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EL MANÁ

(Éxodo 16)

           

Los refrigerios de Elim, que manifestaban de una forma bendita los tiernos cuidados de Jehová, no eran sin embargo más que pasajeros. Los hijos de Israel eran peregrinos; y como tales, su vocación era viajar, no reposar. También la siguiente etapa de su marcha es al instante reportada.

            El desierto de Sin se extiende “entre Elim y Sinaí”. Él ocupaba entonces un lugar muy especial en la historia de los hijos de Israel. Elim les recordaría siempre una de sus experiencias más benditas, como también el trayecto hasta Sinaí remplazaría ante su espíritu un periodo caracterizado por la larga paciencia y gracia de Dios, en Sus tratos hacia ellos, mientras que Sinaí permanecería grabado para siempre en su memoria en relación con la majestad y santidad de la ley. Hasta Sinaí, tenemos lo que Dios era para los israelitas, en Su gracia y amor; pero desde ese momento, el fundamento cambia, por la propia voluntad del pueblo, y viene a ser lo que ellos eran para Dios. Esta es la diferencia entre la gracia y la ley, de ahí el interés especial que se liga a los tratos de los israelitas entre Elim y Sinaí. Pero, bajo la gracia como bajo la ley, la carne es la misma, y no perdía una sola oportunidad para manifestar su carácter corrompido e incurable. De nuevo, toda la asamblea de los hijos de Israel murmura contra Moisés y Aarón en el desierto (v.2). Ellos habían murmurado en Pi-hairot, cuando habían visto a los ejércitos de Faraón acercarse; ellos volvieron a caer en este pecado en Mara, porque las aguas eran amargas; y ahora se lamentaban aún, a causa de su condición de peregrinos. “Ellos olvidaron pronto Sus obras, y no escucharon Su consejo. Y se llenaron de codicias en el desierto, y tentaron a Dios” (salmo 106:13,14). El recuerdo de Egipto y del alimento de Egipto llenaba sus corazones, y olvidaban la dura esclavitud a la cual todo esto estaba ligado, ellos miraban hacia atrás con lamentos. ¡Cuán frecuentemente es el caso para las almas recién libertadas! En el desierto, el hambre debe siempre sentirse; porque la carne no puede encontrar ninguna satisfacción en sus propios deseos, ningún placer en las penas y las fatigas que este ofrece. Este es el lugar donde la carne debe ser puesta a prueba. Jehová, “te ha humillado, y te ha hecho tener hambre; y te ha dado de comer el maná que tus padres no habían conocido, para hacerte saber que no solamente de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Deut. 8:3). Es allí que está el conflicto. La carne languidece por aquello que responde a sus deseos, pero si somos libertados de Egipto, no podemos ceder; la carne debe ser tenida por muerta, considerada como ya juzgada en la muerte de Cristo; es por lo que somos deudores, no a la carne para vivir según la carne; porque si vivimos según esta, moriremos; pero si por el Espíritu hacemos morir las acciones del cuerpo, viviremos (Rom. 8:12,13). Pero, como lo hemos visto en Deuteronomio, Dios tenía un objeto al permitir que tengamos hambre; y este es desligarnos de las comidas de Egipto y de atraernos a Él, para enseñarnos que la verdadera satisfacción, el verdadero alimento no se encuentran más que en Él y en Su palabra. El contraste es entonces establecido entre las codicias de la carne y Cristo; y ¡qué cosa bendita es cuando un alma comprende que Cristo basta para todas sus necesidades! En su incredulidad, los hijos de Israel acusaban a Moisés de quererlos hacer morir de hambre. Pero esta hambre tenía por objeto suscitar en ellos otro apetito, por el cual solo, su verdadera vida podría ser mantenida. Jehová, sin embargo, responde a su petición, y les da carne como maná.

