y Juan.

 

Dios escogió a Abraham, un hombre sin hijos, con una esposa estéril, para ser el padre de multitudes, el padre de todos aquellos nacidos de la promesa, y porque creyó y obedeció el llamado del Señor, conocemos esto hoy. Lot, en cambio prefirió hasta el final de su carrera escoger y seguir su propia voluntad y eso es lo que no nos permite saber lo que el Señor tenía para él. En cambio, Pedro después de su caída y arrepentimiento fue escogido por el Señor Jesús para apacentar Su rebaño y esto en presencia de Juan, pero Juan no perdió nada por ello, como leemos en los cinco libros que escribió de la Biblia, el Señor tenía guardada para él su propia porción.

 

R. Brockhaus y otras consideraciones finales