            Antes de hablar del maná, deseamos atraer la atención sobre dos o tres puntos. El primero es la gracia con la cual Dios responde a los deseos del pueblo. En Núm. 11, Él responde también a sus deseos, en circunstancias análogas; pero, “la ira de Jehová se encendió contra el pueblo” (v.33). Aquí, no hay ninguna traza de juicio, solamente la gracia, llena de paciencia: la diferencia proviene, si podemos anunciarlo así, de la dispensación. En Números, los israelitas estaban bajo la ley, y Dios actúa hacia ellos en consecuencia a esta; en Éxodo, ellos están bajo la gracia, y de este modo la gracia reina a pesar de su pecado. Segundo, sus murmuraciones fue la oportunidad para la manifestación de la gloria de Jehová (v.10). De esta forma, la manifestación de lo que es el hombre hace brotar de las profundidades del corazón de Dios la revelación de lo que Él es. Este fue el caso también del jardín de Edén, y esto se encuentra en todos los tratos de Dios con el hombre. Este principio aparece en perfección sobre la cruz, donde el hombre se manifestó en toda la horrible corrupción de su mala naturaleza, y donde Dios fue plenamente revelado. La luz brilla en las tinieblas, aún si las tinieblas no la comprenden, y de hecho, la gloria moral del Señor Jesús brilla con un brillo mayor mientras más profundas las tinieblas de la iniquidad del hombre, iniquidad que viene a ser la causa del despliegue de esta gloria. Destaquemos todavía que murmurar contra Moisés y Aarón, era murmurar contra Jehová (v.8). Todo pecado es, de hecho, contra Dios (ver Salmo 51:4, Luc.15:18-21). Es por esto que Jehová dice: “He escuchado las murmuraciones de los hijos de Israel” (v.12). No recordamos lo suficiente que nuestras murmuraciones y todos nuestros lamentos, y expresiones de incredulidad, son contra Jehová, y llegan a sus oídos. ¡Frecuentemente nuestras culpables palabras no moverían nuestros labios si este pensamiento ocupara nuestro espíritu! Si el Señor estuviese presente a nuestros ojos, no nos atreveríamos a expresar lo que frecuentemente, en nuestra incredulidad, nos permitimos decir. Por tanto, estamos realmente ante Él; Sus ojos están sobre nosotros, y Él escucha cada una de nuestras palabras (ver por ejemplo, Jn. 20:26,27). Destaquemos finalmente la diferencia entre las codornices y el maná. Ninguna enseñanza especial se liga a las codornices, mientras que veremos que el maná es un tipo muy sorprendente del Señor Jesús. Las codornices fueron entonces dadas para satisfacer los deseos del pueblo, pero estas no aportaron ninguna bendición. A propósito de aquellos de Núm., 11 el Salmista dice, “Él les dio lo que ellos habían pedido, pero envió enojo en sus almas”. Dios puede escuchar el clamor de Su pueblo, aún el clamor de la incredulidad, y puede concederles sus deseos, pero como disciplina más bien que como bendición presente. De esta forma, más de un creyente, olvidando su verdadera parte en Cristo, ha deseado las cosas del mundo, las comidas de carne de Egipto; y Él ha concedido esto para llegar a Su objetivo, pero la consecuencia ha sido indigencia de alma, y esta indigencia de alma que no es restaurada más que por pruebas disciplinarias enviadas por la mano de amor del Señor. Si, de corazón, volvemos a Egipto, y que Él nos concede satisfacer nuestros deseos, esto nos conducirá a las lágrimas en días futuros. Como por ejemplo, escribe el apóstol Pablo a Timoteo, “aquellos que querían ser ricos han caído bajo tentación y en trampa y en muchos deseos insensatos y perniciosos que sumergen en la ruina y perdición; porque es una raíz de toda clase de males el amor al dinero; el que algunos han ambicionado, y se han alejado de la fe y han sido traspasados de muchos dolores” (1 Tim. 6:.9, 10). Este es un ejemplo de lo que es retornar a Egipto, pero el principio se aplica a todo objeto que la carne puede desear.

            Llegamos ahora a un relato del don efectivo de las codornices y el maná.

            Destaquemos que las codornices son apenas mencionadas, mientras que hay una descripción completa del maná. Es entonces el maná lo que nos concierne especialmente. Cuando el rocío se levantó, “he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda, como escarcha sobre la tierra. Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros, ¿qué es esto? Porque no sabían que era. Entonces Moisés les dijo. Es el pan que Jehová os da para comer” (v.14, 15). Este es entonces el significado del maná; Él pan que Jehová ha dado a los hijos de Israel para comer, en el desierto. Es, por lo tanto, el alimento adecuado para el desierto para el pueblo de Dios. De este modo, cuando los Judíos dijeron al Señor: “nuestros padres han comido el maná del desierto, como está escrito: Él les dio a comer el pan que venía del cielo”, Él les respondió: “En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dio el pan que venía del cielo, sino que mi Padre os da el verdadero pan que viene del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo, y que da vida al mundo” (Jn. 6:32,33, leer especialmente los v. 48-58). Es entonces claro que el maná es un tipo de Cristo, de Cristo tal como Él era en este mundo, como Aquel que había descendido del cielo, y que, como tal, viene a ser el alimento de los suyos durante la travesía del desierto. Es necesario destacar bien que no podemos alimentarnos de Cristo, como el maná, sin tener la vida, habiéndonos alimentado de Su muerte, habiendo comida Su sangre y Su carne (Jn. 6:53,54). Después que hemos recibido la vida, Él nos dice. “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí” (v.57).

            Dejemos al lector el cuidado de estudiar para sí mismo este significativo pasaje, y limitémonos a recordar los dos puntos mencionados. Primeramente que el maná en nuestro capítulo presenta a Cristo; y segundo, que Cristo, en este carácter, es el alimento de los suyos en sus travesías por el desierto. Hay una diferencia entre los hijos de Israel y los creyentes de esta dispensación. Los primeros no podían estar más que en un solo lugar a la vez, porque tenemos aquí un relato histórico verdadero. Los segundos, los cristianos, están en dos lugares a la vez: su lugar está en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2); y en cuanto a sus circunstancias actuales, son peregrinos en el desierto. Mientras que puestos en los lugares celestiales, nuestro alimento es un Cristo resucitado, glorificado, tipificado por el viejo trigo del país tostado, pero en el desierto, Cristo como el maná, responde a nuestras necesidades, Cristo tal como ha sido aquí abajo. En las fatigas de nuestro camino como peregrinos, que cosa bendita y reconfortante es alimentarnos de la gracia, ternura, y simpatía de un Cristo humillado. ¡Cómo nuestros corazones debiesen amar recordar que Él ha pasado por las mismas circunstancias; que, por lo tanto, Él conoce nuestras necesidades y encuentra Su gozo en responder a estas, para nuestro estímulo y bendición! Es con este objeto que el autor de la Epístola a los hebreos dice; “Considerad a Aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb.12:3). Como otro ha dicho, al presentar este sujeto: “De este modo, cuando alguna cosa me hace impaciente en el curso de la jornada, bien, Cristo es mi paciencia: Él es el maná para guardarme paciente. Él es la fuente de la gracia, no simplemente el ejemplo que tengo que imitar”; y es como fuente de gracia, simpatía y fuerza, para nosotros en el desierto, que Cristo es el maná de nuestras almas.

            Hay algunas direcciones prácticas en cuanto a la manera de recoger el maná, que tienen gran importancia. Primeramente, los hijos de Israel debían recoger cada uno en proporción de lo que debía comer. (v.16-18). De esta forma, aquel que tenía mucho, no tenía más; y aquel que tenía poco, no tenía menos. El apetito determinaba la cantidad a recoger. ¡Cuán verdadero es esto del creyente! tenemos de Cristo lo que deseamos, ni más, ni menos. Si nuestros deseos son grandes, si abrimos nuestra boca, Él la llenará. No podemos desear demasiado, ni ser rechazados por este deseo. Por otra parte, si estamos débilmente conscientes de nuestras necesidades, no tendremos más que un poco de Cristo. También en la medida en la cual nos alimentamos de Cristo, como nuestro pan en el desierto, depende completamente de las necesidades espirituales que sintamos, de nuestros apetitos. Segundo, el maná no podía acumularse para ser comido más tarde. Nadie debía dejar para mañana; ciertas personas desobedecieron este mandato, pero estos debieron constatar que lo que habían guardado, se había corrompido. El alimento recogido hoy no puede sustentarnos mañana. No es más que en el ejercicio actual del alma que podemos alimentarnos de Cristo. El olvido de este principio atrae grandes perjuicios para muchas personas. Ellas han tenido tal abundancia de maná, que han tratado de alimentarse de este por varios días; pero esto siempre ha terminado en decepción y pérdida, en lugar de bendición. Dios da cada día la porción de un día, y no más. Tercero, el maná debía recogerse muy temprano, porque con el calor del sol, este se derretía. Ningún momento, cierto, es más propicio para el creyente para recoger el maná que las primeras horas del día, cuando, en la tranquilidad, y solo con el Señor, no todavía absorbido por las ocupaciones de la jornada; él no sabe cuál será el carácter preciso de su camino; pero sabe que tendrá necesidad del sustancial maná. Que seamos entonces celosos para en las primeras horas del día, y que nuestras manos no sean perezosas en recoger, tenemos que recoger para todas nuestras necesidades; ya que cuando más tarde querríamos buscar, descubriríamos que ha desaparecido completamente ante el brillo y calor del sol. ¡Cuántos no han sido defraudados por olvidar e ignorar este principio! Una prueba se presenta, llega inoportunamente, y el alma desfallece. ¿Por qué? Porque el maná no ha sido recogido antes que saliese el sol caliente. Debiésemos tomar esto en nuestros corazones, y estar en guardia contra las argucias de Satanás, quien trata de alejar nuestro espíritu de esta sola cosa necesaria. Pongamos toda diligencia, para que, lo que sea que pueda sobrevenirnos en el curso de la jornada, no nos falte el maná.

            En relación con el maná, el sábado es también dado en el mismo capítulo (v.22-30).

            Leemos en Gén. 2, que “Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó; porque en este día Él descanso de sus obras” (v.3). Esto establece el significado del sábado o séptimo día; destaquemos bien que se trata del séptimo día, y de ningún otro, día del reposo de Dios. Este significado es igualmente destacado de una forma muy clara en la Epístola a los Hebreos (ver Heb. 4:1-11). El sábado es entonces un tipo del reposo de Dios, mientras dado al hombre, expresa el deseo del corazón de Dios, para que el hombre tenga una parte en Su reposo. El sábado aparece por primera vez aquí. No encontramos traza en toda la época de los patriarcas, ni durante la permanencia de los hijos de Israel en Egipto, tal como lo encontramos en este capítulo, en relación con el maná, tiene un significado especial del más bendito.

            Algunos comentarios son aún necesarios. Hemos indicado el objeto que Dios tenía en vista a la institución del sábado; pero es muy claro que el hombre, a causa del pecado, nunca ha poseído este reposo. Mucho más aún, Dios mismo, a causa del pecado, no podía reposar. También, cuando nuestro amado Señor fue acusado de no respetar el sábado, Él respondió: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo con él” (Jn.5:17). Dios no podía descansar en presencia del pecado, y del deshonor que le había hecho el pecado; por lo tanto, el hombre no podía tener parte en el reposo con Él. El autor de la Epístola a los Hebreos desarrolla este último punto. Él muestra que los hijos de Israel no pudieron obtenerlo a causa de su incredulidad y de la dureza de sus corazones; que Josué no se los dio; y que en tiempo de David, se habla de este como futuro, y el apóstol concluye diciendo: “queda entonces un reposo sabático para el pueblo de Dios” (Heb. 3 y 4). La cuestión es entonces la siguiente: ¿Cómo poseerlo? Encontramos la respuesta en nuestro capitulo. El maná, como lo hemos visto, es una figura de Cristo, y vemos por ello que es Cristo, y solamente Él, quien puede hacernos entrar en el reposo de Dios. Él es el único camino. De este modo, el apóstol dice: “nosotros que hemos creído, entramos en el reposo” (Heb. 4:3); es decir que solo aquellos que creen en Cristo entran en el reposo, no, en ningún caso, que el reposo sea una cosa presente, como algunos lo han enseñado. El contexto muestra claramente que este es una bendición futura. Queda entonces un reposo sabático para el pueblo de Dios. Los creyentes pueden gozar el reposo de la conciencia y de corazón en Cristo. Es perfectamente verdadero; pero el reposo de Dios no será alcanzado más que cuando seamos introducidos en esta escena eterna donde todas las cosas sean hechas nuevas, cuando la habitación de Dios sea con los hombres, y Él habite con ellos; y estos sean Su pueblo, y Dios mismo esté con ellos, como Su Dios (Apoc. 21:1-7).

            Dos circunstancias, ligadas en este pasaje en relación a la institución del sábado, hacen necesario un breve comentario. La primera es la doble provisión de maná, el sexto día, para que el pueblo pudiese descansar el séptimo día en sus tiendas. Si el maná era recogido en esta proporción, otro día, por un acto de voluntad propia, este perdía su valor y se corrompía; pero cuando lo era, en obediencia, en vista al sábado, este quedaba sano y bueno. La enseñanza que se desliga de esto es que cuando tengamos parte en el reposo de Dios, en Su gracia, durante la eternidad, Cristo aún será nuestro alimento; si, debiésemos decir que nuestro goce de este reposo consistirá en regocijarnos con Dios en un Cristo que ha sido humillado. Nada más podrá satisfacer el corazón de Dios que nuestra plena comunión con Él en relación a Su amado Hijo. Puede haber otro pensamiento. Es que lo que recojamos de Cristo aquí abajo vendrá a ser nuestra posesión y delicia eterna. Recojamos tanto maná como podamos, dos homers en lugar de uno: si este es conservado para el reposo que queda, será una fuente de fuerza y gozo durante toda la eternidad. La segunda cosa, es que, a pesar del mandato que ellos han recibido, ciertos israelitas salieron el séptimo día a recoger maná, pero no encontraron (v.27). Cuales sean las manifestaciones de la gracia, el corazón del hombre es el mismo. La desobediencia está ligada a su naturaleza corrompida y se manifiesta de la misma manera, sea bajo la ley o bajo la gracia. Jehová vuelve a tomar, por Moisés, la conducción de Su pueblo, aunque en Su larga paciencia y tierna gracia, los soporte. Si como ha sido explicado, tomamos el sábado como un tipo del reposo de Dios, y lo consideramos, por lo tanto, como siendo aún futuro, ya que el pecado ha intervenido, veremos a continuación la enseñanza típica y especial que se liga al hecho que no hay maná en el día sábado. El tiempo del maná habrá entonces pasado para siempre. Cristo no será más conocido bajo este carácter, porque las circunstancias del desierto habrán llegado a su fin para siempre para los suyos. Ellos gozarán de provisiones hechas en el desierto; pero no habrá nada que recoger. Encontramos, bajo cierto aspecto, la misma enseñanza en las direcciones que Moisés da, por mandato de Jehová, al final del capítulo.

             Sin ninguna duda hay una alusión en esta a la promesa hecha al que venciere, en la asamblea de Pérgamo: “Al que venciere le daré a comer del maná oculto” (Apoc. 2:17). De esta forma, Cristo en Su humillación nunca será olvidado; los suyos se recordarán siempre de Él en este carácter, y se alimentarán de Él con gratitud, durante toda la eternidad.

            También, un homer de maná fue puesto ante Jehová, ante el testimonio, para ser guardado por sus generaciones. Durante cuarenta años, durante toda la duración de Sus tratos en el desierto, hasta que llegaron al país habitado, el maná fue su alimento cotidiano; ellos comieron el maná hasta su llegada a la frontera el país de Canaán.

                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                  E. DENNETT